La ministra de Defensa, Margarita Robles, este lunes.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, este lunes. EFE

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Costuras de un Estado fallido

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Somos un Estado fallido, por mucho que estemos todo el día enorgulleciéndonos de una transición democrática que sólo supuso una brisa de concordia tras una historia nuestra de completa desvertebración, guerras y conflictos. Cualquier modelo de Estado que nos echemos a la espalda no nos permite convivir sin que, al final, se reviente el molde. El presente continente de nuestra convivencia democrática –la Constitución de 1978– ya tiene costuras con riesgo de quebrar, justo en un mundo globalizado que no perdona que naciones medianas se permitan el lujo de ofrecer al exterior un comportamiento semejante.

Tirios y troyanos tienen la culpa. Que un Estado se ideologice ya es un problema, porque el Estado no puede ni debe inyectarse de ideología partidaria, ni de derechas ni de izquierdas. Es decir, al Estado le cumple tener una estructura jurídica formal cómoda que garantice que gobiernos de distinta índole puedan ejercer sus políticas. Y nuestro Estado se ha ideologizado de tal manera que hay políticas que no pueden soslayarse por nadie, ni siquiera por la derecha.

Por ejemplo, a ver quién es el guapo que renuncia a un grado mínimo de socialdemocracia en su proyecto de gobierno –es un intocable de cualquier política presupuestaria que el gobierno tenga que distribuir la riqueza en un grado mínimo o máximo que no admite discusión–; o a ver quién renuncia a observar el problema de la migración como un incuestionable marco de protección a las personas que no admite reacciones de seguridad ni en los supuestos, hasta hace poco inverosímiles, de una invasión de decenas de miles.

Porque es que ni la ministra de Defensa es capaz de actuar sin eludir la necesidad de justificar que las reacciones del Estado deben contenerse por mor de una ideología en la que nuestro Estado, que tiene el mayor porcentaje de pobreza infantil de Europa, debe ser el garante de la justicia social de todo el planeta. El Estado democrático no puede ser ideológico, porque la acción política de partidos no puede ser cuestionada al albur de la impregnación ideológica que el Estado haya podido tener, porque cuando esto pasa, es decir, cuando el Estado rezuma alguna ideología, sea la que sea, abandona la neutralidad, al punto de irradiar de la convivencia a los que discrepan de esa ideología.

En lo que afecta al parlamentarismo, que es un poder del Estado, se han rebasado las formas que identifican al parlamentarismo como un lugar de debate profundo, y si se quiere irónico, tendente a flexibilizar, dentro de las maneras, la dureza de las discrepancias o las tensiones sociales. Antes de la Segunda Guerra Mundial, los países europeos que evitaron la radicalidad del fascismo, primero, y, luego, la radicalidad de la izquierda, fueron los países escandinavos y el Reino Unido. Ello debido a que el hondo sentido del parlamentarismo permitió flexibilizar allí, la crudeza de las ideas extremas en su seno. Nosotros no sabemos. Hemos roto, no ya la hondura intelectual propia del parlamentario, sino los diques de la contención frente al otro y, por ello, hemos abierto el frentismo del mismo modo que sucedió en la República.

Más allá de la invertebración orteguiana, Juan Pedro Quiñonero, en su España Inexistente, ensaya y cuestiona que un modelo de Estado en España pueda pervivir frente a las fuerzas que lo descomponen. Los altos intereses desvertebradores de algunos, fuerzan las costuras del Estado para romperlo cuando les interesa, y esto para redefinir un nuevo modelo de Estado del que seguir tirando de la teta.

En ello han tenido que ver, a veces, los intereses radicales de las ideologías, y, en otros, la fuerza de los nacionalismos periféricos, que, cuando no pueden sacar más, tiran para romper todos los tejidos de unión. La inercia del modelo constitucional vigente ha permitido que la influencia de los nacionalismos periféricos determine la deriva de la nación de menos a más, hasta llegar el momento presente, en el que, las fuerzas más disgregadoras del Estado tiran de nuestras costuras para reventarlas, dándose la circunstancia de que, además, dentro de estos actores, contamos también con terroristas convictos.

Unamuno está de más en un clima de partidos de Estado que son incapaces de respetar unidos los mínimos intocables. La concordia de la transición inspirada por Adolfo Suárez tenía y de hecho tuvo muy poco recorrido (¿quizás el que inspiraba el ruido de sables?). Cuando Madelaine Albright le dijo (creo que a Javier Solana) que al principio lo hicimos muy bien (por la Transición) pero que luego retornábamos a lo de siempre (esto es, al frentismo entre nosotros) no andaba nada descaminada la sagaz diplomática estadounidense. Los romanos decían de nosotros que cuando no luchábamos con los de fuera nos peleábamos entre nosotros; Ortega dijo que desde el Cid sólo nos gobiernan los peores. Sólo Julián Marías, en su España inteligible, alcanza a vislumbrar que España aún no ha dado al mundo todo lo que sin duda aguarda por dar. Veremos a ver.