En el centro de la imagen, el papa León IX, flanqueado por sendas imágenes del filósofo Ernesto Castro.
'De rodillas, tras el Papa': de la IA que usan los obispos a la novela de Rufián, el viaje visto por el converso Ernesto Castro
El filósofo sigue la visita de León XIV a España y firma para EL ESPAÑOL una extensa crónica en la que refleja sus impresiones sobre cómo el viaje ha impactado en la sociedad católica y atea y en la política.
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Nunca me había pasado tanto de rodillas. Y eso que soy de los católicos blandengues, ecuménicos y posconciliares, que a duras penas aguantan unos minutitos de rodillas en latín. No como los voluntarios veinteañeros que me rodean a lo largo y ancho de este genuflexo viaje. De rodillas, los miro de reojo, con sana envidia, ante el Santísimo durante horas y horas. De haber sido por este pecador, ni Dios me habría puesto de nuevo en pie.
Ellos se levantan tan panchos. Ni se desempolvan los pantalones, sucísimos a la altura de las rodilleras, donde intuyo alguna que otra gotita roja, y ya están pegando otra vez tumbos al son de "Simplemente baila, / y déjate de historias", de Hakuna Group Music. Estos espasmódicos saltos de fe, entre lo sagrado y lo profano, del Corpus Christi a Hakuna, Antonio Banderas o David Bustamante, han sido una constante de esta nueva tournée de Dios. Especialmente en su tramo madrileño. En Barcelona se salvaguardó la gravitas.
Primer l’amor, després la técnica, ¿no?
¿Y en Canarias? Ni idea, me era muy caro ir.
Por tele y/o memes todo puede hacerse pasar por ridículo o sublime según los humores y el out of context de cada uno. Solo de cuerpo presente se experimenta a fondo el bochorno colectivo que cruzó la Castellana como un rayo ante el clownesco cabaré que recibió al sucesor de Pedro. Una mala digestión de la Movida Madrileña, con pantalones palazzo sobredimensionados, eses rúnicas de purpurina sobre cada cara, letras hippie-pop-gospel ininteligibles, estética furro-queer y un notas con la camiseta blanca de Superman. No sé Dios, pero si Nietzsche no estuviese muerto, esa performance posmoderna lo habría rematado.
Ernesto Castro. Foto: Javier Arias.
En Cataluña, ante el Santo Padre, se erigió la cruz de la Sagrada Familia y un esforzado castell. Torres de tradición, herencia y carne; no de Babel. En Madrid, la confusión del monolingüismo neoliberal castizo solo nos permite pagar tres raciones de una y la misma tradición: el Rey León, la Familia Real y el Real Madrid —la Santísima Trinidad de esta capital y capillita y corte.
"Tú, el único rey / que tiene que reinar, / el único señor / al que voy a alabar", corea mientras Hakuna.
Mis deseos de devenir catalán fueron en aumento, desde el susto que me pegó la Guardia Real con sus inoportunas salvas de artillería encima del himno papal, antes de que Su Santidad les pasase apresurada y contrariada revista, pasando por la vergüenza ajena, por no decir otra cosa, que daban los hooligans cayetanos que jalearon la Vigilia en la Castellana —en el acertado juicio de mi padrino bautismal: "Esta gente tiene pelo y pinta de no haber bajado nunca al metro"— y llegando al éxtasis goyesco que estalló en el Bernabéu: DJ Pulpo, trucos de magia con iPad, sacerdotes roqueros, Banda Pop Salesianos, guiñoles ventrílocuos, humor blanco andaluz para matar el tiempo ("¿Cuento otro chiste o ya está aquí el Papa?"); dos pasos de procesión, a falta de uno, sincronizados con pases de modas regionales panhispánicas, testimonios peruanos y conversos malversados, bailarines/delanteros de Dios…
El papa León XIV, durante su visita, en el estadio Santiago Barnabéu.
Cuando el mensaje de la Iglesia se jibariza a cuatro jugadas de fútbol, con 80.000 gargantas gritando ¡GOOOOOOL! a los regates y asistencias de la caridad, a las definiciones y penales de la fe, uno se imagina perfectamente el Coliseo de los recochineos y persecuciones a los primeros cristianos. Así ladraban los locutores:
—¡Cómo se nota que está Dios capitaneando esta gesta!
—¡Misericordia en la salida, justicia en el medio, paz en cada una de sus decisiones! ¡Juegan en el mundo, pero se nota que no son de este mundo!
—¡Ay, mi madre! No voy a decir: ¡El Bicho! Voy a decir: ¡Vaya golazo que le han metido hoy a la mundanidad espiritual!
En Roma, en la URSS y en Japón hubo mártires que entregaron su vida por menos.
