Tres mujeres de espaldas en el centro Reina Sofía, en el barrio del Príncipe.

Tres mujeres de espaldas en el centro Reina Sofía, en el barrio del Príncipe. EFE

Reportajes

Una noche en el refugio de mujeres migrantes del Príncipe: "Si dejamos solas a las niñas, acaban violadas"

EL ESPAÑOL estuvo en el CEIP Reina Sofía, donde varios vecinos han conformado un campamento exclusivo para mujeres y niñas en el que las protegen de los abusos sexuales.

Más información: Marroquíes contra argelinos y subsaharianos: la 'guerra del hambre' en Ceuta con peleas por comida, aseos y chabolas

Publicada
Actualizada

Dos hombres miran al interior del CEIP Reina Sofía en el barrio El Príncipe como si se tratara de un espectáculo. Ambos, que viven en Ceuta pero son de Marruecos, se pusieron un traje formal para lo que consideran una "oportunidad".

—Mira aquella —dice uno. Lo que apunta con sus ojos es a una niña que no supera la mayoría de edad mientras que ellos pasan de los 30.

Se ríen y continúan viendo entre las rejas. El sol ya se está poniendo y la brisa es fría. En el interior del recinto hay montado, de forma improvisada, un campamento en el que caben casi 500 jóvenes, mujeres y niñas.

Allí al interior son ajenas a lo que pasó, ya que ese espacio fue creado para evitar que sean violadas, según Ahmed, el líder del campamento. En un lateral de la cancha de fútbol hay unas graderías. Allí hay otro grupo de jóvenes que mira a las mujeres.

Ellos están viendo a un grupo de 10 niñas y adolescentes que juegan fútbol con una pelota desinflada. Se ríen con la inocencia de quien todavía no entiende lo que está pasando.

Solo tienen media cancha disponible dado que gran parte del espacio está cubierto por lonas que hacen de techo y colchonetas viejas y sucias sobre el suelo.

A escasos pasos de ellas, en la entrada del polideportivo, hay un vecino que hace de vigilante y corrobora quién puede entrar.

Entrada al campamento de mujeres y niñas.

Entrada al campamento de mujeres y niñas. Gustavo Molina Ceuta

Su barba es tupida y desprolija. Lleva puestas unas sandalias viejas y tiene las piernas mojadas.

Ahmed, el líder del campamento, pasa al lado del vigilante y le toca el hombro. Cuando entra al recinto, una madre con su hijo camina hacia él con el gesto fruncido.

—¿Pero cómo es posible que no pueda quedarme aquí esta noche con mi hijo? ¡Apenas tiene 14 años! —dice furiosa. Con su mano señala al joven, que está a su lado con cara de confusión.

Ahmed la mira a los ojos, resopla y se sienta en una de las graderías.

—Aquí hay niñas que tienen su edad. Si permito que él entre, debo dejar al resto también y eso ya no podría controlarlo —contesta con calma.

Sus ojos denotan cansancio. Los gestos de su rostro intentan transmitir de forma noble la negativa, aunque la mujer no lo entienda.

—¿Adónde iremos? ¿Nos dejarás en la calle? Mi hijo no puede estar con su padre —responde enérgicamente la mujer.

—Ya… pero no puedo hacer nada —finaliza Ahmed.

La mujer no se despide. Lo mira con decepción y desprecio, se da la vuelta y toma de la mano a su hijo para salir caminando con rapidez del lugar.

La intención de Ahmed no es negarle la estancia a nadie, pero su misión principal es proteger a las mujeres, jóvenes y niñas mientras resuelven su situación.

Todas ellas migraron durante la avalancha que invadió Ceuta el pasado 30 de julio con más de 80.000 personas.

Muchas lo hicieron porque no tenían alternativa: algunas fueron violadas, otras vivían en condiciones infrahumanas, eran golpeadas y violentadas.

—Aquí todas pueden irse cuando quieran. Ninguna es retenida, pero allí afuera hay muchos violadores o personas que intentan aprovecharse —asegura.

Oscuridad

Nadie entiende cómo 'Salma' (nombre ficticio para proteger su identidad) llegó al campamento en El Príncipe.

Tiene 12 años. Es pequeña, de contextura delgada. Su piel es morena y tiene unos rasgos delicados.

Mantiene la cabeza agachada. No suele moverse mucho. Le cuesta hablar y entenderse con otras personas.

Emigró durante la invasión. Nadó y perdió la noción del tiempo. Apenas supo que llegó a Ceuta, corrió por la ciudad y una vecina que se la encontró la llevó a Ahmed.

