Un niño delante de una pintada de Hugo Chávez en Caracas.

Un niño delante de una pintada de Hugo Chávez en Caracas. Archivo Reuters

Tribunas

El chavismo se prepara para perder Venezuela

Los hermanos Rodríguez llevan tiempo planificando una especie de peronismo venezolano.

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En marzo escribí en estas mismas páginas algo que entonces sonó incómodo: el chavismo no iba a desaparecer.

Nicolás Maduro terminó en una cárcel de máxima seguridad en Nueva York y Diosdado Cabello, vaciado de poder.

El régimen autocrático construido durante más de dos décadas se desmorona como los edificios de papel hechos por el chavismo y que el doble terremoto de julio se llevó. Pero el chavismo, como identidad política, estructura territorial y fenómeno social, va a sobrevivir.

Cinco meses después, la pregunta ya no es si sobrevivirá, sino en qué se va a convertir.

Parece una perogrullada, pero vale recordar que el éxito de la transición venezolana no dependerá solamente de que la oposición pueda llegar finalmente al poder. Sino también de algo mucho más difícil: que el chavismo aprenda a perderlo.

Ese es, probablemente, uno de los problemas menos comprendidos de la Venezuela que viene.

Durante años, una parte importante de la oposición venezolana imaginó la transición como una especie de borrón y cuenta nueva. Un país de las maravillas con María Corina en el rol de Alicia.

Se acabaría el chavismo, sus dirigentes desaparecerían de la escena política y comenzaría una nueva República encabezada por quienes lo combatieron.

Eso no va a ocurrir.

El ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, la presidenta interina Delcy Rodríguez, Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente derrocado Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, caminan juntos en la Asamblea Nacional, en Caracas, Venezuela, el 5 de enero de 2026.

El ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, la presidenta interina Delcy Rodríguez, Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente derrocado Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, caminan juntos en la Asamblea Nacional, en Caracas, Venezuela, el 5 de enero de 2026. Reuters Reuters

El chavismo conservará alcaldes, gobernadores, diputados, organizaciones de base, cuadros políticos, operadores económicos, medios de comunicación y una identidad que todavía comparte con un 15% de la población, que les servirá para ejercer una oposición fastidiosa.

Además, gobierna hoy la transición desde el Ejecutivo encabezado por Delcy Rodríguez. Y controla la Asamblea Nacional presidida por su hermano Jorge, los artífices de eso que venimos llamando, desde el 2021, como el "chavismo peronista".

Podemos discutir durante años si eso es justo, que no lo es, pero lo relevante es que es real. Es lo que hay. Se juega con las cartas que uno tiene, no con las que desearía tener.

Y toda transición política seria comienza por reconocer la realidad.

Por eso lo verdaderamente interesante de lo que está ocurriendo en Venezuela no es solamente que chavismo y oposición estén sentados en una mesa de trabajo tutelada por Estados Unidos.

Tampoco que hayan acordado comenzar la reconstrucción del Poder Judicial y renovar el Tribunal Supremo de Justicia.

Lo verdaderamente importante es que ese proceso puede empezar a producir reglas aceptadas por ambos bandos para competir por el poder. Es decir, el regreso al imperio de la ley. La restitución del hilo constitucional que, en este momento, no existe.

Hasta ahora, el chavismo sólo ha sabido competir cuando controla al árbitro.

Cuando gana, gobierna.

Cuando corre el riesgo de perder, cambia las reglas.

Cuando pierde, desconoce el resultado, interviene las instituciones o neutraliza al ganador.

Eso no es un partido político democrático, sino una maquinaria de poder que no entiende conceptos democráticos básicos como la separación entre los conceptos de Nación, Estado, Gobierno y Partido.

Transformar esa maquinaria es una de las tareas centrales de la transición.

Y aquí aparece una comparación que seguramente hará que me detesten: Venezuela podría estar presenciando el parto de una especie de peronismo venezolano que los hermanos Rodríguez llevan tanto tiempo planificando.

"Cuando el chavismo corre el riesgo de perder, cambia las reglas. Cuando pierde, desconoce el resultado, interviene las instituciones o neutraliza al ganador"

La comparación tiene límites evidentes. Venezuela no es Argentina, Hugo Chávez no fue Juan Domingo Perón y las historias de ambos países son completamente distintas.

