Zapatero

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Política del ágora en tiempos de la física cuántica

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En este momento de mi vida me da igual tanto la izquierda como la derecha, porque hace tiempo que no miro a los lados, camino de frente, y sí, me importa el respeto al orden jurídico y entonces al derecho. El derecho, que forma parte de nuestra vida y existe más allá de las ideas y la ideología (entre otras razones, por eso no se puede y es antidemocrático ideologizar el Estado).

La derecha y la izquierda devienen la rémora de un canto de cisne anunciado. Sin filosofía renovada, la política está condenada a repetir sus mantras y, cuando esto pasa, los actores políticos devienen esclerotizados en la salsa de sus cantos rancios. El Parlamento se ha quedado, como la misa, en un ritual que se repite y se entona como una rutina no interiorizada. Es algo así como El Rey León, que lleva décadas estrenándose cada día como si cada día fuera algo nuevo.

Me aburren todos. Los de derechas tienen la adolescencia de parecer haber acabado de descubrir la libertad, y hay que elogiar que cuando la derecha asume algo luego no lo suelta, pero, claro, hay que soltarlo. Y la izquierda europea que venía de la edulcoración de Rosa de Luxemburgo y de la moderación parlamentaria de los países nórdicos e Inglaterra, tiene la manía de cansarse de las rutinas y cambiarlas virando el rumbo hacia la radicalidad.

El Estado no da mucha elasticidad ni a un lado ni a otro. Tenemos un andamiaje con la hechura de un derecho social que aboga por mezclar con un poco de arte la libertad y la justicia social, ello mediante las políticas redistributivas. Y ese es un anclaje que nadie puede mover. Por eso Abascal parece un forzudo circense y Yolanda Díaz o Zapatero unos histriónicos a los que no sienta nada bien el bigote de Stalin.

Cuando estaba Felipe había que ser socialista antes que marxista. Ahora hay que ser marxista más allá de socialista, pero la física teórica muestra que el universo cuántico es una prodigiosa multiplicidad del átomo y su flexibilidad ante el hecho de ser observado. La política tiene un hándicap con la mecánica cuántica  hasta el punto de que cuando sabemos la posición de un actor político, no sabemos su velocidad política y el tiempo que le queda. Sánchez parece interminable porque nunca se sabe la fijeza de su posición en el espacio. Cambia de criterio como de camisa y esto le lo permite una velocidad de fintar inigualable para dejar atrás oponentes. Feijóo solo es fijeza sin velocidad, lo cual le hace perder votos y parecer más soso que la impredecible Ayuso.

La política tiene que existir porque devenimos una civilización nacida en la polis, y el ágora nos es tan imprescindible como el pijama para dormir. Claro que entre el Demócrito de la indivisibilidad del átomo y el principio de incertidumbre de Heisenberg, la polis ha cambiado sus usos democráticos y estos son menos manejables ahora que antes. Todo deviene incertidumbre. La estabilidad del ágora pierde ese sublime estatismo frente a los persas de ojos oblicuos, y Occidente enfrenta un nuevo horizonte de bárbaros más allá de los confines del Danubio. Europa deja a Pericles y se viste de Atenas. Viene la guerra y el Helesponto no está para lo modélico de Pericles, si bien no hay ningún Alejandro Magno, ni se le espera. El caso es que yo me había acostumbrado a estar tranquilo y ya no… El derecho no parece suficiente.