Perro ansioso y preocupado.

Perro ansioso y preocupado. Freepik

Ciencia

La psicología dice que las personas que siguen pensando en el trabajo en casa aumentan el estrés de su mascota

Cerrar el ordenador no siempre basta: rumiar problemas del trabajo puede trasladar estrés al perro que espera en casa.

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Las claves

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Un estudio indica que el estrés laboral de los dueños puede transferirse a sus perros, aumentando las conductas de estrés en las mascotas.

Pensar en problemas laborales fuera del horario de trabajo, conocido como rumiación laboral, explica en gran parte la relación entre el estrés humano y el canino.

Los perros detectan el estrés de sus propietarios a través de cambios en su comportamiento, expresiones, voz e incluso el olor.

Dedicar tiempo de calidad al perro y separar mentalmente el trabajo del hogar puede beneficiar tanto al dueño como a la mascota.

Cerrar el ordenador no siempre significa dejar de trabajar. Hay personas que llegan a casa y continúan repasando una conversación con su jefe, una tarea pendiente o aquel correo que tendrán que contestar al día siguiente. Esa costumbre puede dificultar su propia recuperación mental, pero una investigación sugiere que sus efectos podrían alcanzar también a otro miembro de la familia: el perro.

Un estudio publicado en Scientific Reports analizó precisamente si el estrés laboral de los propietarios podía trasladarse a sus mascotas. Y los investigadores encontraron una asociación especialmente interesante: los trabajadores más estresados tenían perros que mostraban más comportamientos relacionados con el estrés, y seguir pensando negativamente en el trabajo fuera del horario laboral ayudaba a explicar esa relación.

El fenómeno recibe el nombre de crossover o transferencia del estrés. La psicología laboral lleva años estudiándolo entre parejas y otros miembros de una familia, pero Tanya Mitropoulos, investigadora de Psicología, y Allison Andrukonis quisieron comprobar si podía producirse también entre humanos y perros.

Participaron 85 trabajadores que convivían con un perro. Dos tercios eran mujeres, la edad media rondaba los 38 años y trabajaban unas 40 horas semanales. Algo más de la mitad trabajaba desde casa al menos ocasionalmente. Los investigadores controlaron además el estrés procedente de la vida doméstica para intentar aislar mejor el relacionado con el empleo.

Los participantes respondieron a escalas sobre estrés laboral y sobre lo que los investigadores denominan rumiación afectiva relacionada con el trabajo: continuar pensando, con emociones negativas, en problemas laborales durante las horas que deberían dedicarse al descanso.

También tuvieron que indicar con qué frecuencia sus perros mostraban once comportamientos utilizados en investigaciones anteriores como posibles señales de estrés.

El resultado fue que el estrés laboral del propietario estaba relacionado con una mayor presencia de esas conductas en el animal. Pero apareció algo todavía más significativo: cuando los investigadores introdujeron la rumiación laboral en el análisis, era precisamente esta variable la que explicaba estadísticamente la conexión entre ambas.

Mentalmente seguimos en la oficina

¿Cómo podría saber un perro que su dueño sigue pensando en aquella reunión de las cuatro de la tarde? Los investigadores plantean varias posibilidades. Una de las más sencillas es que una persona que continúa preocupada por asuntos laborales esté físicamente en casa pero psicológicamente menos disponible. Puede prestar menos atención al perro, interactuar menos con él o modificar pequeñas rutinas sin ser plenamente consciente de ello.

Existe también una vía más directa. Los humanos cambiamos nuestra expresión facial, postura, movimientos y voz cuando estamos sometidos a emociones negativas. Los perros son especialmente hábiles interpretando muchas de esas señales y pueden utilizar a sus propietarios como referencia para decidir si una determinada situación es segura o preocupante.

Incluso el olor podría proporcionar información. Los autores recuerdan investigaciones experimentales que muestran que los perros se comportan de manera diferente ante muestras de olor procedentes de humanos estresados y relajados. La rumiación también puede prolongar respuestas fisiológicas relacionadas con el estrés, aunque el nuevo estudio no midió directamente hormonas como el cortisol.

Este último punto es importante porque evita exagerar las conclusiones.

La investigación se realizó mediante cuestionarios online y fueron los propios propietarios quienes informaron de las conductas de sus perros. No se tomaron muestras hormonales ni se observó directamente a los animales durante semanas. Además, la muestra era pequeña y no representativa de todos los trabajadores y perros. Los propios autores reclaman estudios mayores y mediciones fisiológicas que permitan confirmar el mecanismo.

Aun así, el resultado encaja con investigaciones anteriores. Un estudio de la Universidad de Linköping analizó el cortisol acumulado en el pelo de 58 perros y sus propietarias durante distintas épocas del año. Encontró una sincronización significativa de los niveles de estrés a largo plazo entre ambos y concluyó que los perros parecían, en buena medida, reflejar el estrés de sus dueños.

Eso tampoco significa que una tarde complicada en la oficina vaya a provocar automáticamente ansiedad en un perro. El comportamiento animal depende de multitud de factores: genética, experiencias previas, salud, ejercicio, ambiente doméstico y personalidad.

La nueva investigación apunta a algo más cotidiano: llevarse mentalmente el trabajo a casa podría prolongar también las señales de estrés que recibe el animal.

Los autores sugieren precisamente intentar separar ambos mundos mediante pequeños rituales de transición, técnicas de atención plena o actividades que obliguen a abandonar durante un rato los pensamientos laborales. Una de las opciones más obvias está delante del propio dueño: dedicar tiempo de forma consciente al perro.

Salir a pasear, jugar o simplemente prestarle atención puede servir así para algo más que cumplir una rutina. El mensaje de fondo del estudio es que desconectar del trabajo al llegar a casa quizá no solo ayude a recuperarse a quien ha tenido un día difícil: el perro que le espera al otro lado de la puerta también podría notarlo.