Pero si algo es León XIV, es infinitamente diplomático y conciliador. En Madrid contuvo la risa y cantó los goles, igual que en Barcelona leyó la mitad de sus speeches en un idioma mitad valenciano mitad portugués. Su dicción cuasi brasileña de cualquier lengua romance, ora sea el castellano, el catalán o el italiano, ora sea el mismísimo latín, no deja de tener y transmitir su Gracia. Después de mirarle a la cara durante toda una semana —24/7 literal: a diversas distancias y franjas horarias, en persona y por el móvil, bendiciendo bebés y repartiendo rosarios sin pausa—, ¿qué hemos aprendido del Padre Roberto, como lo llamaban en Trujillo y Chiclayo?
Que es un abuelito entrañable, sin duda.
Por lo demás, ese rostro mate y moreno, esa sonrisa perpetua y profunda, esos mofletes que rumian algo, esos ojillos que parpadean como grillos nerviosos y arrugados, esas lentes tintadas, de quita y pon, no nos permiten profundizar mucho más. Total, ¡qué más da! Si de internis neque Ecclesia iudicat, tampoco juzguemos nosotros. Pero es sabido que, si de algo juzga la prensa, es de lo de dentro. El caso es que León cae bien. En buena medida, supongo, por lo achaparrado que es, lo bamboleante que anda y lo tímido que sonríe y saluda. Pues no solo de six-seven vive el hombre.
León ha estado, sí, impecable. Kiev y Buenos Aires me lo confirmaron. Un soldado argentino-ucraniano. En tren a Montserrat, debatiendo con una anciana independentista catalana. Ambos cojean: ella, por los años; él, por la metralla. Debaten si la actual guerra de Ucrania cabe parangonarse a nuestra Guerra Civil. Sí y no, claro. Depende del patrón de medida. "Ambas son guerras, no por el territorio, sino por el tiempo. No por la geografía, sino por la historia", termina concediendo el soldado. Aprovecho para preguntarle por el patrón oro de los católicos. Le pregunto por la ambivalencia del papa Francisco frente a Rusia y por la estrangulación intelectual de cualquier teoría de la guerra justa a manos de León XIV. Y me responde:
—¡Che, el magisterio del Papa es infalible! Otra cosa son las opiniones del alcalde vitalicio del Vaticano… ¿Comprendés?
Claro que comprendo.
2
De rodillas, insisto, nunca me había pasado tanto.
De rodillas, sobre los mullidos asientos de una compañía ferroviaria italiana de accidentado recuerdo reciente. De rodillas, grabando las declaraciones del obispo que ha bendecido nuestra férrea travesía. De rodillas, en el tren bala de la Conferencia Episcopal Española.
De rodillas, sobre el duro e infernal asfalto de Cibeles. De rodillas, viendo pasar a León XIV con el Corpus a medio metro.
León XIV preside la procesión del Corpus Christi por Cibeles y la calle Alcalá.
De rodillas, en un balcón en obras de la Sagrada Familia. De rodillas, entre la multitud y en zona de prensa. De rodillas, confesándome y comulgando ante uno de los cientos y cientos de concelebrantes de Su Santidad.
De rodillas, ante uno de los miles y miles de policías desplegados. De rodillas, suplicando que me deje pasar a la zona de prensa, que consulte a sus superiores, ¡por Dios! Que mire, agente, mi acreditación. Que tengo que cubrir ur-gen-te-men-te el acto. Que yo le entiendo a usted, pero usted entiéndame a mí. Que aquí todos estamos trabajando. Que, aunque no lo parezca, yo también soy periodista. ¡Palabrita del Niño Jesús, agente!
No, definitivamente no lo soy. Pero si hay una institución que ha crecido a mis ojos durante la semana que he seguido a Su Santidad por España, no ha sido la Iglesia sino la Prensa. De rodillas, he visto a periodistas católicos redactar su obligada crónica contra Pedro Sánchez entre salmo y salmo responsorial. Los he visto editar titulares y colgar fotos justo a tiempo para comulgar. Los he visto encapsulados en pools policiales, a cientos de metros del escenario, con un ángulo de visión inferior a 30º. Los he visto recurrir a Chat GPT menos de lo que esperaba. Menos de lo frecuente y pandémico en la uni. ¡Chapó por ellos!
Tampoco era difícil mejorar la opinión de quien nunca compró prensa en papel ni está suscrito a ninguna cabecera digital ni tiene WhatsApp ni Telegram ni tele ni redes ni nada en casa. De quien apenas se entera de las noticias bomba porque, por suerte, su madre se las anuncia a gritos por teléfono:
—¡Niño, que viene una pandemia!
—¡Niño, que ya empezó la guerra!
—¡Niño, lo del cambio climático!
—¡Niño, lo del volcán!
Es fácil mejorar la opinión de quien cree, con Pr 26:11 y Thomas Jefferson, que el lector frecuente de periódicos relee sus columnas de confianza como el perro vuelve a su vómito: para recordar a qué sabía.
