A Quemarropa.
Los perros no duermen
El comunicador Jesús Suárez reflexiona sobre la ansiedad y esos momentos en los que la cabeza deja de ser una trampa y se convierte en herramienta
Los perros no duermen
Hay noches en las que el mundo se apaga… pero tú no.
No hay épica ahí. No hay nada bonito. Solo la cabeza girando sin permiso, como una máquina vieja que nadie sabe apagar. Y en medio de ese ruido, aparecen ellos.
Los perros.
No los ves. Pero están.
Se mueven despacio, como si conocieran cada esquina de tu cabeza. Olfatean recuerdos, dudas, errores, cosas que no dijiste y cosas que ojalá no hubieras dicho nunca. Se alimentan de eso. Y no descansan.
Los perros no duermen.
⸻
Cuando escribí esta canción para nuestro nuevo trabajo, Lo llamaban rock’n’roll, necesitaba hablar de algo que casi nunca se dice en voz alta. De eso que no se comparte en una conversación cualquiera. De lo que, con suerte, se le cuenta a un terapeuta… o a alguien muy cercano. Y muchas veces, ni eso.
Porque esto se vive en silencio.
Se convive con ello sin explicaciones, sin titulares, sin dramatismos visibles. Sales a la calle, trabajas, hablas, sonríes… y nadie sabe que llevas una jauría dentro.
Nadie sabe lo que realmente te pasa.
Y quizá por eso necesitaba escribirlo. Ponerle música. Ponerle palabras. Ponerle una forma a algo que normalmente no la tiene. Y esa forma fueron los perros.
⸻
Los perros no duermen porque la ansiedad tampoco lo hace.
Porque siempre hay algo que revisar, algo que anticipar, algo que temer aunque no tenga sentido. Es una alerta constante que no distingue entre lo real y lo imaginado. Todo parece importante. Todo parece urgente.
Y tú estás en medio.
Intentando respirar.
Intentando no escuchar demasiado.
⸻
Te dicen que te calmes.
Que no pasa nada.
Que todo está en tu cabeza.
Y claro que está en tu cabeza.
Ahí es donde viven los perros.
⸻
No ladran, pero pesan.
No muerden por fuera, pero desgastan por dentro.
Caminan contigo, se sientan a tu lado, se tumban cuando tú te tumbas… pero nunca terminan de irse. Y lo más jodido es que aprendes a ocultarlos. A convivir con ellos sin que el resto del mundo los vea.
A parecer tranquilo cuando no lo estás.
A parecer entero cuando por dentro todo corre demasiado rápido.
⸻
Pero escribir esta canción también me enseñó algo.
Los perros no duermen… pero no siempre mandan.
Hay momentos —breves, casi invisibles— en los que se cansan. En los que dejan de moverse. En los que el ruido baja lo suficiente como para que puedas escucharte a ti mismo sin interferencias.
Y ahí pasa algo importante.
No desaparecen. Pero dejan de dirigir.
Y tú, por un instante, recuperas el control.
⸻
Porque la cabeza no es solo el problema.
También es la salida.
Ahí dentro está todo: el caos… y la forma de ordenarlo. No se trata de hacer desaparecer a los perros —eso no siempre depende de ti—, sino de entenderlos, de reconocer cuándo están y cuándo no, de aprender a no obedecerlos automáticamente.
Y cuando lo haces, aunque sea por unos segundos…
cambia todo.
⸻
Los perros no duermen.
Pero tú puedes aprender a vivir con ellos sin rendirte.
A encontrar pausas dentro del ruido.
A darte cuenta de que no todo pensamiento merece ser creído.
Y que incluso en las noches más largas, hay momentos en los que todo afloja.
Ahí es donde empieza algo distinto.
Ahí es donde la cabeza deja de ser una trampa… y se convierte en herramienta.
Ahí es donde, de verdad, empieza el éxito.