Delcy Rodríguez.

Delcy Rodríguez. Europa Press

Tribunas

Spoiler: el chavismo no va a desaparecer

Los hermanos Rodríguez llevan años construyendo un proyecto para tomar el poder. Lo que ocurrió el 3 de enero les abrió la puerta.

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Todo el mundo habla de transición en Venezuela, pero casi nadie se hace la pregunta que más importa. ¿Qué pasa con el chavismo después?

Les traigo una noticia: el chavismo no va a desaparecer. No desapareció con la muerte de Hugo Chávez, con la crisis humanitaria, con las sanciones, ni con la diáspora.

Tampoco lo hará con una transición política.

Tiene estructura territorial en cada caserío del país, base popular real, identidad propia, poder económico y poder comunicacional. Es más grande que Maduro. Siempre lo fue, de hecho.

La pregunta, entonces, no es si el chavismo sobrevive, sino en qué se convierte. Y ahí entran Delcy y Jorge Rodríguez.

Los hermanos, lejos de improvisar, llevan años trabajando en un proyecto político para el chavismo que va más allá del dictador encarcelado en Nueva York. Su aspiración es convertir el chavismo en un peronismo a la venezolana.

La presidenta interina de Venezuela , Delcy Rodríguez, habla junto al presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, y Diosdado Cabello.

La presidenta interina de Venezuela , Delcy Rodríguez, habla junto al presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, y Diosdado Cabello. Reuters

Quieren reinventarlo como una fuerza política permanente dentro de un sistema que eventualmente sea democrático.

La coronación de sus ambiciones pasa, circunstancialmente, por el movimiento iniciado por el teniente coronel golpista que los venezolanos eligieron en 1998.

Lo que ocurrió el 3 de enero lo cambió todo.

La captura de Maduro no sólo sacó al líder del tablero. También le entregó el poder en bandeja de plata a los Rodríguez. Saquen sus propias conclusiones.

Pero lo cierto es que, hoy en día (guste o no), Delcy es presidenta, mientras Jorge encabeza la Asamblea Nacional, de donde emana la legalidad de la eventual transición. Tienen el futuro de Venezuela en sus manos.

Por primera vez en la historia del chavismo, las dos figuras que han estado construyendo este proyecto tienen las condiciones institucionales para ejecutarlo.

Y las señales ya están ahí.

La Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, promulgada por Delcy en febrero, reconoce implícitamente que el Estado mantuvo presos políticos durante décadas.

La reforma de la Ley de Hidrocarburos rompe el monopolio de PDVSA y abre la puerta, aunque sea tímidamente, a la inversión privada.

Las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, rotas desde 2019, se restablecieron.

El petróleo fluye de nuevo.

Los acuerdos energéticos y mineros avanzan.

Nada de esto es casualidad. Es la construcción deliberada (con el tutelaje y apoyo de la Casa Blanca) de un chavismo que pueda presentarse ante el mundo como un actor político legítimo, y no como un régimen dictatorial.

Un chavismo que negocia, abre mercados, libera presos políticos y se alinea con Washington.

Un chavismo que, llegado el momento de unas elecciones, pueda competir con credenciales de gobernabilidad y que, aunque pierda, se mantenga relevante.

Lo que hace viable la jugada peronista es que el chavismo no es sólo un gobierno. Es un movimiento con raíces profundas en la sociedad venezolana. Tiene influencia política, económica y mediática. Mantiene una narrativa que conecta con un porcentaje considerable de la población, aunque a algunos les resulte incomprensible.

Que sean o no mayoría dependerá de los vaivenes coyunturales, pero cuenta con una base sólida sobre la que hacer política.

Un mural de Hugo Chávez en una calle de Caracas.

Un mural de Hugo Chávez en una calle de Caracas. EFE

El peronismo en Argentina sobrevivió a la caída de Perón, al exilio, a la dictadura militar, a la hiperinflación, al menemismo y al kirchnerismo. Sigue siendo la fuerza política más importante del país, aunque no gobierne.

No porque sea bueno (objetivamente no lo es), sino porque tiene algo que ningún otro movimiento político argentino logró construir: identidad popular y estructura territorial.

El chavismo tiene ambas cosas.

El error de la oposición venezolana, y de buena parte de la comunidad internacional, es seguir operando como si una transición significara el fin del chavismo.

Como si la democracia fuera un borrador que elimina casi veintisiete años de historia política.

O como si millones de personas fueran a dejar de identificarse con un movimiento sólo porque cambie el gobierno.

Eso no ocurrió en Argentina ni en ningún país de la región que haya vivido un proceso similar. Y no va a ocurrir en Venezuela.

Quien planifique el futuro político de Venezuela sin incorporar al chavismo como actor permanente está construyendo sobre una fantasía. Y las fantasías no sobreviven al contacto con la realidad.

Hay otro ángulo que no se puede ignorar.

Un futuro gobierno elegido en Venezuela tendrá que mantener una relación estrecha con Estados Unidos. No hay alternativa. Washington invirtió capital político y militar en lo ocurrido el 3 de enero. No lo hizo por caridad, sino porque Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del hemisferio, minerales críticos y una posición geográfica estratégica.

Y eso no cambia con unas elecciones.

Los Rodríguez lo entienden y por eso construyen la relación con Washington en paralelo a la reconstrucción interna del movimiento. No es una cosa o la otra, sino ambas al mismo tiempo.

Legitimidad interna y legitimidad externa. Esa es la arquitectura del chavismo peronista que están armando.

Nada de esto busca opinar sobre si el proyecto de los Rodríguez es bueno o malo para Venezuela. Es una descripción de lo que está ocurriendo: una jugada política con lógica interna, precedentes y las condiciones más favorables de toda la historia del chavismo.

La pregunta ya no es si el chavismo sobrevive a la transición.

La pregunta es si la transición sobrevive al chavismo que los Rodríguez están construyendo.

¿Lo entenderá la oposición o fingirá no verlo?

*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.