¿Y qué demonios se sabía del cura-anteriormente-conocido-como-Robert-Prevost? Que era un hombre reservado. Que carecía de carisma. Que no le gustaba hacerse el prota. Que preferiría permanecer en un segundo plano. La lectura de cualquiera de las bartlebyanas biografías que se han editado e impreso a todo correr sobre León XIV nos arroja a la cara la misma estupefaciente conclusión: este tipo llegó a Papa a su pesar.
Lo mismo que una asombrada Hannah Arendt escribió a propósito de Juan XXIII puede aplicarse a este nuevo insólito caso. Sobre la silla de Simón se sienta, al parecer, un cristiano. Lo increíble —lo que no cabe sino creer— es que haya sido así durante 2.000 años.
Mis amigos tradis y liberales solo se ponen de acuerdo en una cosa. Además de que Dios no existe, pero es bueno creer en algo —quiero decir. En que es una locura, un escándalo la santificación exprés, casi por definición, de tantísimos Papas recientes. En eso se ponen de acuerdo mis amigos tradis y liberales, ateos católicos en su mayoría —la nieve frita, el decaedro regular, la contradictio in adiecto con la que sí comulgaba Gustavo Bueno (QEPD en M3).
Un servidor —y pecador, desde su insantidad manifiesta— también sospecha que nuestra judía favorita, Santa Edith Stein, debe de sentirse un poquito incómoda en el Paraíso. No tan gozoso como lo pintan será su Más Allá si la sientan junto a tantos antisemitas como allí, en teoría, hay. El peor de los cuales no será, ni mucho menos, Pío XII, cuyo timorato y ambivalente pontificado coincidió con la Segunda Guerra Mundial. Con eso ya está dicho todo. Por ahora es solo Venerable, pero va camino de SS (Su Santidad, quiero decir).
Miembros del 22.º Regimiento Real canadiense en audiencia con el papa Pío XII, tras la liberación de Roma en 1944. Wikimedia Commons
Más razón que un santo, la de mis amigos. Desde el derrumbe de los Estados Pontificios, la inflación canonizante no puede sino dejarnos boquiabiertos. En el último siglo y medio hemos asistido a más sucesores de Pedro santificables que en 1.000 años anteriores. Mil años literales y contables.
Para hallar algo parangonable al reciente rosario de santos, beatos y venerables hay que remontarse, como poco, al siglo VII. Un siglo en el que los soberanos aún curaban a sus súbditos mediante el milagro de imponer sus sucias manos sobre alguna herida abierta. Solo en aquel siglo, a lo largo del 600, se dieron nueve Papas santos. Solo en aquellos siglos iniciáticos se llegaba a Papa y santo por defecto de fábrica. En el III, verbi gratia, hubo 14. Hay que culpar a nuestras burbujeantes, desorbitadas y optimistas esperanzas de vida que el Espíritu Santo no nos inspire y expire tan a lo menudo.
No cabe comparación, pues. Pero el último siglo y medio tampoco ha sido manco en beatitud pontificia. Al contrario. Desde que el vicario de Cristo es un inquilino, entre otros, del Estado más pequeño, impotente y decorativo de la Tierra, hemos tenido entre nosotros a Beato Pío IX, a San Pío X, al Venerable Pío XII, a San Juan XXIII, a San Pablo VI, al Beato Juan Pablo I, a San Juan Pablo II…
Cualquiera juraría que, desde el Pecado Original, no se ha dado mayor feliz expulsión, mayor gozosa caída, mayor alegre derrota que la pérdida del poder terrenal por el Vaticano. Ser juez y parte, es fama que no conviene.
Como si los obispos de Roma previos hubiesen sido solo unos reyezuelos iletrados, sin PhD en teología ni filosofía ni ciencias cognitivas ni nada de nada, las antologías más autorizadas de documentos pontificios resumen el magisterio de dos milenios a pocas frases sacadas de contexto. Apenas se recogen textos íntegros hasta Aeterni Patris. Pero tiene todo el sentido del mundo empezar in medias res, con esa crucial y decisiva bula de 1868, que no en balde convoca el concilio del que emana el dogma de la infalibilidad papal.
Dicho y hecho, claro.
Tendría que saber más de derecho canónico para jurar con fundamento si las leyes de esta Roma celestial se aplican o no retroactivamente. Prospectivamente, sin duda. A modo de profecía autocumplida, los pontífices posteriores al primer Concilio Vaticano solo sueltan barras, puros factos, verdades como templos… O eso da a entender la estricta criba de la Biblioteca de Autores Cristianos. De las más de 80 encíclicas que mandó imprimir León XIII, por ejemplo, solo se antologan 8.
Como lector reciente, apasionado y apresurado de dichas antologías, me sorprende que, para el común de los teólogos, hasta las publicaciones pontificias más populares se compriman a cuatro frases que poca o ninguna justicia hacen a su contenido. De Populorum progressio, pongamos por caso, llama la atención que la cita más celebrada sea un lugar común de la bendición final, literalmente en el último párrafo, in extremis.
