Magia en casa de Kiko Pastour
Ofrecido por:
Una noche en casa de un mago de A Coruña: así son las veladas secretas de Kiko Pastur
Entramos en una de las exclusivas citas en la residencia del mago coruñés. Una cena de vino y magia en la que lo imposible se hace realidad en cuestión de segundos
Puede interesarte: Kiko Pastur, el coruñés que lo dejó todo por la magia enamorado del "universo que esconde"
Imagina que te invitan a una casa con veinticinco desconocidos. Puedes ir acompañado, o no. Lo normal es que la primera vez no vayas solo. Nunca sabes con lo que te vas a encontrar.
Al llegar, una atenta mujer te abre las puertas de un piso que parece más un museo que un hogar. No hay un solo hueco en las paredes. Todo está ocupado por antigüedades, cuadros y objetos con siglos de historia. Una librería enorme se come prácticamente todo el salón.
Podría ser perfectamente la escena inicial de una partida de Cluedo. Pero no. Se trata de las veladas privadas de Kiko Pastur, el mago coruñés que ha convertido su propia casa en un escenario secreto al que solo se puede acceder con invitación.
En Quincemil nos hemos colado en una de sus famosas noches de "Vino y Magia". Y lo que encontramos fue difícil de explicar con palabras.
Una invitación que llega en el último momento
El punto de encuentro era una conocida plaza de A Coruña. Veinticuatro horas antes, Kiko nos había enviado la dirección exacta: nombre de calle, portal y piso.
Llegamos cinco minutos antes de las 21:00. Al timbrar, uno espera escuchar un: "¿Contraseña?". Nerviosos por no saber qué responder, lo cierto es que lo único que sonó al otro lado fue un: "Bienvenidos". Así de sencillo, y un poco desconcertante a decir verdad.
Fuimos de los primeros en llegar. Allí conocimos a una mujer que repetía experiencia. "Yo es la segunda vez que vengo", confesaba con una sonrisa cómplice. "La primera vez vine acompañada… pero luego ya ves que no pasa nada". Y tenía razón. La desconfianza inicial desaparece rápido.
Desconocidos que dejan de serlo
Poco a poco fueron llegando el resto de invitados. Parejas, grupos de amigos, pero también gente sola. Todos tenían algo en común: algún vínculo con Kiko. Amigos, conocidos o amigos de amigos.
El propio mago hace una selección previa a través de redes sociales. Al fin y al cabo, es su casa. El lugar donde vive a diario.
Kiko Pastour en la velada de magia
Mientras tanto, varias botellas de vino empezaban a circular por el salón. "Es para que no te pillemos los trucos", bromeaba uno de los asistentes.
Sea verdad o no, el vino hizo su efecto: en cuestión de minutos, todos hablaban con todos. Las preguntas se repetían: "¿Es la primera vez que vienes?" o "¿Cómo conseguiste entrar?".
Magia a centímetros de distancia
La velada incluía también picoteo: tortilla, croquetas, queso, hummus. "Con esto ya compensan los 35 euros de entrada", coincidían varios asistentes. Pero lo importante aún no había empezado. Sobre las 22:15, el salón cambió por completo. Sillas alineadas, todas mirando en la misma dirección: hacia Kiko.
Olvídate de los trucos típicos. Aquí no hay distancia, ni escenario. A centímetros de tu cara el mago logra representar lo que considerabas imposible. Tiene su mérito. Hoy en día es muy difícil sorprender a la gente. Con la IA parece que ya está todo creado. Sin embargo, hay algo de lo que no es capaz el cerebro digital: de engañarte a través de las manos.
Lo mejor es que el ilusionista te hace partícipe de su show constantemente: sostener cartas, cerrar el puño, pensar en algo. Una mujer abrió su mano… y encontró una moneda que no sabía ni que estaba ahí.
Tres horas de ilusiones
Cartas que desaparecen, pensamientos que parecen leídos, decisiones que ya estaban escritas. No se puede explicar. Hay que verlo. Y cuando crees que ya lo has visto todo, entonces llega el siguiente nivel.
Kiko fue capaz de adivinar lo que decía la primera línea de un libro elegido al azar por un espectador. Pero también dibujó en una pizarra el animal en el que alguien estaba pensando. Y, de repente, la palabra telepatía dejó de parecer exagerada.
Casi dos horas de espectáculo, con pausas para rellenar el vaso, pero sin descanso mental, marcaron la velada de 21:00 a 00:00 horas de una noche de viernes.
Las caras lo decían todo. No te quedaba otra que reírte cuando simplemente no entendías cómo te había engañado de esa manera. Era una mezcla extraña entre incredulidad y risa. Entre no entender nada y no querer perderse nada.
Un final imposible
Cuando parecía que ya no podía ir más allá, llegó el último golpe. Kiko levantó unas cartas del suelo… sin tocarlas. Después de un largo silencio, el aplauso supo a gloria.
Lo cierto es que sales de allí pensando si realmente existe la magia. Y sí existe. Está en la casa de Kiko Pastur.