El ministro de Transporte Óscar Puente.

El ministro de Transporte Óscar Puente. Efe

Moral o justicia

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Lo que ocurre en España no es una sorpresa. Era esperable. Y, de hecho, es esperable que continúe. El desastre —porque ya no cabe otro término— no es fruto de un accidente ni de una coyuntura puntual, sino de una deriva prolongada, alimentada durante años por decisiones políticas irresponsables, cortoplacistas y, en demasiados casos, abiertamente suicidas.

El deterioro no llega de golpe. Se instala despacio, casi con educación. Primero se normaliza la incoherencia, luego la mediocridad, y finalmente el desastre deja de parecer una anomalía para convertirse en paisaje. España atraviesa desde hace años una de esas etapas largas, densas, en las que todo parece funcionar mientras, en realidad, casi nada lo hace.

Nuestros gobernantes han preferido mantener posiciones rígidas, dogmáticas o simplemente oportunistas, aun sabiendo —o debiendo saber— que esas posturas nos conducían al escenario en el que hoy nos encontramos. La gestión del poder se ha convertido en un ejercicio de supervivencia política, no en un compromiso con el bien común. Se gobierna para resistir, no para resolver; para aparentar, no para construir.

No es que falten advertencias. Nunca han faltado. Lo que ha sobrado es la convicción —cómoda, interesada o ingenua— de que siempre habrá tiempo para corregir el rumbo, de que las consecuencias no serán tan graves, o de que recaerán sobre otros. Así, decisión tras decisión, renuncia tras renuncia, se ha ido consolidando una forma de gobernar que confunde resistencia con acierto y permanencia con legitimidad.

En este contexto, la moral pública está profundamente dañada. Ha sido erosionada, manoseada y, en buena medida, prostituida por el marketing político. Un marketing que ha sustituido al pensamiento, al debate y a la responsabilidad. Todos los partidos, con mayor o menor habilidad, han participado en esta dinámica: consignas simples, relatos emocionales y promesas huecas como cebo para una caza de votos cada vez más descarada.

El resultado es una forma de gobierno que recuerda peligrosamente a un "despotismo ilustrado", donde la palabra ilustrado queda como un adorno aún más irónico que retórico, y aún más cuando se observa la escasa categoría intelectual, moral y técnica de buena parte de quienes ocupan la cúspide del poder. Cuando la preparación es escasa, la autocrítica inexistente y la responsabilidad difusa, el gobierno no pasa de ser una pose.

El ciudadano, por su parte, oscila entre el cansancio, la fe ciega y el desapego. Hay quien observa desde la barrera, quien cree sinceramente que "las cosas no están tan mal" y quien ha aprendido a sacar provecho del ruido, convirtiendo la política en una extensión de sus intereses personales. Todos, de una u otra forma, forman parte del ecosistema que sostiene este estado de cosas.

En paralelo, la moral pública se ha vuelto un concepto maleable. Flexible. Adaptable al mensaje del día. No desaparece, simplemente cambia de envoltorio. Se invoca cuando conviene y se guarda cuando estorba. El marketing político ha hecho el resto: ha transformado principios en eslóganes y debates en productos de consumo rápido. Cada partido ha jugado su partida, con mayor o menor destreza, pero casi todos aceptando las mismas reglas del juego.

Cuando la moral se vuelve ambigua, negociable o decorativa, deja de cumplir su función, y es entonces cuando sólo queda la justicia. No como ideal elevado, sino como mecanismo básico de contención. Como último recurso cuando ya no se puede confiar en la conciencia, ni en el ejemplo, ni en el relato.

Cuando la moral falla, cuando ha sido vaciada de contenido y convertida en herramienta propagandística, sólo queda la justicia. No como venganza, ni como arma política, sino como último dique frente al deterioro institucional. La justicia es lo único que puede imponer límites cuando la ética se diluye y el poder se acostumbra a no rendir cuentas.

No es una solución ideal. Es, simplemente, la única que permanece cuando todo lo demás ha sido degradado.

Cada cual sabrá desde dónde lee estas líneas. Y qué parte, si alguna, le corresponde.