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Estrecho de Ormuz.

Estrecho de Ormuz. Reuters

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Irán no procesa el dolor como cree Donald Trump

La política estadounidense hacia Irán sigue siendo un intento de jugar al ajedrez comiendo piezas en un tablero en el que a Irán le basta con llegar al fin de la partida conservando su rey y un par de peones.

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Existe una tradición casi patológica en los pasillos de Washington. La obstinada creencia de que cualquier problema geopolítico puede resolverse aplicando la cantidad adecuada de presión económica o explosivos de alta precisión.

Es un enfoque entrañablemente simple, digno de un manual de física de secundaria: todo el mundo tiene un precio económico o psicológico, así que es sólo cuestión de aplastarle con suficiente dinero o suficientes explosivos.

Sin embargo, cuando este modelo mecanicista, materialista y reduccionista se estrella contra la cultura estratégica de Irán, el resultado no puede ser otro que el alargamiento de la contienda.

Para el ciudadano occidental promedio, la cúpula iraní es a menudo caricaturizada como un aquelarre de fanáticos religiosos irracionales, sedientos de martirio. Esta es, quizás, la miopía más peligrosa de la política exterior contemporánea.

La realidad documentada por la academia e ignorada por los políticos (por Donald Trump) en un momento de plena impulsividad es que el liderazgo de Teherán opera bajo una doctrina de supervivencia estatal que haría palidecer a Maquiavelo.

No buscan el suicidio colectivo o el sacrificio ritual. En su lugar persiguen el desgaste de su enemigo, la imposición de costes políticos y económicos que permitan restablecer la disuasión en favor de Teherán y de su programa nuclear.

Donald Trump.

Donald Trump. Reuters

Los adalides de esta mentalidad son los generales de la Guardia Revolucionaria, esos que vivieron la Guerra Irán-Iraq en la que una década de guerra diezmó a toda una generación de jóvenes, a toda una economía, esa guerra en la que los actuales dirigentes del país lideraron asaltos de infantería en los que vieron morir a decenas de camaradas.

Para ellos, la guerra no es una cuestión de dinero, ni tan siquiera de vidas humanas. Para ellos es una especie de choque de voluntades con un barniz divino y en el que están tan en juego el orgullo como la supervivencia.

En otras palabras, pueden llegar a ser extremadamente racionales en la selección de sus medios militares, pero son profundamente inmateriales en la selección de sus grandes objetivos y motivaciones, estos últimos ante los que los medios militares (las vidas o el dinero) se convierten en medios justificados por un fin mayor.

Cuando la maquinaria bélica estadounidense decide aplicar "estímulos coercitivos", la reacción iraní es tan predecible como apalizar a un yihadista por serlo. El resultado rara vez será la renuncia a sus creencias.

Donald Trump parecía celebrar el impacto de sus explosivos asumiendo que el mensaje de "fuerza" ha sido recibido y que viene a constituir la cima de una posición negociadora propia de The Art of the Deal.

En contraste, en Teherán, activan una reacción de dos carriles.

En el primero, ejecutan una coreografía balística y de declaraciones calculadas para el consumo interno y la cohesión de la ciudadanía en torno al nacionalismo iraní.

Pero la verdadera respuesta (la respuesta estratégica) se despliega en las sombras.

Es aquí donde el modelo estadounidense de Trump ha patinado.

Irán no puede ni debe responder proporcionalmente a la masiva potencia de fuego estadounidense, pero sí puede hacer una selección fina de objetivos que maximicen las divisiones entre Estados Unidos y su red de alianzas. Su amplísima red de alianzas.

El ministro de Exteriores iraní, Abbás Aragchi, recibiendo en Teherán al jefe del Ejército paquistaní, Asim Munir, en Teherán.

El ministro de Exteriores iraní, Abbás Aragchi, recibiendo en Teherán al jefe del Ejército paquistaní, Asim Munir, en Teherán. Reuters / WANA

Estados Unidos se ve obligado a satisfacer las expectativas y necesidades de aliados en Asia, aliados en Europa y aliados árabes e israelíes. Y en este punto, tras una ristra de Groenlandias y Ucranias que han alejado a la OTAN de Washington y tras una decisión de ir a la guerra de forma precipitada, sin un engrasamiento diplomático y psicológico previo, esas grietas se han ensanchado a partir de los misilazos iraníes, que no medían con métricas materiales el éxito, sino que más bien lo hacían en términos de desgaste político interno e internacional, una "métrica" difícil de calcular pero sin duda relevante.

Ante el mayor reto militar de Estados Unidos desde 1991, la presión iraní y la torpeza estadounidense han provocado que toda la OTAN haya optado por dar la espalda a la potencia hegemónica, un serio síntoma de división y deslegitimidad.

Lo mismo ocurre con la coerción financiera. La doctrina de Máxima Presión, esa brillante estrategia de estrangular la economía iraní hasta forzar un colapso del régimen o una rendición incondicional, ha demostrado ser un ejercicio de autoengaño.

La mentalidad estratégica iraní no procesa el dolor económico como un motivo de rendición, sino como una confirmación de la persistencia de una amenaza vital.

¿Washington bloquea las exportaciones de petróleo? Teherán simplemente acelera el giro de sus centrifugadoras nucleares, elevando el enriquecimiento de uranio a niveles de grado armamentístico, no necesariamente para construir una bomba mañana, sino para generar apalancamiento diplomático hoy.

A la presión económica, el régimen responde con terror nuclear controlado (¿o acaso ya está descontrolado?) y disrupciones marítimas en el Estrecho de Ormuz, recordándole al mundo que si Irán no puede vender su petróleo, nadie navegará tranquilo.

La política estadounidense hacia Irán sigue siendo un intento de jugar al ajedrez comiendo piezas materiales en un tablero en el que a Irán le basta con llegar al fin de la partida conservando su rey y un par de peones.

Mientras Washington continúe midiendo el éxito en función del tonelaje de las bombas lanzadas o de las cifras de inflación inducidas en Teherán, seguirá perdiendo la guerra estratégica.

La cúpula iraní ha descifrado el código de la impaciencia estratégica de Trump. Saben que no necesitan derrotar tácticamente a Estados Unidos. Sólo necesitan encarecer su aventura militar hasta que el costo político y económico supere el umbral de tolerancia del votante estadounidense.

Y, hasta ahora, el cálculo iraní está funcionando a la perfección, por eso la guerra va a ser larga, porque ya no hay una salida aceptable para las partes.

*** Yago Rodríguez es analista militar y geopolítico, y director de The Political Room.