La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, junto a Ana Millán. Europa Press
El feminismo asintomático de la izquierda con Ana Millán
Cuando una mujer no pertenece a su camarilla política, el feminismo de la izquierda se vuelve asintomático. Desaparece. Se evapora como las soldaduras de Adamuz.
Hay algo profundamente revelador en lo ocurrido estos días con Ana Millán.
Revelador no tanto por el caso en sí (porque los tribunales hablan cuando tienen que hablar), sino por la reacción de quienes llevan años presentándose como la policía de la moral pública y del feminismo de Estado.
Cuando una mujer no pertenece a su camarilla política, el feminismo de la izquierda se vuelve asintomático. Desaparece. Se evapora como las soldaduras de Adamuz.
Deja de manifestarse como en el célebre vídeo de Ábalos: "Soy feminista porque soy socialista".
La Justicia ha archivado la causa contra Ana Millán al considerar que no han quedado acreditados los delitos investigados relacionados con su etapa como concejal en Arroyomolinos.
Es decir, después de años de titulares, de insinuaciones, de campañas políticas y de juicios mediáticos, tanto el Ministerio Fiscal como el juzgado concluyen que no hay pruebas que sostengan las acusaciones.
Ana Millán.
El fiscal, conviene recordarlo, no es precisamente sospechoso de ser una sucursal del Partido Popular.
Y aquí llega la pregunta incómoda: ¿dónde están ahora las lecciones de feminismo?
Lo que hemos visto durante años no ha sido un ejercicio de crítica política (eso forma parte del debate democrático), sino algo mucho más cruel y más casposo: el señalamiento personal, la sospecha permanente y el intento de destruir reputaciones.
Cuando la izquierda habla de feminismo, en realidad suele hablar de feminismo de clase. Un feminismo que se activa sólo cuando la mujer señalada pertenece a sus filas. Un feminismo que desaparece cuando la víctima del linchamiento mediático es una adversaria política.
"Ni una sola rectificación, ni una sola disculpa, ni un mínimo gesto de prudencia"
Ana Millán no ha sido juzgada en un tribunal durante estos años. Ha sido juzgada en la plaza pública.
Y, aun así, ni una sola rectificación, ni una sola disculpa, ni un mínimo gesto de prudencia.
Al contrario.
En la Asamblea de Madrid, Manuela Bergerot decidió hace unas semanas seguir repitiendo acusaciones desde la tribuna. Lo hizo con una mirada desafiante a la vicepresidenta y ante la sonrisa de Millán (que parecía decir "tranquila, que hasta el rabo todo es toro"), incluso después de conocerse que la Fiscalía pedía el archivo de la no-causa.
Lo hizo, además, amparándose en la inviolabilidad parlamentaria. Esa figura que protege la libertad de expresión de los representantes públicos para que podamos ejercer nuestra función política. No para utilizarla como escudo desde el que seguir lanzando mentiras sin consecuencias.
Feminismo cobarde. Cuando uno cree en lo que dice, lo sostiene fuera del hemiciclo, donde las palabras tienen responsabilidades.
Cuando uno necesita refugiarse en su condición de diputada para seguir señalando a una persona, lo que demuestra no es convicción, sino cobardía.
Quienes hoy callan son los mismos que llenan pancartas cada 8 de marzo hablando de sororidad, de respeto y de igualdad.
Pero la sororidad, al parecer, tiene carnet ideológico. Si eres mujer y votas a la izquierda, mereces respeto. Si eres mujer y militas en el Partido Popular, puedes ser objeto de cualquier campaña.
Ese es el feminismo asintomático de la izquierda.
Así que sí, qué suerte tiene Ana Millán de tener aquí a su padre para ver que es una mujer honrada y valiente. La verdad sólo tiene un camino.
*** Jonatan Arroyo Perea es diputado en la Asamblea de Madrid, secretario de la Comisión de Presidencia, Justicia y Administración Local y portavoz adjunto en la Comisión de Digitalización.