"Porque si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz…", escribe de pasada, a vuelapluma Pablo VI, y sus seguidores se lo entrecomillan sin partícula causal ni condicional. En mi mismo desconcierto debe de hallarse quien de veras se haya leído el Discurso del método, desengañado y estupefacto de que para los profes de filo al uso todo consista y se resuma en cogito ergo sum.
'Magnifica Humanitas', la primera encíclica del papa León XIV.
Magnifica humanitas —la encíclica primeriza con la que León XIV ha viajado a España, cual panadero repartiendo baguettes de salvación recién horneada a domicilio— es una obra maestra en ese delicado arte de la compresión pontificia. Sus dos primeros capítulos (§§ 1-89) los leí llorando de alegría y de rodillas.
Otra cosa —supuestamente divertida y cristiana— que hice de rodillas —¡y lo volvería a hacer!—: emocionarme con aquellos apuntes prestados, religiosamente dictados por el Espíritu a León XIV, sobre clases de doctrina social a las que falté. A las que todos faltamos, si repasamos la lección de Lc 6: "Al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da; y al que tome lo tuyo, no se lo reclames".
En esta época de pruebas de acceso a la universidad —en Barcelona, mientras miles de fieles rezaban el rosario con Su Santidad, unos bachilleres se examinaban por Filosofía en comentario crítico al Gott ist tot de Nietzsche—, pocos se habrán entusiasmado tanto como este pecador con ese resumen, ese Reader’s Digest, esa nota de prensa, ese crash course que es la primera parte de Magnifica humanitas.
Para la segunda, tocaba tomar lápiz y papel, enjugarse las lágrimas y ponerse de pie. Su Santidad nos iba a hablar de la IA. Muchos esperábamos sutilísimas distinciones conceptuales entre racional y raciomorfo. Entre inteligencia, alma, cuerpo y espíritu. Entre digital y virtual, entre potencial y actual. Esperábamos un vade retro a las redes sociales. Esperábamos el concepto de Espíritu Diabólico aplicado a internet. Esperábamos una condena sin medias tintas al culto neopagano, productivista y meritocrático a la inteligencia (natural o artificial). Esperábamos la fundición de ese nuevo Becerro de Oro. Esperábamos una profundización en el concepto cristiano de persona, abundando o corrigiendo los ramalazos ecologistas/animalistas del papa Francisco. Esperábamos dificilísimos discernimientos sobre la personalidad o los personajes del algoritmo. Esperábamos palabras en griego. Esperábamos ousía e hipóstasis, ¡qué menos! Esperábamos una encíclica de Benedicto XVI.
Esperábamos… y seguimos esperando.
¿Qué era lo último que se perdía? Pues eso.
Por lo pronto, por ahora, para salir del paso, León XIV nos regala una bella imagen bíblica sobre la aplicación de las nuevas tecnologías. Sobre sus usos, no sobre su naturaleza (ousía) o su carácter (hipóstasis). ¿Ven cómo el griego era útil? El Santo Padre nos llama a usar la techne (ya que estamos) para reconstruir las murallas de Jerusalén por consenso, desde abajo, con fines protectores y medios subsidiarios, como hizo Nehemías en su libro, en vez de erigir el falo de una nueva torre de Babel digital que, bajo el pretexto de asaltar los cielos de la fama y el ocio absolutos, a la larga solo suscitará destrucción ecosocial y confusión de lenguas.
Hace ya mucho que lo suscita.
Hermosa metáfora, pero de aplicación dudosa. Antes incluso del viaje papal, ya en las ruedas de prensa previas, hubo oportunidad de verla puesta a prueba. En la sede madrileña de la Conferencia Episcopal se proyectaron vídeos hechos con IA sobre la vida, obra y milagros de personajes asociados a las tres paradas del viaje: 1) Santa Soledad, Santa Mª de la Cabeza y San Isidro de Madrid; 2) Santa Eulalia y Antoni Gaudí (por ahora, solo Venerable) en Barcelona; y 3) el Hermano Pedro de Betancourt y otro que no apunté para Canarias.
Este pecador solo vio el de Hermano Pedro y le pareció suficiente.
Mientras pasaban ante mis ojos esas escenas tan logradas como estereotípicas sobre el siglo XVII novohispano, con los mismos guiones compuestos por ristras de frases hechas (aunque nunca me queda claro qué es oración y qué tópico para la Iglesia; Pedro de Betancourt descubrió que "no debía subir al altar como padre, sino bajar a las calles como hermano", ¿es un cliché o una genialidad?), con la misma voz en off grave y la misma banda sonora epiquérrima a la que nos acostumbraron las docuhistorias de televisión, décadas antes de la IA, no puedo evitar preguntarme: ¿esto qué es: construir Babel o reconstruir Jerusalén?
Pero ¿cuál es la diferencia? ¿Y cuál la alternativa?
