El momento de la entrada ilegal a nado en Ceuta de dos migrantes magrebíes. EFE
El plan del Gobierno de acoger ahora a 500 de las jóvenes mujeres llegadas a Ceuta en la descontrolada incursión no solo va en contra de toda coherencia y contradice las primeras decisiones tomadas -que cuentan con el visto bueno de la Unión Europea-, sino que vulneraría en muchos aspectos los propios derechos de las menores, es decir, de las niñas. Entre otros, el derecho a la identidad, a tener una vida familiar, a la educación y el derecho a la integridad física y la salud, entre otros.
Ahora bien, habría que matizar en qué medida por intentar salvaguardar unos derechos no se infiere en perjudicar otros.
El tema es, sin duda, de alta complejidad, pues cabe preguntarse por qué se debería actuar de forma diferente con los migrantes llegados en la incursión de hace unas semanas que con los llegados hace meses, por ejemplo.
Por otro lado, como ha quedado acreditado gracias a los periodistas que han hecho entrevistas a muchos de los jóvenes y a las madres que en la frontera del lado marroquí esperan foto en mano con la esperanza de encontrar a sus hijas, la llegada de muchas de estas jóvenes no obedece a necesidad o huida, sino a una frívola convocatoria por redes sociales, alentada y tolerada por Rabat; tras la cual muchas personas al día siguiente decidieron volver a pie, eso sí con su teléfono en mano.
Todo vuelve a indicar que el Gobierno improvisa, y mal. Es tan apabullante lo sucedido, la realidad triste de las 19 violaciones en Ceuta, todas ellas consecuencia directa y acaecidas en un claro contexto de caos migratorio, que los ministros titubean y otros habituales, como Irene Montero no se han atrevido a salir en redes, ni siquiera para recomendar libros antisistema que leer en la tumbona mientras le limpian la piscina.
Sin embargo, en este caos, conviene mirar más allá y hacerse preguntas: ¿por qué no volvieron estas 500 mujeres? ¿Cuál es realmente su situación? ¿Son marroquíes? ¿Favorece su reparto aleatorio por la península (quién sabe dónde y cómo) el bien del menor, o por el contrario sólo contribuye a desdibujar su identidad y a emborronar su bienestar? ¿Por qué no se averigua su identidad y se contacta a las familias en Marruecos, en los casos en que esto sea posible?
Quiero pensar que Marruecos no es ese lugar horrible del que todo el mundo huye, sino que dispone de un censo de población y de medidas suficientes como para contactar a sus ciudadanos, de conocer a su población.
¿En qué medida puede el Gobierno de Sánchez, si es que éste -allá donde esté- se entera de algo, abocar a estas jóvenes al oscuro futuro de precariedad que hay tras su reparto por provincias desconocidas y lejanas, posiblemente donde desconozcan la lengua y la cultura? ¿Es esto, como se dice, un secuestro con papeles de por medio?
Preguntas que los ciudadanos querrían poder responder, en lugar del desbaratado caos de dimes y diretes de los ministros.
En definitiva, resuena el vacío de un Gobierno que no llega y al que el Estado le viene grandísimo. Intentan tapar su incompetencia pretendiendo crear conflictos donde no los hay. Ya no cuelan sus artimañas. Ni siquiera picó un poco el comentario sobre el Rey que deslizó en su habitual línea choni, Óscar Puente, el ministro que acumula el mayor número de cadáveres en la cartera de su incompetencia; quizá festejando o ignorando que, ya despeluchada e inservible la exministra de Hacienda, ha pasado a ser el nuevo espantapájaros oficial del Puto Amo.
Veamos lo que le dura el juguete a Sánchez, cuántos post es capaz de hacer explotar sin resbalar con una de las múltiples cáscaras de plátano de su alrededor.
Pero detrás de estas cortinas de humo hay una mayoría de españoles moderados, capaces de preguntarse a quién beneficia realmente el continuo reparto de migrantes, menores o no, alejados de sus familias y de sí mismos, si luego quedan condenados a deambular por las ciudades, aferrados a lo que vaya quedando en su interior de su identidad, lengua y cultura, viviendo en centros de acogida que ofrecen unas condiciones de vida opacas y desconocidas -casi secretas- para los españoles, pero adonde fluye el dinero público como si no hubiera un mañana.