El primer ministro japonés, Sanae Takaichi.

El primer ministro japonés, Sanae Takaichi. Europa Press

Sociedad

Japón halla una alternativa a la inmigración irregular: 10 años de residencia y 2 años cotizados para obtener la ciudadanía

El país nipón ha puesto en marcha una serie de medidas para fortalecer su política y control migratorio.

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Las claves

Japón eleva a diez años el requisito de residencia y a dos años el de cotización para acceder a la ciudadanía.

Se endurece la revisión fiscal: ahora es obligatorio acreditar el pago de impuestos y contribuciones sociales durante los últimos cinco años.

El Gobierno busca duplicar las deportaciones antes de 2027 y crear un organismo específico para supervisar la política migratoria.

Aunque refuerza el control sobre la inmigración irregular, Japón sigue atrayendo mano de obra extranjera con visados laborales de duración limitada.

Japón ha decidido endurecer su política migratoria con un enfoque que combina control y selectividad.

Lejos de apostar por una apertura generalizada, el país asiático ha optado por reforzar los requisitos para acceder a la nacionalidad, al tiempo que incrementa la presión sobre la inmigración irregular.

El resultado es un modelo que premia la estabilidad prolongada y penaliza la precariedad administrativa.

Desde el pasado 1 de abril de 2026 han entrado en vigor nuevos criterios de evaluación para la naturalización que, sin modificar formalmente la Ley de Nacionalidad, cambian de manera sustancial su aplicación práctica.

El cambio más significativo es el aumento del tiempo de residencia exigido: de los cinco años que tradicionalmente se consideran suficientes, se pasa ahora a un estándar de aproximadamente diez años.

No es una reforma legal, pero sí un endurecimiento efectivo del filtro. Eso sí, este nuevo umbral no llega solo.

Las autoridades japonesas también han ampliado el período de revisión fiscal: si antes bastaba con acreditar el pago de impuestos del último año, ahora será necesario presentar certificados de los últimos cinco ejercicios.

Esto incluye impuestos sobre la renta, tributos locales y contribuciones a la sanidad pública y al sistema de pensiones. Cualquier irregularidad en este historial puede comprometer la solicitud.

En la misma línea, el control sobre las cotizaciones sociales se intensifica. El periodo de verificación pasa de uno a dos años, abarcando seguros de salud, pensiones y otros sistemas obligatorios.

La lógica es clara: Japón no solo quiere residentes de larga duración, sino también contribuyentes constantes y plenamente integrados en su sistema.

Este endurecimiento responde a una estrategia política más amplia. En enero de 2026, el Gobierno presentó un paquete de "medidas integrales" para la gestión de residentes extranjeros.

Entre sus objetivos figura equiparar los requisitos de nacionalidad con los de residencia permanente, que ya exigían una década, reforzar la credibilidad del sistema y garantizar que quienes obtienen la ciudadanía tienen una base económica sólida.

El giro se entiende mejor en paralelo al aumento del control sobre la inmigración irregular.

El Ejecutivo se ha fijado como meta duplicar las deportaciones antes de 2027 y reducir a la mitad, de cara a 2030, el número de extranjeros con orden de expulsión que permanecen en el país.

Para ello, ha acortado los plazos de notificación de dos meses a aproximadamente uno, en un intento de agilizar los procedimientos. Además, planea crear un organismo específico para supervisar la política migratoria y ejecutar expulsiones con mayor eficacia.

El mensaje político es inequívoco. La primera ministra, Sanae Takaichi, ha defendido una línea "intransigente" frente a quienes incumplen las normas, enmarcando estas decisiones en una política de "cero inmigración ilegal".

Sin embargo, esta postura ha despertado críticas de organizaciones de derechos humanos, que advierten sobre el riesgo de vulnerar garantías básicas.

Paradójicamente, Japón no renuncia a la mano de obra extranjera. El país está reformando su sistema laboral para atraer trabajadores en sectores con escasez, como la construcción o los cuidados, mediante visados de duración limitada, cerca de tres años, ampliando.

Es una inmigración funcional, cuidadosamente dirigida y con movilidad restringida para evitar la concentración urbana.

Entonces, la nueva política de naturalización actúa como un filtro final: solo quienes demuestren un arraigo prolongado, estabilidad económica y cumplimiento de sus obligaciones podrán aspirar a la ciudadanía.

Así, Japón no cierra la puerta a la inmigración, pero redefine las condiciones de entrada y permanencia: firmeza en el control y exigencia máxima para aquellos que buscan quedarse de forma definitiva.