Leire Martínez durante su concierto en el Beach Club de Formigal en el marco del festival Nevalia.

Leire Martínez durante su concierto en el Beach Club de Formigal en el marco del festival Nevalia. Ron Barceló

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Tres días de nieve, música y locura: así viví Nevalia, el festival donde el invierno se convierte en fiesta

Esquí por la mañana, conciertos al atardecer y fiestas hasta el amanecer: así se vive Nevalia en las pistas de Formigal.

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Nevalia no es solo un viaje a la nieve. Es una mezcla de esquí, música electrónica, fiestas imposibles y momentos inesperadamente emotivos que terminan quedándose contigo más tiempo del que imaginas.

Este año volví a Formigal para vivirlo de nuevo. Como siempre, con Sergi. Él sí se entregó a todas las fiestas nocturnas; yo fui más de quedarme observando, escuchando historias y empapándome del ambiente. Y entre lo que vivimos juntos y lo que él me fue contando después, la experiencia terminó siendo todavía más completa.

Aquí va mi crónica de tres días en Nevalia, donde el frío desaparece en cuanto empieza la música.

Día 1: chándales noventeros, Britney Spears y una camisa de Cheetos

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El viaje empezó en Madrid, donde nos citaron por la mañana para salir en autobús rumbo a la nieve. La organización lo tenía todo bastante bien pensado: picnic en el trayecto, entrega de materiales al llegar al hotel y un ambiente de emoción compartida desde el minuto uno.

Detrás de esa organización estaba también Pepe, uno de los responsables de que todo funcione como un reloj suizo. Es de esas personas que están pendientes de cada detalle, horarios, traslados y actividades, y que siempre te recibe con una sonrisa, incluso cuando el grupo no es precisamente el más puntual.

Nada más llegar a Formigal empezó ese momento típico de los festivales: caras nuevas, abrazos improvisados y gente preguntándose quién iba a aguantar más sin dormir.

La primera noche tenía temática años 90 y aquello fue un espectáculo en sí mismo. La sala parecía una cápsula del tiempo: chándales fluorescentes, conjuntos completos sacados directamente de 1994, gafas diminutas, algún Diskman colgado del cinturón y camisas imposibles, incluida una de Cheetos que llevaba Emilio. Todo respiraba nostalgia noventera y bastaron los primeros hits para que la pista se llenara de gente cantando y bailando como si hubiéramos vuelto a aquella década.

En cabina estaba Furor, y el ambiente fue subiendo hasta convertirse en un auténtico karaoke generacional. Entre canción y canción, Alonso Caparrós ,que no paraba de animar al público, demostraba lo bien que maneja este tipo de fiestas: cercano, divertido y con esa energía que consigue que todo el mundo termine cantando a pleno pulmón.

Hubo momentos en los que parecía que Britney Spears y Justin Timberlake se hubieran colado en la fiesta. En realidad eran nuestros amigos Marne y Marina, pero entre la música noventera, el ambiente y los looks retro, la escena tenía algo de viaje directo a los años 90.

Entre los invitados que más se dejaron ver bailando estaban Anabel Pantoja, Innmir y Kuve, que se entregaron completamente a la competición entre equipos para sumar puntos durante la noche. Aquello terminó convirtiéndose en una mezcla perfecta entre fiesta temática y competición improvisada.

La fiesta terminó tarde. Muy tarde.

Pero lo bueno de Nevalia es que cuando parece que todo ha terminado… el día siguiente empieza todavía más fuerte.

Día 2: esquí, DJ Nano y una noche de batallas en la cabina

DJ Nano pinchando en el Beach Club con la nieve detrás.

DJ Nano pinchando en el Beach Club con la nieve detrás. Ron Barceló

El viernes arrancó con lo que se supone que es el motivo principal del viaje: esquiar.

Las pistas de Aramón estaban llenas de grupos mezclados entre amigos, influencers y gente que apenas se conocía pero que ya parecía haber compartido media vida. Entre bajada y bajada acabábamos todos en el mismo sitio: el Beach Club, donde la música ya estaba sonando a pleno sol.

A media mañana apareció DJ Nano, y el ambiente cambió automáticamente. Lo que empezó siendo un descanso entre pistas terminó convirtiéndose en una pequeña fiesta improvisada en plena nieve.

Por la tarde llegó una de las actividades más divertidas del programa: el tobogganing, un descenso colectivo con trineos que mezclaba adrenalina, gritos y más risas que técnica.

