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La publicación de las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030 ha vuelto a situar la nutrición en el centro del debate público en Estados Unidos.

La actualización, impulsada por la administración de Donald Trump, no solo redefine las recomendaciones dietéticas oficiales para los próximos cinco años, sino que introduce un cambio visual y conceptual de gran calado.

El esquema MyPlate ha sido sustituido por una pirámide alimentaria invertida en la que las proteínas animales y los lácteos enteros ocupan la primera posición.

El mensaje ha despertado inquietud entre numerosos expertos en nutrición, que cuestionan especialmente el protagonismo otorgado a la carne roja.

Un documento con impacto estructural

Las guías alimentarias federales sirven de base para programas públicos de gran alcance, como los comedores escolares, la alimentación en instalaciones militares y diversos planes de asistencia nutricional.

Por ello, cualquier modificación en sus prioridades tiene un efecto directo en la dieta diaria de millones de personas y en las decisiones de compra de las instituciones públicas.

El Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) presenta la nueva edición como un “reajuste profundo” de la política nutricional federal.

Pirámide de la alimentación saludable, según la Sociedad Española De Nutrición Comunitaria.

El enfoque se resume en la consigna eat real food (comer comida real), con una apuesta clara por reducir los alimentos ultraprocesados, los azúcares añadidos y los carbohidratos refinados, al tiempo que se priorizan proteínas de “alta calidad”, grasas consideradas saludables, frutas y verduras.

Desde la Casa Blanca se argumenta que este giro responde a la necesidad de afrontar una “emergencia sanitaria nacional”, marcada por altas tasas de obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades crónicas asociadas a la alimentación.

En este contexto, la guía propone aumentar la ingesta diaria de proteínas hasta un rango de entre 1,2 y 1,6 gramos por kilo de peso corporal, frente a los 0,8 gramos recomendados tradicionalmente.

Más lácteos enteros y grasas, mismo límite de saturadas

Otro aspecto destacado es la rehabilitación de los lácteos enteros. A diferencia de ediciones anteriores, que favorecían opciones descremadas o bajas en grasa, las nuevas directrices avalan el consumo de leche entera, yogures y quesos.

Aunque el documento oficial mantiene el límite de grasas saturadas en menos del 10% del total de calorías diarias, el discurso político ha generado confusión.

Diferentes cortes de carne.

La Asociación Americana del Corazón recordó que su recomendación es más estricta —menos del 6%— para reducir el riesgo cardiovascular.

Las llamadas “grasas saludables” ocupan un lugar relevante en el texto, con recomendaciones que incluyen aceite de oliva, aguacate, frutos secos, semillas, aceitunas y pescados ricos en omega 3. Para la cocina diaria, se sugiere priorizar aceites naturales y alimentos mínimamente procesados.

Críticas desde la nutrición clínica

Para Fernando Sánchez, cocinero y nutricionista de la Clínica Buchinger, la nueva guía combina avances claros con planteamientos discutibles.

“El acierto principal es la reducción del consumo de carbohidratos refinados y ultraprocesados, que son responsables de picos de azúcar y de muchos problemas metabólicos”, señala. También valora positivamente la inclusión de verduras congeladas de calidad como alternativa válida a las frescas.

Sin embargo, Sánchez cuestiona el énfasis en las proteínas de origen animal, y en especial en la carne roja. “No compartimos que se priorice el consumo de carne. El exceso de carnes, sobre todo rojas, implica un mayor aporte de grasas saturadas y, a largo plazo, se asocia con un aumento del riesgo de determinados tipos de cáncer”, advierte.

A su juicio, el documento tampoco concede suficiente importancia a las proteínas vegetales, como las legumbres, pese a su reconocido valor nutricional.

El especialista subraya además el riesgo de simplificación del mensaje: “La pirámide se puede interpretar de muchas maneras. Desde una dieta basada en carnes de calidad hasta un aumento del consumo de hamburguesas y productos cárnicos poco saludables”.

Entre los aspectos mejor recibidos por la comunidad médica destaca el endurecimiento de las recomendaciones sobre azúcares añadidos, especialmente en la infancia.

Azúcar.

Las guías fijan un límite máximo de 10 gramos de azúcar añadido por comida y recomiendan evitarlo por completo en niños menores de cuatro años.

También mantienen los límites de sodio y refuerzan el mensaje de priorizar frutas y verduras en su forma original, aceptando versiones congeladas o enlatadas sin azúcar ni sal añadidos.

En cuanto al alcohol, la nueva edición elimina los límites diarios específicos y se limita a aconsejar un consumo menor para mejorar la salud general, un cambio que también ha generado debate entre expertos.

A una semana de haberse hecho oficial, la nueva pirámide alimentaria refleja una tensión recurrente entre mensajes políticos, evidencia científica y comunicación al gran público.

Para los nutricionistas, el desafío no está solo en qué alimentos se recomiendan, sino en cómo se transmiten esas recomendaciones. En ese equilibrio, advierten, situar la carne roja en el centro del discurso puede resultar, como mínimo, problemático.