Su padre la violaba en Marruecos. Cuando intentó hablarlo con su madre, ella no le creyó y la castigaba con golpes.

En la arremetida en Ceuta ella vio una escapatoria de la cual espera no tener que regresar.

Mientras Ahmed se pasea por el campamento con pasos lentos y recuerda esa historia, cerca de 10 voluntarios (que son vecinos) trabajan en el interior de una carpa para darles de comer a todas.

Uno corta mortadela en rodajas, otro rebana el pan por la mitad, otro se encarga de ensamblar y otro de empaquetarlos en una caja.

El resto va organizando las cajas de zumo que le entregarán a las mujeres.

Ahmed quería proteger a 'Salma'. Sin embargo, hace un par de días le dijo que había encontrado a unos amigos de ella que también cruzaron la frontera.

La luna casi está en la mitad del cielo. La brisa cada vez es más fría y el ruido ha dejado de ser un problema. Ahora hay un silencio compartido con murmullos.

—Ella salió una noche con ese supuesto amigo y estaban sentados muy cerca de aquí —asegura.

Ambos se habían sentado en la colina aledaña al campamento. Ella confiaba en él.

Pero la alarma llegó cuando 'Salma' gritó. Todos los voluntarios corrieron a ver qué había sucedido.

—Resulta que el amigo, que era tres años mayor, quiso tocarla —agrega con los ojos vidriosos.

'Salma' no tenía a nadie que la protegiera. Intentó dejar atrás los abusos y aún así continuaba en un círculo en el cual nunca pidió estar.

Al día siguiente, Ahmed hizo las gestiones respectivas para que 'Salma' pudiera estar en un Centro de Menores y lo logró.

—Lo único que espero es que pueda salir adelante. Es muy duro todo lo que ha tenido que vivir —agrega.

Inmigrantes

Cuando terminan de cenar el bocadillo de salchichón, todas empiezan a dispersarse. Muchas no tienen familia, pero se acuestan cerca la una de la otra para evitar el frío.

Las ráfagas de viento levantan los toldos y cada vez que pasan, hay algún grito por temor a que estos salgan volando.

Otras mujeres van a una montaña de ropa que hay en un costado. Una de ellas se queda sobre una valla y se lleva las manos al rostro.

Su hija se acerca y la abraza por la espalda.

—No te preocupes. Lo recuperaremos —le dice.

La mujer no responde. A su lado todavía hay un grupo que juega con la pelota.

El balón casi golpea a una mujer de la tercera edad que caminaba en la búsqueda de Ahmed.

Al no encontrarlo, ella empezó a preguntarle a los voluntarios por su paradero. Está desesperada.

Donde las mujeres cuelgan la ropa mojada.

Donde las mujeres cuelgan la ropa mojada. Gustavo Molina

Cuando lo ve a lo lejos, le pregunta si sabe dónde se encuentra una niña de 7 años que ella rescató en el campo.

—No te preocupes. Se la han llevado a un Centro de Menores. No sé a cuál, pero lo logramos —asegura.

La mujer llora desconsoladamente. No se sabe si de tristeza o alegría.

—Le cogí cariño. La encontré tiritando de frío, asustada, sin saber dónde estaba su otra hermana de 17 años —comenta entre lágrimas.

Intentó rescatarla y por eso se la llevó a Ahmed. Cree que esa fue la decisión correcta.

Sin embargo, una mujer, detrás de la escena, empieza a gritar que ya va a ser la hora de dormir. El reloj marca casi las 2 de la mañana.

—¡Vamos a apagar todas las luces! —grita uno de los voluntarios.

Las mujeres que están afuera del recinto empiezan a entrar. Algunas temen porque conocen que una parte del barrio El Príncipe es reconocida por su violencia e inseguridad.

Por su parte, Ahmed comprende que ya es hora de irse alejando. Pero nuevamente es abordado por la mujer.

—Gracias —dice la mujer.

Él responde asintiendo. Al fondo se escuchan unas risas de algunas niñas, como un eco que se cuela en la oscuridad de una caverna.

—Desconozco el plan de estas mujeres, si es quedarse, devolverse, pedir asilo o ir a un centro de menores. Lo único que sé es que mientras esté aquí, las protegeré de ser violadas o violentadas —concluye Ahmed.

La reja es cerrada por uno de los voluntarios y ahora la oscuridad es total. Los sonidos poco a poco van quedando atrás y el silencio se convierte en un hielo que solo será roto por el primer rayo de sol.