Desde mi ignorancia y cutrerío absolutos de youtuber académico ineditado, se me ocurren 1.000 maneras más recatadas, pobres, ecológicas, creadoras de empleo y hasta ascéticas y humanas de retratar audiovisualmente a un santo. Pero ¿qué sabré yo?
3
Martes 2 de junio. 11:00 a. m. Sede madrileña de la CEE (Conferencia Episcopal Española, quiero decir). Última rueda de prensa previa de parte del Comité de Coordinación del Viaje Apostólico. Una veintena de periodistas nos apiñamos en una salita de colores pacificantes. A juzgar por lo formales que van todos, me percato del error en que he incurrido al ponerme deprisa y corriendo unos pantalones cortos y una camiseta negra con el lema: "A tu teoría le falta calle", en letras góticas.
Es una autocrítica preventiva, un mensaje para mí mismo. Para recordarme que aquí no vengo en calidad ni de profesor ni de filósofo, sino como humilde reportero de a pie. Pero la camiseta causa furor entre las trabajadoras del Comité, que me piden tomarla en foto. Mientras poso para sus selfis, me pregunto si estas señoras de orden y tradición conocerán los orígenes ácratas y feministas de esa consigna, o si se lo reapropian tan alegremente desde sus propias coordenadas. Que aún ignoro cuáles son.
Pronto descubriré que dichas coordenadas son —uno de los grandes descubrimientos de este viaje— el feminismo y la acracia más coherentes que he conocido nunca. El feminismo radical y matricial y la acracia por la fe, vaya. Si hay alguien en este mundo que antepone la caridad a la ley, si hay alguien que pone en práctica la igualdad de raíz y matriz humana, son estas simpatiquísimas señoras del Comité.
A ellas me hubiera gustado preguntarles por las protestantes protestas a favor de que haya sacerdotes de sexo femenino en la Iglesia católica también. Pero han estado tan ocupadas salvándome el culo, cerciorándose de que la policía no me detuviese y esposase por ser más papista que el Papa, asegurándose de que me dejaban acceder a los actos, a los pools de prensa, a las zonas de fotos, a los buses encapsulados… En general, han estado tan ocupadas haciendo de jefas —buenas jefas, jefas caritativas y empáticas— que no he podido plantearles mis protestonas preguntitas. Si es que se respondían solas… No diré nombres, para no meterlas en líos (¡de beatificación, debería!). Pero debo decir la gracia. Debo decir mis gracias, aunque calle quién es, quiénes son las agraciadas. Ellas bien lo saben.
Gracias a ellas, muchos hemos estado más cerca de Su Santidad de lo que nunca hubiésemos soñado. Han atendido a nuestras súplicas, nos han cogido el teléfono hasta bajo fuego literal de artillería (en Palacio Real) o de artificio (en Sagrada Familia). Han confiado en nosotros, los (pseudo)periodistas de buena fe, frente a sus compañeras incrédulas, que al no creer en el Papa les daba igual si tú también te lo perdías. ¡Allá tú, chico!
Esta ha sido la tónica general del viaje: cuanto menos creía en Cristo la autoridad que tenías delante, más se emparanoiaba con la seguridad de sus portaestandartes en la Tierra. He asistido a situaciones beckettianas, puro Esperando a Godot, con policías que insistían en impedirnos el paso por calles vacías, alejadísimas del recorrido pontificio, a la espera de que un oficial lo autorizase.
Y una vez autorizado, a la espera de que se convocase a los escoltas.
Y una vez convocados, a la espera de que se acercasen.
Y una vez cerca, a la espera de que se les explicase su tarea.
Y una vez explicada…
No sé en qué momento de rapto romano me olvidé del clásico Fuck tha Police! y ACAB.
No sé en qué momento me sumé a los vítores que la masa le brindaba a la policía.
Bueno, sí sé. Después de la Santa Misa del Corpus, andábamos un millón y medio de fieles por las calles aledañas a Cibeles, apestando a tigre resucitado, arrollando sin querer los parterres (¡qué bonitas, pero qué frágiles, las flores blancas y amarillas!), meándonos y cagándonos vivos, pero con el Espíritu aferrando y bloqueando nuestros esfínteres. Andábamos con un subidón católico tal que habríamos ovacionado hasta a una silla.
Y así les hacíamos la ola, "por los servicios prestados", a la policía que nos había hacinado en apretados rediles, a kilómetros de cualquier Pedro, con pantallas visibles en ángulo cerrado, casi peores a las de la prensa. Hay cuadros del Renacimiento con menos escorzo que la retransmisión en directo padecida por muchos.
El Papa, saludando a su llegada a la plaza de Cibel, en Madrid.
A la manera de los aplausos sanitarios durante la covid, el pueblo pretendía aplaudir a los agentes del Estado —médicos entonces, policiales ahora— cuando el único "plausible", el único aplaudible y aplaudido es el propio pueblo, que todo lo olvida y perdona, y ama y odia a sus pastores como niños.
