Varias personas se protegen de la lluvia y el viento en Santiago de Compostela.

Varias personas se protegen de la lluvia y el viento en Santiago de Compostela. Efe Efe

Ciencia

Los meteorólogos coinciden: el calor del Mediterráneo convertirá el primer frío antes del otoño en tormentas intensas

El calor se va de España, pero no del mar: el Mediterráneo guarda energía para las primeras tormentas de otoño.

Más información: Los meteorólogos coinciden: el calentamiento del Mediterráneo traerá tormentas más intensas en otoño

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Las claves

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El Mediterráneo mantiene temperaturas excepcionalmente altas al final del verano, acumulando energía y humedad.

La llegada de aire frío polar a la Península Ibérica aumenta el contraste térmico, elevando la inestabilidad atmosférica.

Este contraste favorece la formación de tormentas intensas, especialmente si coinciden otros factores como humedad y convergencia de vientos.

Estudios recientes indican que un Mediterráneo más cálido puede incrementar la intensidad y extensión de las lluvias torrenciales.

El calor comienza a aflojar en España, pero una parte importante de toda la energía acumulada durante el verano sigue prácticamente en el mismo lugar. Está en el Mediterráneo, que llega a los últimos días de agosto con temperaturas excepcionalmente elevadas después de meses calentándose.

Ahora aparece el segundo ingrediente. Una masa de aire polar está provocando un descenso importante de las temperaturas en buena parte de la Península y demuestra que la circulación atmosférica empieza a permitir entradas de aire considerablemente más fresco desde latitudes altas.

La combinación interesa especialmente a los meteorólogos de cara a septiembre y octubre. No porque el primer día frío vaya a provocar automáticamente una tormenta torrencial, sino porque el contraste entre un mar todavía muy caliente y aire frío en las capas superiores puede aumentar considerablemente la inestabilidad.

Juan David Pérez, meteorólogo de la Cadena SER, lo explica al analizar lo ocurrido este verano en el sureste español. Las elevadas temperaturas del Mediterráneo constituyen una importante reserva de energía y humedad, capaz de favorecer precipitaciones intensas cuando empiezan a producirse las primeras entradas de aire frío.

El mecanismo comienza en la superficie del agua. Cuanto mayor es su temperatura, mayor puede ser la evaporación y más vapor de agua queda disponible en las capas inferiores de la atmósfera. Ese aire cálido y húmedo puede permanecer aparentemente tranquilo hasta que aparece algo capaz de hacerlo ascender.

Es ahí donde entran en juego una vaguada, una DANA o simplemente aire suficientemente frío en altura. Al aumentar rápidamente la diferencia de temperatura entre las capas bajas y altas de la atmósfera, el aire húmedo puede subir con mayor facilidad y alimentar nubes de gran desarrollo vertical.

El mar es el combustible, pero hace falta una chispa

Mario Picazo utiliza precisamente la comparación con un combustible para explicar la situación de este final de verano. Amplias zonas del Mediterráneo se han situado alrededor de los 30 ºC, de modo que existe una reserva extraordinaria de calor disponible para alimentar las tormentas que puedan aparecer durante las próximas semanas. Eso no quiere decir que una DANA vaya a producir necesariamente lluvias torrenciales.

Hace falta que coincidan otros ingredientes: aire frío en altura, suficiente humedad, convergencia de vientos y, en determinados episodios, un flujo persistente procedente del propio Mediterráneo. El relieve de la costa puede terminar reforzando todavía más el proceso al obligar a ese aire húmedo a ascender.

Las tormentas pueden ser especialmente problemáticas cuando además permanecen casi estacionarias o se regeneran continuamente sobre una misma zona. En ese caso, una enorme cantidad de agua puede terminar cayendo durante pocas horas sobre una superficie relativamente pequeña.

La ciencia reciente ha permitido cuantificar hasta qué punto un Mediterráneo más caliente puede empeorar un episodio cuando todas esas piezas terminan encajando.

Un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Valladolid y AEMET reconstruyó mediante simulaciones la DANA de Valencia de octubre de 2024. Sus resultados fueron publicados este año en Nature Communications.

Los investigadores compararon las condiciones actuales con un mundo hipotético sin calentamiento provocado por el ser humano. Encontraron que las condiciones más cálidas incrementaron aproximadamente un 21% la intensidad de las precipitaciones acumuladas en seis horas y alrededor de un 19% el volumen total de lluvia descargado sobre la cuenca del Júcar. La superficie afectada por cantidades superiores a 180 litros por metro cuadrado aumentó además un 55%.

Una de las razones fue precisamente el Mediterráneo anormalmente cálido. El aumento de temperatura proporcionó más humedad y elevó la energía disponible para las corrientes ascendentes de las tormentas, haciendo que estas fueran más vigorosas.

Eso ayuda a entender por qué los primeros descensos térmicos después del verano reciben tanta atención en la fachada mediterránea. No es el frío que podamos notar al salir por la mañana lo verdaderamente importante, sino qué ocurre varios kilómetros por encima de nosotros y cómo interactúa con el aire húmedo procedente del mar.

España ya ha vivido este agosto un adelanto de esa transición. Una entrada de aire ártico provocó descensos de hasta diez grados mientras diferentes vaguadas favorecían tormentas fuertes, granizo y acumulaciones importantes en algunas regiones.

El episodio tampoco significa que el otoño haya empezado ni que vaya a repetirse inmediatamente una situación extrema. Septiembre puede todavía devolver temperaturas plenamente veraniegas y los meteorólogos no pueden anticipar con semanas de distancia dónde aparecerá una tormenta concreta.

Lo que sí pueden observar es el escenario en el que se formarán.

Y este año uno de los ingredientes ya está preparado: un Mediterráneo excepcionalmente caliente. Cuando durante las próximas semanas lleguen nuevas vaguadas y bolsas de aire frío, ese calor acumulado no desaparecerá de repente. Puede convertirse en humedad y energía disponible para las tormentas, haciendo que algunas descarguen con mucha más intensidad de la que sugeriría simplemente la llegada del primer ambiente fresco antes del otoño.