Nani Arenas
¿Quién quiere viajar con miedo?
Una reflexión de Nani Arenas a raíz de las polémicas que rodearon a los cruceros por las crisis del hantavirus y norovirus
¿Has hecho alguna vez un crucero? ¿Te parece una forma segura de viajar? ¿O eres de los que miran esos enormes buques desde el puerto pensando que jamás te subirás a uno?
Lo pregunto porque estos días los cruceros están en el punto de mira. Primero por la polémica generada alrededor del Hondius y el hantavirus. Y después por el MS Ambition, el barco que atracó en A Coruña y otras ciudades del norte de España con pasajeros afectados por un brote de gastroenteritis.
Dos noticias mediáticas que lanzan un mensaje de alerta sobre esta industria justo en plena temporada de reservas. Cuando mucha gente está decidiendo sus viajes para los próximos meses. Y esto me hace preguntarme: ¿son los cruceros un peligro flotante?
Esta cuestión no es nueva. Las navieras llevan años navegando contra corriente y soportando críticas de todo tipo. Que si contaminan. Que si saturan destinos. Que no dejan beneficio en los lugares que visitan y solo favorecen a quienes organizan las excursiones. Que convierten ciudades históricas en parques temáticos. Que generan picos difíciles de gestionar ante la invasión de miles de turistas ataviados con “chanclas y calcetines” (¿tópico?)…
Problemas sinónimos de masificación y desgaste que ya han obligado a ciertas ciudades a poner límites. Por ejemplo, Barcelona reducirá sus terminales de atraque antes de 2030 para controlar la presión turística. En Venecia ya está prohibido que los grandes cruceros fondeen en su centro histórico. Y en Dubrovnik existe un límite de un máximo de dos cruceros diarios y un tope de 5.000 pasajeros desembarcando a la vez.
Lo entiendo. Hace unos años tuve la “mala suerte” de visitar esta ciudad justo un día en el que coincidieron varios cruceros y fue una pequeña pesadilla. Por tanto, creo que parte del debate tiene lógica. El crecimiento del sector está obligando a los destinos y a las navieras a repensar muchas cosas.
Pero también tengo la sensación de que con los cruceros existe un prejuicio automático que se dispara a la mínima. Basta un incidente sanitario para que parezca que todos los barcos son una especie de torre de Babel vírica flotante. Cuando la realidad es bastante más compleja.
Estos días he hablado con diferentes profesionales del sector y todos coinciden en la misma apreciación. El nivel de control que existe a bordo es tan alto que muchos problemas sanitarios se detectan y se comunican antes que en otros ámbitos turísticos. Las gastroenteritis son habituales también en hoteles, hospitales, colegios… pero rara vez ocupan titulares durante días.
Yo he hecho un par de cruceros. No son mi forma favorita de viajar, pero en ciertas ocasiones me parece una excelente opción. Y entiendo perfectamente por qué enganchan a tanta gente. Son cómodos, fáciles y seguros, al menos eso percibí personalmente. Permiten visitar varios destinos en un solo viaje sin preocuparse de mover maletas. Y la oferta de ocio a bordo es muy tentadora. Yo lo disfruté mucho.
Los datos confirman que este sector no deja de crecer. Según la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA), más de 37 millones de personas viajaron en crucero el pasado año en el mundo. El impacto económico generado ronda los 198.000 millones de dólares y, muy importante, este segmento genera alrededor de 1,8 millones de puestos de trabajo.
Las cifras además reflejan un nivel de satisfacción muy alto. La gran mayoría de los pasajeros asegura que repetiría experiencia y aproximadamente un tercio reconoce hacer dos o más cruceros al año. Yo personalmente conozco a dos familias adictas a los cruceros que no conciben otra forma de viajar. Algo lógico si se tiene en cuenta que la mayoría de estos viajes transcurren con total normalidad y dejan experiencias muy positivas entre quienes los viven.
España también sigue batiendo récords de cruceristas. Solo A Coruña espera este año más de 160 escalas. Y os animo a entender que detrás de cada barco que vemos en el puerto hay miles de empleos directos e indirectos.
Asimismo, es importante destacar que las navieras invierten muchos millones en barcos de nueva generación y son muy innovadoras en tecnología y seguridad. Desde motores menos contaminantes y combustibles más sostenibles hasta modernos sistemas de depuración, políticas estrictas para reducir emisiones y controles sanitarios cada vez más exigentes.
El sector asegura además estar acelerando medidas para reducir su impacto medioambiental y social. Según la CLIA, las navieras fueron pioneras en comprometerse a reducir un 40% sus emisiones de carbono antes de 2030. Algunas incluso ya trabajan con el objetivo de alcanzar emisiones netas cero en 2050.
Por tanto, no es una exageración afirmar que a los cruceros se les exige más que a otros sectores turísticos. Lo cual, insisto, entiendo. Los retos de esta industria son muchos: medioambientales, sociales y de convivencia con los destinos.
Pero sinceramente, creo que existe cierta tendencia a exagerar todo lo relacionado con los cruceros. Las navieras también generan avances, empleo, innovación y experiencias positivas de las que casi nunca se habla. El ruido y el titular alarmista siempre viajan más rápido.
Y ahí está el verdadero riesgo para el sector: el impacto reputacional.
Una crisis sanitaria puede durar apenas unos días. Aunque las noticias son cada vez más efímeras y la memoria colectiva más corta, hay que tener en cuenta que recuperar la confianza siempre cuesta más que perderla.
Por eso la comunicación vuelve a ser una herramienta decisiva. Las navieras no solo deben reforzar protocolos y mejorar medidas sanitarias. También deben transmitir tranquilidad, transparencia y credibilidad en un contexto donde la incertidumbre se propaga a toda velocidad.
Porque el turismo no funciona solo con datos. Funciona, sobre todo, con percepciones. Y cuando la emoción entra en juego, muchas veces el impacto del titular pesa más que la realidad. ¿Quién quiere viajar con miedo?