Después pasamos por Marchica, uno de los templos del après-ski en Formigal. Allí la música y el ambiente fueron calentando motores para lo que vendría después. Mención especial a nuestro Mario, siempre al pie del cañón para que no nos faltara absolutamente de nada durante todo el viaje.

La verdadera locura llegó más tarde en Big Room, con una especie de batalla entre DJs que terminó siendo uno de los momentos más divertidos del viaje.

En cabina se enfrentaron diferentes parejas: Quique AV contra Dani del Lío, Carmen de la Fuente contra Color… y un cierre que subió aún más la intensidad cuando Selecta apareció con una versión mucho más tecno que terminó de encender la pista. Aquello terminó convirtiéndose en uno de los momentos más divertidos de toda la noche, con el público completamente entregado y animando cada duelo como si fuera una auténtica final.

Hubo incluso un momento completamente improvisado en el que Dani del Lío subió a Kuve a cantar. La pista estalló y durante unos minutos todo el mundo estaba saltando, cantando y celebrando como si se tratara del cierre de un gran festival. Fue uno de esos instantes en los que la música, la gente y la energía del lugar se alinean y hacen que la noche termine por todo lo alto.

Día 3: esquí, emociones y el concierto más inesperado

Leire Martínez cantando en el Beach Club.

Leire Martínez cantando en el Beach Club. E.E.

El sábado empezó más tranquilo.

Después de dos noches casi sin dormir, el plan era volver a las pistas y pasar por el Beach Club, donde esta vez había algo especial preparado: un concierto.

La protagonista era Leire Martínez, que ofrecía un showcase en plena nieve.

Lo que parecía una actuación más terminó siendo uno de los momentos más emotivos del viaje.

Leire presentó canciones de su nuevo disco, como Mi nombre, pero también repasó clásicos de La Oreja de Van Gogh que hicieron cantar a todo el mundo. Sonaron Sirenas, Rosas y, por supuesto, Jueves, que dejó a más de uno visiblemente emocionado.

Entre el público había varios fans que habían seguido a Leire por diferentes conciertos de España. En un momento del show, uno de ellos, un chico que la había visto en varias ciudades, le contó lo importantes que habían sido sus canciones para él.

Leire sonrió y respondió que era increíble ver cómo su música podía emocionar a la gente… incluso hacer llorar a los hombres.

El ambiente del concierto tenía algo especial: entre la nieve, las voces coreando las canciones y ese punto de nostalgia que tienen los clásicos de La Oreja de Van Gogh, hubo varios momentos en los que la emoción se notaba en las caras de la gente. Durante unos minutos, el festival pareció bajar el ritmo y todo el mundo se dejó llevar por la música.

Y eso también forma parte de Nevalia.

La última noche: techno, indie y una fiesta que no quería terminar

La despedida llegó el sábado por la noche.
La sesión empezó con Dani del Lío, que calentó la pista antes de que entrara Innmir, que probablemente firmó uno de los sets más originales del festival.

Su mezcla era difícil de clasificar: indie, techno y pop alternativo conviviendo en una misma sesión.

Sonaron desde La La Love You o Lori Meyers hasta referencias electrónicas más contundentes, pasando incluso por temas inesperados como Berghain de Rosalía.

El cierre lo firmaron Nervo, que dejaron la pista completamente entregada.

Pero en Nevalia, cuando parece que la fiesta se acaba… en realidad solo cambia de sitio.

Después de Marchica, cuando parecía que la noche se había terminado, muchos acabamos en la casa de Roni. El parking se transformó en una especie de rave improvisada donde pincharon varios DJs, entre ellos Juan Valiente, Michenlo o Color. La música siguió hasta que el cansancio empezó a ganar la partida.

El domingo: despedidas y promesas de volver

El domingo siempre llega demasiado pronto en este tipo de viajes.

Entre maletas, forfaits devueltos y cafés para sobrevivir al autobús de vuelta, todos teníamos la misma sensación: que habían pasado mil cosas en apenas tres días.

Nevalia tiene algo especial.

Es esquiar por la mañana, bailar por la tarde y acabar hablando con desconocidos que de repente parecen amigos de toda la vida.

Es reírte hasta que te duele la cara, cantar canciones que no escuchabas desde hace veinte años y terminar recordando momentos que no esperabas vivir.

Cuando el autobús arrancó de vuelta a Madrid, muchos ya estaban mirando el móvil para ver fotos, vídeos y stories.

Y casi todos pensábamos lo mismo.

Que después de vivirlo una vez… siempre quieres volver a Nevalia.