Un coche conduciendo a través de las colinas rojas y las rocas de los Andes.

Un coche conduciendo a través de las colinas rojas y las rocas de los Andes. Lyn Hughes

Ciencia

Los expertos no dan crédito: la población de los Andes ha evolucionado distinto y es inmune a un tipo de veneno

Un estudio vincula la tolerancia al arsénico en la Puna argentina a variantes cerca del gen AS3MT, que favorecen un metabolismo más “excretable”.

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Las claves

Comunidades andinas han desarrollado una adaptación genética que les permite tolerar mejor el arsénico presente en el agua.

Investigaciones identificaron variantes cercanas al gen AS3MT, responsables de un metabolismo más eficiente del arsénico en estas poblaciones.

La adaptación reduce la producción de compuestos intermedios tóxicos y facilita la eliminación del arsénico por la orina.

A pesar de esta adaptación, la exposición crónica al arsénico aún implica riesgos para la salud, según la OMS.

En lo alto de la Puna argentina, donde el agua subterránea arrastra arsénico desde rocas volcánicas, hay comunidades que han bebido durante generaciones un cóctel que en otros lugares se asocia a lesiones cutáneas, cáncer y problemas cardiovasculares. La pregunta llevaba décadas flotando: ¿cómo lo toleran?

Una de las piezas clave está en San Antonio de los Cobres, a unos 3.800 metros de altitud. Antes de que se instalaran sistemas de tratamiento, el agua podía rondar niveles muy por encima de la referencia sanitaria internacional. La guía de la OMS fija 10 µg/L como valor orientativo para arsénico en agua de consumo.

Ya en los noventa, investigadores observaron algo raro en la bioquímica de mujeres de la zona: su organismo transformaba el arsénico de una forma “más eficiente”, generando menos proporción de un intermedio particularmente tóxico y más de una forma que el cuerpo elimina con mayor facilidad por la orina. Ese patrón metabólico se convirtió en una pista.

El salto grande llegó cuando la genética entró en juego. Un trabajo liderado por Carina Schlebusch y Lucie Gattepaille (Universidad de Uppsala) analizó ADN de población andina y vinculó la tolerancia a variantes protectoras cerca del gen AS3MT, que codifica una enzima central en el metabolismo del arsénico.

La lógica biológica está muy refinada: cuando el arsénico entra en el cuerpo, pasa por varias etapas químicas. Una de ellas —el monometilarsénico (MMA)— se considera especialmente dañina; la siguiente —dimetilarsénico (DMA)— suele ser más excretable. La selección natural favorecería a quienes minimizan el cuello de botella tóxico.

Una adaptación hereditaria

En ese estudio, las variantes asociadas a un metabolismo más favorable aparecían con frecuencias mucho más altas en la población expuesta que en grupos cercanos con historia genética parecida pero menos presión ambiental. Es el tipo de huella que los genetistas buscan cuando sospechan adaptación reciente: diferencias que no cuadran con el azar.

La idea encaja con un principio incómodo: no toda la evolución humana se explica por dietas, patógenos o altitud. También puede responder a tóxicos naturales, si la exposición es intensa, sostenida y —sobre todo— si afecta a la supervivencia infantil y a la reproducción. En ese escenario, cualquier ventaja pequeña se amplifica en pocas generaciones.

Lo cierto es que no es un superpoder que convierta el arsénico en inocuo ni una licencia para relativizar el problema. La OMS y la literatura médica siguen vinculando la exposición crónica por encima de 10 µg/L con riesgos serios, y los programas de reducción de arsénico se asocian a mejoras en salud pública.

De hecho, incluso con adaptación parcial, el daño puede existir: la selección natural no busca salud perfecta, sino la suficiente para dejar descendencia. Un rasgo que reduce el pico de toxicidad podría permitir sobrevivir y aun así pagar peajes en forma de enfermedad a largo plazo.

Para la ciencia, el caso es una ventana doble. Por un lado, ayuda a reconstruir cómo se adaptan poblaciones humanas a amenazas químicas del entorno. Por otro, ofrece un “experimento natural” para entender mejor rutas metabólicas, biomarcadores urinarios y dianas moleculares que podrían mejorar la prevención en regiones con arsénico endémico.