La ciudad no es una terraza

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Opinión

La dictadura de la opinión

Una reflexión de Jesús Suárez sobre una sociedad donde opinar es cada vez más fácil

Publicada

Vivimos en una época fascinante. Nunca hubo tantas personas dispuestas a opinar sobre todo y nunca hubo tan pocas dispuestas a pensar sobre algo.

Las redes sociales, los programas de televisión, las tertulias de café y las conversaciones de ascensor han convertido la opinión en una mercancía de consumo masivo. Todo el mundo tiene una. Todo el mundo la exhibe. Todo el mundo la defiende como si fuera un patrimonio personal innegociable. Lo curioso es que cada vez parece importar menos si esa opinión está construida sobre hechos, sobre conocimiento o sobre una simple ocurrencia nacida entre un titular leído a medias y un vídeo de treinta segundos.

Opinar es fácil. Terriblemente fácil.

No exige esfuerzo. No requiere estudio. No obliga a salir de la zona de confort. Basta con tener una emoción, una intuición o una simpatía previa. Después solo hay que buscar aquello que la confirme y despreciar todo lo que la contradiga. Es un mecanismo sencillo, rápido y gratificante. Alimenta el ego porque nos hace sentir inteligentes sin necesidad de pasar por el incómodo proceso de aprender.

Pensar, sin embargo, es otra cosa.

Pensar exige tiempo. Exige contrastar datos. Exige escuchar argumentos que no nos gustan. Exige aceptar que podemos estar equivocados. Y sobre todo exige una virtud que parece estar desapareciendo de la vida pública: la capacidad de rectificar.

Porque pensar de verdad tiene un efecto secundario incómodo. A veces nos obliga a cambiar de opinión.

Y eso es algo que muchos consideran hoy una derrota cuando en realidad es una victoria intelectual. El que rectifica después de conocer nuevos datos no demuestra debilidad. Demuestra honestidad. El que modifica sus posiciones porque la realidad le contradice no es un veleta. Es alguien que sigue buscando la verdad por encima de su propio orgullo.

Pero vivimos en una cultura donde la coherencia se ha confundido con la obstinación.

Da igual que los hechos cambien. Da igual que aparezcan nuevas evidencias. Da igual que la realidad nos golpee en la cara. Lo importante es mantenerse firme en la trinchera ideológica, aunque la trinchera ya esté vacía y el enemigo sea simplemente la evidencia.

Por eso una sociedad llena de opiniones no es necesariamente una sociedad más libre ni más inteligente. Puede ser exactamente lo contrario.

Puede ser una sociedad profundamente alejada de la verdad.

Porque cuando las opiniones sustituyen a los hechos, cuando las emociones sustituyen al razonamiento y cuando la identidad personal se construye alrededor de tener razón en lugar de buscarla, la realidad deja de importar. Cada grupo fabrica su propia versión del mundo. Cada individuo construye su pequeño universo paralelo. Y poco a poco dejamos de discutir sobre lo que es cierto para limitarnos a gritar lo que nos gustaría que fuera cierto.

La verdad tiene una característica molesta: no necesita nuestra aprobación para existir.

La gravedad sigue funcionando aunque alguien opine lo contrario. La historia sigue siendo la que fue aunque intentemos reescribirla. Los números siguen cuadrando o no cuadrando independientemente de nuestras preferencias políticas, culturales o sentimentales.

La realidad no negocia.

Somos nosotros quienes debemos acercarnos a ella.

Quizá por eso el pensamiento siempre ha sido una tarea minoritaria. Requiere humildad. Y la humildad nunca ha estado de moda.

Resulta mucho más cómodo opinar que comprender. Mucho más sencillo señalar que analizar. Mucho más rentable indignarse que reflexionar.

Sin embargo, el progreso humano siempre ha dependido de aquellos que prefirieron hacerse preguntas antes que repartir respuestas.

De aquellos que sospecharon de sus propias certezas.

De aquellos que entendieron que una opinión no tiene valor por el simple hecho de existir, sino por la calidad de las razones que la sostienen.

Tal vez la gran revolución pendiente no sea tecnológica ni política. Tal vez sea intelectual.

Tal vez necesitemos menos opinadores y más pensadores.

Menos consignas y más preguntas.

Menos ruido y más silencio.

Porque la verdad nunca ha sido amiga de las multitudes. Pero tampoco ha dejado nunca de esperar a quienes tienen el valor de buscarla.