Pues no todo va a ser "¡Papa León / te queremos un montón!" y "¡Se nota, se siente, / el Papa está presente!" y "¡L’any de Gaudí, / el Papa és aquí!" y, por supuesto, "¡Esta es / la juventud del Papa!". Todo ello coreado entre lagrimones pre- o posirónicos. No, la única ironía objetiva y real es la de nuestra fe, que nos empuja a seguir al Papa durante una semana, acostándonos y levantándonos de madrugada, durmiendo poquísimas horas al día, solo para luego quedarnos sobados a mitad de rosario, como otro apóstol a los pies de su olivo.
Debo confesar que en Montserrat, epicentro de la conversión de este pecador, se me hicieron cuesta arriba (¿como Dios manda?) las letanías de la Virgen, con sus más de 50 epítetos en latín, incluidos mater inviolata, mater intemerata, virgo praedicanda, speculum iustitiae, sedes sapientiae, causa nostrae laetitiae, vas insigne devotionis, turris eburnea, foederis arca, ianua caeli, salus infirmorum, refugium peccatorum, solacium migrantium, consolatrix afflictorum, regina sanctorum omnium…
¿Zzzz?
4
Claro que ya había gente harta de esta teofanía antes de que empezase siquiera. A dos días de que papavión tomase tierra, una veintena de organizaciones anticlericales llamaron a tomar las calles y las plazas. Una calle y una plaza, en concreto, de Madrid. Por allí se dejó caer este pecador, esperando refrescar sus recuerdos de posadolescencia quincemera y anti-JMJ. De aquella, en 2011, varios miles de indignados nos manifestamos contra la Jornada Mundial de la Juventud, que convocó a dos millones de chavales en Madrid, quitándole el protagonismo y la plaza a nuestras puntillosas asambleas horizontales y sordomudas.
Nuestras marchas empezaron gritando absurdas acusaciones fiscales a peregrinos que no entendían la lengua local —y aunque la entendiesen, era absurdo lo de "¡Esa mochila / la he pagado yo!", en referencia al regalo simbólico que recibieron de las administraciones públicas— y terminaron en el bucle habitual de hacernos detener en manifestaciones por la liberación de "las detenidas" en manifestaciones previas. Ya hablábamos entonces en femenino, como se lee. Lo que en el fondo exigíamos —lo que nos encantaba y la policía no se cortaba en dárnoslo— era jugar al pillapilla por las calles.
Si hace década y media el equilibrio de fuerzas era de 100 papistas por cada anticlerical, uno soñaba y suplicaba al cielo que el laicismo siguiese dando fruto, mucho más fruto aún, no solo por el "¡Multiplicad las herejías!" de los Padres de la Iglesia, sino ante todo por rememorar y ver cómo se reencarna la propia errada juventud, que siempre es grato.
Pero ¡ay, ateos de antaño!, ¿dónde están nuestras okupas de hogaño?
Pero ¿cuánto hemos envejecido en 15 años?
Una treintena de ancianos —y de ancianas: ellos calvos y con panzas bajo camisetas de fútbol republicanas, ellas con canas teñidas de verde, rojo o morado— cruzaban los dedos a la espera de que el micro se desacoplase del altavoz. Pese a su agudo pitido de fondo, apenas se hacían notar en la enorme plaza frente al Museo Reina Sofía, a cuyas puertas se seguía haciendo cola y en cuyas terrazas se tardeaba como si no hubiese mañana. A la cuenta de la vieja, cada organización había convocado a 1 y 3/4 manifestantes, como en las mejores estadísticas de natalidad occidentales.
«Esta no es / la juventud del Papa», coreábamos erísticamente en 2011. En 2026, huelga corearlo. El único público por debajo de los 40 años del que disfrutaron brevemente los anticlericales fueron dos taquilleras del Museo, sin nada mejor que hacer en su pausa para fumar. Preguntadas por su posición religiosa, Laura y Amalia entornan los ojos en señal de hastío. "Agnóstico es que no crees, ¿no?". Me dispongo a introducirlas en la corriente del apateísmo. Con tal de que las deje tranquilas, se declaran apateístas al instante.
—¿Y qué os parece la edad promedio de la concentración laica? —pregunto.
—¡Qué ricos son estos jubilados! —dice Laura—. Pero ¡qué ricura, por Dios!
—Al final, son los únicos que luchan por lo que creen —añade Amalia.
—Si pudierais, si no estuvierais trabajando, ¿os manifestaríais contra el Papa?
—No.
—¿Y cuando os jubiléis? ¿Y cuando seáis mayores? ¿En 2060?
Se ríen y me río.
Les pregunto por el único competidor en convocatoria al Papa.
—Es que a mí no me gusta Bad Bunny —dice Laura.
A Amalia tampoco.
Les pregunto por la afluencia de público papista y reguetonero al Reina.
—Aquí solo notamos cuando vino Taylor Swift.
