Pedro Sánchez (c), posa para la foto de familia con el resto de asistentes a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada este sábado en Fira de Barcelona EFE
¿Por qué no le exigimos a Irán lo que le exigimos a Trump y Netanyahu?
Los patrocinadores de la teoría del diálogo, la diplomacia, y los afectos son también quienes exigen el cumplimiento del derecho internacional a Israel y EEUU, pero no a Hamás o a Irán.
No es muy común preguntarse por la importancia de cultivar el afecto en las relaciones internacionales, para evitar problemas de convivencia y garantizar un determinado estándar de seguridad y paz.
Lo explicarán, digo yo, en las escuelas de diplomacia del mundo. Aunque a saber cómo lo harán hoy día, pues ya son pocas cosas las que escapan al creciente caudillismo, que todo lo condiciona e invade.
Recuerdo que hace años preguntaron a Inocencio Arias por los embajadores de designación política. Y aclaraba que, como regla, no estaba de acuerdo, pero que si en un país resultaba elegido presidente un íntimo amigo de alguien que no era diplomático, podía ser inteligente hacerle embajador en ese país.
Habida cuenta los problemas de convivencia que pueden surgir según las circunstancias y los liderazgos que nos arrojan las urnas, aquello me hizo pensar sobre los afectos y los desafectos en la política internacional. Y también en la nacional, claro.
En este sentido, a alguien le pareció buena idea poner en la Comisión Europea a representantes provenientes de territorios históricamente muy enfrentados con Rusia.
Donald Trump junto a Carlos III este martes.
De hecho, la señora Kaja Kallas, seguramente con razón, no para de agredir verbalmente todo lo que puede a Moscú.
Es la jefa de la diplomacia europea, eso sí, y no parece que se empeñe mucho en resolver la situación con Rusia, sino que trabaja insistentemente para empeorarla.
En su día también pareció buena idea en Bruselas, en París y Berlín, acabar con Silvio Berlusconi, que era el único enlace con Vladímir Putin en nuestro cada vez más ininteligible Occidente. El único interlocutor posible que teníamos.
Los habrá en la actualidad, no digo que no, pero ni los conocemos ni parece que estén resultando exitosos.
Esta misma inteligencia debe ser la que considera que hay que cultivar el diálogo y los afectos, por ejemplo, colocando a muchos catalanes en el gobierno de la nación, también en los organismos reguladores, instancias judiciales y sociedades públicas, para que se sientan reconocidos e integrados.
Pero jamás se les ocurriría poner a madrileños como consejeros del gobierno de la Generalidad. O atribuirles un gran cargo, el que sea, que pueda molestar la cosmovisión catalanista o batasuna, ya tan extendida.
Los patrocinadores de la teoría del diálogo, la diplomacia, la integración y los afectos son también quienes exigen machaconamente el cumplimiento del Derecho internacional a Israel, pero no a Hamás, a Hezbolá o a los ayatolás.
Con estos, por alguna extraña razón, hay medida equidistancia, paciencia y comprensión casi infinitas.
"Nuestro enloquecido mundo occidental debería reflexionar sobre aquello que pregona, es decir, lo que reclama insistentemente y sin embargo no se aplica"
Así las cosas, los mismos que alientan que se llame diariamente golpistas, traidores y lindezas parecidas a María Corina Machado y demás perseguidos del chavismo, luego se pronuncian contrariados porque la Premio Nobel se sienta incómoda sentándose o reuniéndose con ellos.
Y qué decir de Donald Trump.
Vilipendiado, humillado y ridiculizado antes incluso de presentar su candidatura para liderar el Partido Republicano de los Estados Unidos. Y al cual, sin embargo, una vez sentado en la Casa Blanca, se le exige todo tipo de afectos, tacto, formas, diplomacia, diálogo y respeto.
Y esto lo exigen machaconamente quienes más irrespetuosos habían sido, y son, con él. Los mismos que ahora declarar con reserva mental que se alegran por el fracaso del tercer intento de asesinato.
Los defensores del diálogo y el afecto no sólo consideran que algo hace mal el presidente de los Estados Unidos para que tanta gente desee su crimen.
Esto le pasa por no seguir sus deseos y voluntades, que llaman incluso valores morales, y no los de quienes le votaron en su día para, qué cosas, hiciera precisamente todo lo contrario.
Me pregunto qué pensará gran parte de la población estadounidense cuando comprueba, entre sus teóricos aliados, los deseos contenidos de muerte de su presidente entre la inmensa mayoría de la opinión pública y hasta de la dirigencia.
Nuestro enloquecido mundo occidental debería reflexionar sobre aquello que pregona, es decir, lo que reclama insistentemente y sin embargo no se aplica.
El cultivo del diálogo, la diplomacia y los afectos con sinceridad y honestidad, no con hipocresía, cinismo, ignorancia y hasta odio.
Cierto es, en cualquier caso, que como nos enseña Clint Eastwood en esa obra de arte que es Cartas desde Iwo Jima (una historia de simpatía de un japonés residiendo en California y que acaba dirigiendo una batalla contra los estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial), las simpatías y afectos hacia Estados Unidos y los estadounidenses no evitan ponerse al servicio de unos lunáticos que acabaron condenando a una nación por atacar al enemigo equivocado.
*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.