El salmón rojo hace el salto de las cataratas. Istock
Los científicos coinciden: exponer a los salmones a la cocaína hace que naden un 1,9% más lejos por semana
La presencia de fármacos en ríos y lagos revela un problema invisible que ya está alterando el equilibrio de los ecosistemas acuáticos.
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En los ecosistemas acuáticos europeos está ocurriendo algo tan inesperado como inquietante: sustancias derivadas del consumo humano están alterando el comportamiento de especies clave. Un nuevo estudio pone el foco en un protagonista sorprendente: la cocaína.
La investigación, liderada por la Universidad de Griffith (Australia) y publicada en Current Biology, analiza por primera vez cómo la contaminación por esta droga afecta a peces en entornos naturales, concretamente a salmones jóvenes del Atlántico.
El escenario del experimento fue el lago Vättern, en Suecia, donde los científicos realizaron un seguimiento de 105 ejemplares durante ocho semanas mediante implantes químicos de liberación lenta, una técnica que permitió observar cambios reales en su conducta.
Los resultados no dejan lugar a dudas: los salmones expuestos a benzoilecgonina, el principal metabolito de la cocaína, nadaron hasta 1,9 veces más lejos por semana y se dispersaron hasta 12,3 kilómetros adicionales respecto al grupo de control.
Este incremento en el movimiento no es anecdótico. Según los investigadores, el desplazamiento determina aspectos esenciales de la vida animal, como la alimentación, el contacto con depredadores o la conexión entre distintas poblaciones.
Efectos de la droga
Además, los efectos no solo fueron evidentes, sino que se intensificaron con el tiempo. La exposición continuada a esta sustancia modificó la forma en que los peces utilizaban su entorno, alterando su comportamiento espacial de manera progresiva.
La clave está en la benzoilecgonina, un compuesto que se genera cuando el cuerpo humano descompone la cocaína. Este metabolito se excreta y acaba en ríos y lagos, ya que las depuradoras no están preparadas para eliminarlo.
Curiosamente, los científicos observaron que este metabolito tiene efectos más claros y potentes que la propia cocaína en los salmones, un hallazgo que cuestiona los enfoques tradicionales en evaluaciones ambientales.
La explicación biológica apunta a que la cocaína, como estimulante, actúa sobre los sistemas cerebrales de los vertebrados. En peces, puede acumularse en el cerebro y aumentar significativamente sus niveles de actividad.
Este comportamiento más errático o expansivo puede llevar a los salmones a zonas de menor calidad ecológica, aumentando el estrés en especies que ya enfrentan amenazas como el cambio climático o la degradación de hábitats.
A pesar de lo llamativo del estudio, los investigadores insisten en que no existe riesgo para las personas que consumen pescado, ya que los ejemplares analizados eran muy jóvenes y no aptos para la pesca comercial.
El hallazgo abre nuevas líneas de investigación para entender hasta qué punto los residuos farmacológicos afectan a la biodiversidad acuática y qué especies podrían estar en mayor peligro en el futuro.
Lejos de ser una rareza, los expertos advierten que la presencia de fármacos en el medio natural es cada vez más habitual, lo que convierte este fenómeno en un problema ambiental emergente de gran relevancia.