—¿Os gusta Taylor Swift? ¿Sois swifties?
—No.
Tengo la sensación de entrevistar a dos vasitos nihilistas de horchata. Mi primera entrevista de cara a esta tournée de Dios se salda con la mayor transvaloración de todos los valores que he conocido nunca.
5
Más suerte hubo al lunes siguiente, tras la prédica de León XIV en el desierto abarrotado de las Cortes. Un servidor (y pecador) se confiesa apolítico. Confieso no haber estado jamás en las Cortes antes. ¿Y qué tal? La primera impresión que provoca este complejo de monumentos interconectados por tierra y aire, a través de puentes y pasadizos con óleos de reyes godos y retratos graciosos de la Transición, es que parece lo que es: un confuso corral de comedias.
Los edificios viejos pecan de la cutrez y la ostentación características a nuestro siglo XIX. Allí, al contrario que en Las meninas de Velázquez, todo es pintado y nada es verdad. En los edificios nuevos, en cambio, hay gasto porque sí. Porque se puede (o se pudo), y a saber si se podrá seguir gasta que te gasta. Mármol bueno, alfombras buenas, cristalería y metales buenos… Los mejores materiales, dispuestos de la manera más estrambótica posible. De no ser por los continuos ujieres, uno se perdería fácilmente en este museo al kitsch posfranquista.
Me hacen gracia las fotos que adornan el pasillo adyacente a la Sala de Prensa. Me gusta sobre todo una. Totalmente negra, 100 % a ciegas, salvo por la silueta blanca, luminosa y despeluchada de un Pablo Iglesias con coleta. De cuando Pablo Iglesias molaba. Se titula Motor inmóvil. Mi corazón aristotélico de izquierdas se conmueve y me exige tomarle una foto a la foto.
Pero en cada esquina del Congreso hay un funcionario disfrazado de arlequín pequeñoburgués, cuyo único trabajo consiste en repetir sin pausa esta letanía: "¡Circulen! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Aquí no se pueden quedar! ¡Está prohibido tomar fotos! ¡Circulen!". Así que me veo pastoreado hacia la tribuna de invitados, rodeado de catedráticos de Ética, Economía y Derecho que entonan el lamento ya consuetudinario sobre el abuso de la IA en la universidad. Soy el único profe que no va enchaquetado y acorbatado. Pero es que afuera hace 30 grados a la sombra…
Al menos frené a tiempo la tentación de enfundarme mi camiseta rojigualda con la consigna demagógica de "Emosido engañado". ¿Engañados por quién? Mundus vult decipi, ergo decipiatur, ¿o qué? "El mundo quiere ser engañado, engañémosle pues". Muchos resumirán así el mensaje multisecular de la religión. Allá ellos. Aquí no hay trampa ni cartón, señores. Aquí todo dios avanza larvatus: enmascarado, como René Descartes. Pero es que nuestra máscara coincide con nuestra cara.
A lo largo de la tournée procuro enmascararme y mimetizarme con la vestimenta vagamente ibicenca de la feligresía papal. Camisas abiertas y holgadas. Tonos pastel, neutros y lavados. Ropa tanto valdría para irte de misiones al Congo como para pasarte el finde de tardeando de terraza en terraza… ¡hasta la terraza final! Y pantalones largos, por supuesto. Bien sé cuánto ofenden las rodillas a la vista hasta para el segurata de la discoteca más cochambrosa. Esta ocultación sistemática de las piernas me lleva a sospechar que el secreto sobrehumano de los voluntarios genuflexos que me rodean es que llevan rodilleras a propósito. No puedo confirmarlo ni desmentirlo.
El Papa, durante su discurso en el Congreso de los Diputados, en Madrid.
Para pillar sitio en la tribuna, tuve que saltar sobre una fila de respaldos. Un poco más y me caigo sobre la cuña escalonada donde se agolpan los fotógrafos. ¡Por nada! Ahora entiendo por qué los políticos siempre salen de perfil, cual frescos egipcios. Mientras esperamos a León XIV, vemos por pantallas estrechas y verticales cómo políticas catalanas le saludan en un inglés más intuitivo e iniciático que el valenciano-portugués aún no desplegado por el Santo Padre.
Los ataques lingüísticos preventivos no se habían hecho esperar. Supongo que todos los nacionalistas que criticaron de antemano al Vaticano por no darle formación catalanista a su Santidad habrán editado o borrado ya sus precoces tuiteos. El Papa no solo habló en catalán, sino que fue limando prudentemente las referencias a España en sus últimos discursos barceloneses. En la homilía de la Sagrada Familia, donde inicialmente iba a decir: "pueblo de Dios que peregrina en España", dijo al fin: poble de Déu que pelegrina per aquesta terra de Catalunya. Al oír el cambio, dos periodistas antiindependentistas se cachondeaban a mi lado:
—Dos días más en Cataluña y cambia la mitra por la barretina.
