El hospital en el que ha estado ingresada la madre de Rubiales.

El hospital en el que ha estado ingresada la madre de Rubiales.

Reportajes

Rubiales visita a su madre en el hospital donde fue ingresada y sale con ella tras su huelga de hambre

"Nos dijeron que la cosa podía acabar mal", advirtió una amiga de la familia. El ex presidente de la RFEF acudió de noche al centro médico sin ser visto.

31 agosto, 2023 03:18
Motril (Granada)

Los periodistas se habían apostado en cada una de las esquinas del Hospital Santa Ana de Motril sin dejar un ángulo muerto, como un grupo de agentes especiales durante un desfile real. Ángeles Béjar, la madre de Luis Rubiales, había sido trasladada allí horas antes, agotada en su tercer día de huelga de hambre. Se esperaba que el ex presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) pasara por allí. Y lo hizo, pero de incógnito, con nocturnidad y muchos menos focos que los de hace unos días. Ninguno, en realidad, porque ni uno solo de los reporteros al acecho consiguieron la imagen. Rubiales salió del hospital con su madre, a quien se llevó a casa tras pasar unas horas en observación.

La mujer fue, en su último día de encierro, un fantasma. La jornada anterior la situación, ya de por sí grotesca, se había convertido en un ópera bufa, con decenas de periodistas preguntando a la mujer desde el umbral de una puerta mientras profanaban una misa. La iglesia de la Divina Pastora, en la que se encontraba la mujer desde la mañana del lunes, sólo se abría para ritos religiosos. Y ese fue el único momento de poder charlar con la madre doliente

El párroco, a quien no le gustó la escena, este miércoles prometió a los periodistas que la señora saldría a recibirlos. Los convocó a todos a media tarde y cuando ya pasaban unos minutos de la hora prevista, anunció que Ángeles Béjar ya no estaba allí, que había sido trasladada al hospital de Motril. La huelga de hambre de la penitente terminó después de tres días con la misma panda de reporteros desubicados, intentando encontrar una imagen con la que suplir la encerrona a la que habían sido sometidos. 

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Fueron más de 50 horas en las que Ángeles Béjar, de 76 años, se tiró sin probar bocado. Sólo a base de Acquarius y un “poquito de agua” que le iban trayendo voluntarios o amigos de la familia. “Nos habían advertido de que esto podía terminar mal”, señaló una allegada a la mujer a las puertas del templo, ya desalojado. Según sus sobrinas, la madre del ex presidente de la Real Federación Española de Fútbol padece del riñón y desde que se había encerrado en la iglesia no se estaba tomando su medicación. 

“Mi tía es muy devota y el lunes, viendo todo lo que estaba pasando se acercó a la iglesia a rezar. Ella siempre dice que tiene sus promesas y sus formas de pedirle a Dios y la Virgen. Pero, sin decirle nada a nadie, se presentó ante el párroco y dijo que no salía. Lo que nos faltaba…”, asegura a EL ESPAÑOL Vanesa Ruiz Béjar, prima de Rubiales. El acto, convertido en una especie de sacrificio, espoleó a la familia materna del ex futbolista, todos motrileños y muy unidos entre sí, a manifestarse por Rubiales y ya de paso por su madre. Para todos ellos se está cometiendo una “injusticia” y “un linchamiento mediático desproporcionado”. 

Periodistas hablando con la madre de Rubiales al otro lado de una puerta

Periodistas hablando con la madre de Rubiales al otro lado de una puerta Europa Press

Mientras tanto, los reporteros íbamos y veníamos buscando más madera. Una imagen de la madre en ambulancia, únicamente de la ambulancia al menos; de Luis Rubiales yendo a visitar a su madre, de Rubiales camuflado, de una gorra y el perfil de su cara, de un coche con las lunas tintadas, sus zapatos, su sombra. Algo, lo que sea. Pero no hubo suerte, por más que los periodistas peinamos el perímetro del hospital. “Si viene Rubiales tiene mil formas de entrar al hospital sin que lo veáis, dejad ya este circo”, advertía a las puertas un trabajador del centro médico. Otras fuentes confirmaron más tarde que había estado allí, esquivando también a los periodistas, y que se había llevado a su madre.

Otra empleada que salía del hospital aseguraba que la mujer “estaba en Urgencias bien atendida”. “Una vez que se vuelva a hidratar y que se estabilice no debería tener problemas”, añadía. Tras el ayuno y la falta de medicación, Béjar debía pasar unas horas en observación, además de “las pruebas que le tienen que hacer para controlar que está todo bien”, insistían sus familiares. 

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Briefing parroquial

Fue el señor Antonio, el párroco de la iglesia, el encargado de ofrecer el parte médico. “Cuando he hablado con ella estaba muy cansada y según han ido pasando las horas ha tenido una crisis de agotamiento y ansiedad”, anunciaba a los pies de la escalinata de la Divina Pastora. Los plumillas agolpados insistían en los detalles, pero en lo único que se pronunció el sacerdote fue en que la mujer “había salido por su propio pie” y en que “la familia estaba totalmente al corriente de lo sucedido”. 

Antonio, el párroco, comparece ante la prensa

Antonio, el párroco, comparece ante la prensa Europa Press

Yo estoy hablando con mi primo cada cinco segundos”, reconocía Vanesa Ruiz a última hora de la tarde. A esa hora, ya con la mujer en el hospital, de nuevo un grupo de familiares y amigos se habían citado a las puertas de la iglesia para prestar su apoyo a los Rubiales Béjar. “Yo lo he visto crecer desde chiquitito, desde que rompía las zapatillas jugando al fútbol. De verdad que no hay derecho”, comentaba una señora. Sus primas, como en un funeral, ejercían de anfitrionas, recibiendo besos de todo el mundo. 

Si la concentración del lunes sirvió para arroparse ante el espectáculo formado tras la huelga de hambre de la madre, la de este miércoles fue casi un homenaje a su entrega. “Rubiales, te creemos”, gritaban unas 30 o 40 personas, jaleadas por un streamer de extrema derecha, que no quería perderse la ocasión. Ángeles Béjar había dicho un día antes que estaba dispuesta a llegar hasta el final y que no le importaba morir por la justicia. Los periodistas de los tabloides británicos, que tampoco se lo pensaban perder, se relamían. En la ópera bufa la cosa nunca era para tanto. Unos tintes de tragedia y luego cada uno a su casa.