Gato doméstico.

Gato doméstico. Freepik

Ciencia

Los veterinarios coinciden: acariciar al gato cuando estás estresado no siempre mejora el ánimo y puede empeorarlo

Los expertos en comportamiento felino piden mirar al gato antes de tocarlo: insistir cuando está incómodo puede empeorar el malestar.

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Las claves

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Acariciar a un gato cuando se está estresado no siempre mejora el ánimo y, en ciertos casos, puede asociarse con más emociones negativas.

Un estudio con 188 dueños de perros y gatos mostró que la interacción con mascotas suele asociarse a bienestar, pero no actúa como amortiguador inmediato del estrés.

En situaciones de estrés, una interacción más intensa con el gato puede aumentar la relación entre estrés y emociones negativas, especialmente si el animal no acepta el contacto.

La recomendación es respetar las señales del gato y no forzar la interacción, permitiendo que el animal tenga control sobre el contacto.

Acariciar a un gato parece uno de esos gestos pequeños que casi siempre se asocian con calma. La escena resulta familiar: una persona llega estresada, busca al animal, lo toca y espera que el ronroneo haga el resto.

La ciencia, sin embargo, acaba de añadir un matiz incómodo. Interactuar con una mascota suele asociarse con emociones positivas, pero cuando una persona está estresada, buscar más contacto con el gato no siempre reduce el malestar.

El dato procede de un estudio publicado en Frontiers in Psychology. Investigadores de The Open University, Maastricht University, la Universidad de Basilea y otros centros analizaron a 188 dueños de perros y gatos en su vida diaria.

El objetivo era medir estrés, emociones e interacción real con animales de compañía fuera del laboratorio. Los participantes respondieron cuestionarios en el móvil hasta diez veces al día durante cinco jornadas, indicando cómo se sentían y cuánto interactuaban.

La primera conclusión fue positiva: en general, interactuar con perros y gatos se asoció con más emociones agradables y menos emociones negativas. Es decir, la relación con el animal sí parecía vinculada al bienestar del dueño.

Conviene hace pausas

El giro apareció cuando los investigadores miraron qué pasaba en momentos de estrés. Según el estudio, la interacción con la mascota no actuó como un “amortiguador” capaz de reducir el impacto emocional justo en ese momento.

En el caso de los gatos, el resultado fue todavía más llamativo. Cuando los dueños estaban estresados, una interacción más intensa se asoció con una relación más fuerte entre estrés y emociones negativas.

El matiz es fundamental. El estudio no demuestra que los gatos empeoren el ánimo ni que acariciarlos sea malo. Muestra una asociación concreta en situaciones de estrés, y los propios autores piden prudencia al interpretarla.

La explicación puede estar en el tipo de contacto. Un perro suele demandar una respuesta más activa; el gato, en cambio, puede aceptar o rechazar la interacción de una forma más sutil y dependiente del momento.

Ahí entran los especialistas en comportamiento felino. Las guías AAFP/ISFM de interacción “cat friendly” insisten en que el manejo del gato debe reducir miedo, ansiedad y frustración, dándole más control y capacidad de elección.

La clave no es acariciar al gato para calmarse, sino comprobar primero si el gato acepta esa interacción. Cats Protection recomienda dejar que se acerque, ofrecer la mano y empezar por zonas como mejillas o barbilla.

Ese detalle cambia por completo la escena. Una persona estresada puede buscar consuelo con más intensidad, alargar las caricias, coger al gato en brazos o insistir cuando el animal intenta apartarse.

Los gatos no siempre expresan rechazo de forma evidente. Pueden mover la cola, tensar el cuerpo, bajar las orejas, abrir mucho los ojos, evitar la mirada o quedarse quietos sin estar disfrutando realmente.

Cats Protection lo resume con una idea muy útil: si el gato no se aparta pero muestra lenguaje corporal ansioso o estresado, no está disfrutando; solo está tolerando la interacción. En ese caso, toca parar.

La contradicción con otros estudios no es real, sino de contexto. Cornell recuerda que una investigación con estudiantes encontró que acariciar perros y gatos durante diez minutos reducía el cortisol salival, una hormona asociada al estrés.

La diferencia está en el escenario. Ese tipo de trabajo mide una interacción breve, controlada y positiva; el nuevo estudio analiza escenas reales, donde el dueño puede estar frustrado y el gato no estar disponible para calmarlo.

Por eso no basta con decir que acariciar gatos reduce el estrés o que los gatos empeoran el ánimo. Las dos frases son demasiado simples. Todo depende del momento, del vínculo y de cómo se toque.

La recomendación práctica es sencilla: si estás estresado, no conviertas al gato en una herramienta automática para regularte. Puedes sentarte cerca, hablarle suave, ofrecer la mano y acariciar solo si él acepta.

También conviene hacer pausas. Acaricia unos segundos y para. Si el gato empuja la cabeza, se frota, se queda relajado o pide más contacto, puedes seguir; si se gira, se tensa o se va, termina.

El mensaje no es frío ni antiafectivo. Una relación sana con un gato puede ser muy beneficiosa, pero funciona mejor cuando no se fuerza. El animal no está ahí para absorber el estrés humano sin límites.