—Dos días más y tenemos otro cisma de Occidente.
—¡Girona será el nuevo Aviñón!
—¡Montserrat, el nuevo Wittenberg!
Tampoco exageremos ni adelantemos hechos.
Por ahora estamos en el Congreso. Yo, intentando estudiar los patrones de difusión de risitas y abucheos, codazos y cuchicheos entre congresistas y senadores, que por un día no se sientan en sus amplios sillones, sino codo con codo, en sillitas como de instituto aterciopelado. Hoy no han venido a darla, sino a recibir la lección. Se les ve incómodos. Este pecador desiste pronto de su estudio de patrones. Decididamente, estos soberanos son impredecibles.
Interesado por las pinturas históricas del Hemiciclo, le pregunto a mi vecina de asiento, una periodista que lleva 12 años asistiendo semanalmente al Congreso, qué acontecimientos representan. "Ni idea", me responde, "nunca me había fijado". Menos mal que viene el Papa para arrojar luz sobre estos arcana imperii. En su discurso se comentan los cuadros del frontis: la recepción de Evangelio y del Decálogo. Del Amor y la Ley, vaya. "Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana", leyó León.
Un párrafo antes, el Papa nos proponía "alzar la mirada" al lucernario. De no haber llamado él la atención, seguro que muchos veteranos del poder legislativo tampoco tendrían ni idea, tampoco se habrían fijado nunca en la única, tenue y humilde iluminación natural que desde arriba les llega, habituados como están al artificio de los flashes y los focos a la altura del ombligo o la entrepierna. "Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera", dijo León y los portavoces del pueblo le aplaudieron durante once minutos de reloj. Habrían sido más, si Su Santidad no se hubiese retirado, medio avergonzado por tantísima ovación mundana.
Teniendo en cuenta que un tercio de las Cortes está a favor de la eutanasia o el quirófano (plata o plomo para todes), otro tercio a favor de privar de techo, sanidad y educación a la clase media, que son los nuevos pobres de espíritu, los nuevos vagos y maleantes, los nuevos panzas y fracasados; y el último tercio está a favor de levantar aún más fronteras e ilegalizar y purgar barrios enteros; teniendo en cuenta que el único partido que se opone a toda guerra, genocida o no, por principio y falta de responsabilidad gubernamental, es el único partido que se ausentó ante Su Santidad (Ubi est Podemus? Quo vadis, Paule de Ecclesiis?, se debería de haber preguntado el sucesor de Pedro), no me extraña que León XIV no quisiera perder más tiempo con estos hipócritas profesionales. A la puerta le esperaban más bebés que bendecir, más pijos a los que flipar y más pobres, discapacitados y migrantes a los que dar fuerzas.
Yo también me hubiese marchado, pero tenía una exclusiva que corroborar. Por informaciones confidenciales obtenidas en situaciones embarazosas, sabía que cierto diputado autodeterminista y republicano estaba escribiendo una novela de capa y espada sobre el encuentro entre Atila y León I. Preguntado por su valoración general de la historia del Papado, Gabriel Rufián (ERC) me dice que le parece "una institución reaccionaria, y en ocasiones hasta sanguinaria". Como firmante de un libro titulado El 15M facha, le pregunto por la doctrina social de la Iglesia, que dio su pistoletazo de salida otro 15 de mayo (de 1891, con la encíclica y el Papa al que León XIV rinde culto ya desde su nombre rebautismal):
—¿Puede haber una espiritualidad de izquierdas? —le pregunto.
—Claro que sí. En mi ciudad, Santa Coloma, cuando yo era pequeño, a lo largo de los años 80, fue alcalde un cura rojo, muy afín a la teología de la liberación: Lluís Hernández, alias padre Lucho en sus legendarias misiones ecuatorianas.
—¿Ese fue el que, una vez jubilado de la política, se embarcó en el Apostolado del Mar?
—El mismo. Dando misas y extremaunciones, oficiando bodas y bautizos a bordo de cruceros por el Mediterráneo.
—¿Y qué le interesó a usted —me pongo formal— del encuentro entre Atila y León I?
—Que cambió la historia. Los hunos estaban a punto de conquistar y destruir Roma. No sabemos si el Papa los persuadió retóricamente o los sobornó económicamente…
—¡Quizá fue Dios! ¿Su divina providencia, tal vez?
Rufián pone cara de escéptico.
—¿Y cree usted que hoy podría darse un milagro parecido? ¿Puede Su Santidad volver a cambiar la historia?
—Lo dudo. Puedes sobornar a Atila, pero ¿cómo vas a sobornar a Elon Musk?
—Ya —digo. Y me despido de Rufián.
De camino a la salida, se oyen abrazos de oso, con buenas dosis de palmetazos, entre políticos que, camino de la marisquería, repiten: "¡Por fin un discurso con altura de miras!". Altura de miras, altura de miras, altura de miras… repiten como un eco las paredes del Congreso.