Sin embargo, el paralelismo sirve para explicar una posibilidad.

El peronismo sobrevivió a Perón, a golpes de Estado, proscripciones, derrotas electorales, crisis económicas y divisiones internas.

Mutó incontables veces, produjo corrientes de izquierda y de derecha y consiguió algo fundamental: convertirse en una identidad política capaz de existir dentro y fuera del poder.

Ha perdido elecciones y, en consecuencia, ha entregado la Presidencia. Luego espera, vuelve a competir y hasta regresa a la Presidencia.

Eso es precisamente lo que el chavismo nunca ha hecho.

La verdadera prueba democrática para Delcy y Jorge Rodríguez no será conservar parcelas de poder durante la transición. Tampoco presentarse como los chavistas pragmáticos capaces de hablar con Washington.

El gran reto de los hermanitos será construir un chavismo que acepte la posibilidad de perder.

Sin Tribunal Supremo sumiso, inhabilitaciones injustificadas, sin presos políticos torturados, sin un Consejo Electoral de obedecimiento perruno, sin militares utilizados como guardia pretoriana.

Y después hacer algo extraordinariamente aburrido, pero esencial para una democracia: convertirse en oposición y esperar las siguientes elecciones.

Sólo entonces podremos hablar de una transformación real.

Este escenario plantea también un problema incómodo para la oposición, porque democratizar Venezuela significa aceptar que el chavismo tendrá derecho a competir.

Por supuesto, no se trata de perdonar y ya.

Pero hay que aceptar que el chavismo (no quienes hayan cometido delitos de lesa humanidad o deban responder ante la Justicia) es una parte de la sociedad tan importante como cualquiera. Existe y no se le puede negar.

Una democracia no puede construirse sustituyendo la hegemonía de un sector por la proscripción del otro.

"La verdadera prueba democrática para los Rodríguez no será conservar parcelas de poder durante la transición, sino construir un chavismo que acepte la posibilidad de perder"

Alemania pudo prohibir el nazismo porque el nazismo era una doctrina construida alrededor de un proyecto explícitamente totalitario y genocida.

Pretender aplicar mecánicamente esa lógica a cualquier movimiento populista que haya gobernado autoritariamente termina creando democracias en las que una parte sustancial de la población queda permanentemente fuera del sistema.

Eso sería particularmente peligroso en Venezuela. Una olla de presión innecesaria para una democracia en pañales.

La transición necesita justicia, pero también necesita política. Se debe separar a quienes cometieron crímenes de quienes simplemente se identifican con una tradición política. Necesita impedir la impunidad sin fabricar mártires.

Y, sobre todo, necesita construir instituciones suficientemente fuertes como para que nadie tenga que destruir al adversario para sentirse seguro.

Ahí está la importancia de la renovación del Tribunal Supremo.

Un tribunal independiente que no sirva sólo para garantizar que gobierne la oposición sino para algo mucho más importante: garantizar que quien pierda una elección pueda confiar en que seguirá teniendo derechos al día siguiente.

Eso incluye al chavismo.

De hecho, ésa puede terminar siendo una de las paradojas más interesantes de esta transición. Las mismas instituciones que necesita la oposición para poder llegar al poder son las que necesitará el chavismo para atreverse a entregarlo.

Entendamos que ningún grupo político abandona voluntariamente un sistema que le garantiza impunidad si cree que perder el gobierno significa su destrucción inmediata.

Por eso Estados Unidos tiene ahora una responsabilidad enorme no en escoger quién gobernará Venezuela, sino en ayudar a construir el sistema en el que los venezolanos puedan escogerlo cada cuatro o cinco años.

Y eso exige árbitros independientes, garantías políticas, separación de poderes y unas Fuerzas Armadas que dejen de pertenecer a un partido.

Después vendrán las elecciones y allí veremos qué queda realmente del chavismo. Quizás mucho más de lo que creen en la oposición. Quizás bastante menos de lo que sus dirigentes creen.

Tal vez Delcy y Jorge Rodríguez consigan convertirlo en una fuerza moderna de izquierda nacionalista. Tal vez se fragmente. Tal vez aparezca una nueva generación. Tal vez termine pareciéndose más al PRI mexicano que al peronismo argentino.

Eso lo decidirá el tiempo. Pero ninguna de esas posibilidades debería preocuparnos si las reglas funcionan.

*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.