Diana Quer, Diana López-Pinel y Juan Carlos Quer.

Diana Quer, Diana López-Pinel y Juan Carlos Quer.

La hoguera de las vanidades

La hoguera de las vanidades

Los Quer: la doble tragedia de una familia

¿Qué haría usted para mantener vivo el interés de los medios si su hija de 18 años desapareciera? Para que su imagen abriera los informativos y se viralizara en las redes sociales. Para multiplicar las probabilidades de encontrar un testigo. Para que recibiera su mensaje si hubiera decidido fugarse de casa. Para que la policía sintiera a través de toda la cadena de mando la presión de resolver un asunto por el que se preguntan millones de persona. Me resulta fácil responder a esa pregunta. Todo, cualquier cosa. Acertada o equivocada. A quién le importan los errores de cálculo en mitad del infierno.

Algunos sucesos, algunas desapariciones, algunos crímenes son fotogénicos. La empatía a veces tiene detonantes simples y efectivos y en el caso de Diana Quer, para bien y para mal explotó desde que vimos por primera vez su imagen con el cartel de “desaparecida” cruzando la foto de lado a lado. Diana era guapa, era muy joven, era su hija, era la mía, era la hija que cualquiera habría querido tener. Era una adolescente que convertía en la peor de las pesadillas unas vacaciones familiares de verano. Pantalones cortos rosas, sudadera gris, zapatillas negras. Ropa que su hija y la mía tienen en el armario. Volvía de las fiestas de un pueblo en agosto, como todas. Nos conmueve, nos golpea, nos interesa lo que se parece a nosotros. Ese es el primer clic. En un minuto captó nuestra atención porque podría haber sido nuestro drama. Con la misma eficacia que los cuentos para niños despiertan nuestro terrores.

Así que tenemos a los espectadores que, pasadas unas semanas, quieren saber no sólo dónde está Diana, qué ha ocurrido, por qué no ha vuelto a casa, sino también quién es la familia, de qué viven, si son, o no, ricos. Si tienen amigos famosos. Por qué su caso tiene repercusión y otros, no. Por qué se divorciaron. Tenemos a los actores que, imagino, ven con horror cómo se cuenta su divorcio, la anorexia que ha padecido su hija, la batalla por la custodia. Vemos cómo se plantean preguntas incómodas. ¿Se marchó Diana por culpa de una discusión? ¿La empujó el ambiente que había en casa? Pero que, también imagino, a lo largo de meses de desesperación, se sienten obligados a colaborar en que la historia, la de su hija, la de su infierno continúe interesando, no se olvide, no se desinfle.

Y tenemos a quienes retransmiten el horror y durante dieciséis meses buscan cada día un titular. A veces cuentan una nueva línea de investigación. Otras, publican un whatsapp inquietante que quizá no tiene que ver con dónde podría estar Diana pero que levanta una duda, hace sospechar. Un mensaje sobre una discusión como la que usted y yo tenemos con nuestros hijos. O una discusión entre hermanas pasada por el filtro de un enfado adolescente. Sólo que nuestras discusiones no se pone bajo un microscopio ni se retransmiten con con altavoz. Tenemos, en fin, la tormenta perfecta sobre una familia que termina convirtiéndose, algunos días en víctima, algunos días en sospechosa, otros en culpable, todos en carne de reality.

Lo hemos visto otras veces. En mayo se cumplieron diez años de la desaparición de Madeleine McCann. Todos nos estremecimos con la imagen de la niñita rubia que se había volatilizado en un apartamento del Algarve y que ayudaron a difundir famosos como David Beckham. Diez años después, sus padres continúan arrastrando la sospecha de su culpabilidad. Algunos medios se refieren a su imputación, no siempre a su exoneración. Otros, reproducen supuestas conversaciones en las que los hijos pequeños de los McCann, que ahora tienen 12 años, preguntan a su madre por qué hizo desaparecer el cuerpo de Madeleine.

Recordamos las contradicciones del caso, las acusaciones del inspector de la policía portuguesa convencido de que los McCann congelaron el cuerpo y lo enterraron para ocultar un accidente. Seguimos escrutando a los padres una década después y mientras ellos aparecen en ruedas de prensa nos fijamos en el retrato robot de una Madeleine que ahora sería una adolescente pero no podemos evitar seguir recordando viejas preguntas ¿por qué había sangre en el maletero? ¿por qué pagaron la hipoteca de su casa con el dinero de la fundación creada para buscar a Madeleine? ¿En qué momento el interés, la atención, la empatía, la atención se desborda y se transforma en espectáculo, en sospecha, en condena?

Los padres de Diana son, ahora, las víctimas de un crimen terrible y de un dolor inimaginable. Por fin son, sólo víctimas, de un desgraciado que atacó a una niña de madrugada, y ocultó su cadáver en un depósito de agua abandonado. No se me ocurre una imagen más sobrecogedora. Hace unas semanas eran, además, una familia diseccionada, quizá culpable, según quién lo contara, de su propia tragedia.

Los periodistas nos hemos preguntado cuál ha sido nuestra responsabilidad y está bien que lo hagamos. Sin duda la tenemos. Pero no creo que el foco de la infección tenga un origen tan sencillo y tan lineal. Sin el cuerpo de Diana, dentro de diez años, en una rueda de prensa, nosotros, ustedes, todos, seguiríamos preguntándonos qué ocurrió esa noche. Qué quiso decir Diana con este o aquel mensaje. Qué estaría ocultando su familia o un amigo o un nuevo personaje que ha aparecido en la trama para darle interés a la historia.

Hace cinco años, una juez australiana dictaminó que Zaria Chamberlain, un bebé de nueve meses que desapareció en mitad de la noche hace 37 años de la tienda de campaña donde dormía con sus padres, había sido atacada por un dingo, un perro salvaje. Nunca hubo pruebas pero los padres fueron considerados sospechosos y la madre condenada a cadena perpetua. Pasó tres años en la cárcel, hasta que el caso fue reabierto. La historia inspiró una película que seguramente recuerden, protagonizada por Meryl Streep: “Un grito en la oscuridad”. Y también, una ópera y una serie de televisión. Ocupó durante tres décadas muchas portadas de los tabloides australianos. La juez que finalmente cerró el caso pidió perdón a la familia en nombre de todo un país.

Quizá los padres de Madeleine oculten algo. Quizá no. Y no se me ocurre nada más desolador que sumar a la desaparición de tu hija, la sospecha continúa de quienes te rodean. De los medios de comunicación pero también de tus vecinos, de tus amigos, de los padres del colegio, de los desconocidos que en la calle te miran con curiosidad y con reprobación.

¿Qué dice de nosotros, de todos nosotros, el hecho de que la aparición del cadáver de tu hijo sea, de alguna terrible manera, un alivio? Un alivio que te devuelve el derecho a llorar, rodeado de compasión y no de sospecha.

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