El líder de AfD en Sajonia, Ulrich Siegmund, cuando llegaba a votar.

El líder de AfD en Sajonia, Ulrich Siegmund, cuando llegaba a votar. Reuters

Columnas LOS PESARES Y LOS DÍAS

Alemania empieza a sanar del trauma del nazismo

Los pueblos que padecen un exceso patológico de memoria están condenados a la decadencia.

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Un escalofrío ha recorrido el espinazo de la Vieja Europa, de resultas de la contundente victoria de la derecha radical de Alternativa para Alemania en las elecciones de Sajonia-Anhalt del pasado domingo.

Las plañideras a diestra y siniestra han unido sus lamentaciones por la presunta resurrección del nazismo en el país que lo vio nacer, mostrando su desasosiego por la indiferencia mostrada por los alemanes al dictado de la magistra vitae que debiera ser la Historia.

El despropósito de asimilar a una lesbiana feminista amancebada con otra mujer inmigrante (la líder de AfD) al mismísimo führer basta por sí solo para retratar la esterilidad de la manida reductio ad hitlerum. Ese soniquete con que nuestros comentaristas perezosos parangonan por defecto toda expresión que contenga trazas de nacionalismo y xenofobia a sucesivas reencarnaciones del Reich.

Estas categorizaciones dicen más de quienes las emplean que del fenómeno que supuestamente escrutan. Y son por ello muy elocuentes acerca de cómo nuestro régimen intelectual vive atrapado en el bucle estéril de los totalitarismos de entreguerras.

El trauma de la Segunda Guerra Mundial ha fungido como origen mítico del orden político de posguerra, el mismo que hoy hace aguas. Los horrores del Holocausto forjaron a fuego en la mentalidad europea un celo preventivo para conjurar la amenaza siempre latente de la reacción, y evitar a toda costa que nada parecido volviera a producirse.

Y la plasmación de esa vacuna antifascista fue la configuración de un estrecho consenso centrista, que limitó el rango de la competición electoral al abrigo de una especie de macartismo de baja intensidad.

O sea, un dispositivo disciplinario para demonizar toda opción que se apartase del modelo único. Lo cual redundó en una desconfianza crónica hacia cualquier idea política que abrazase valores densos y asertivos.

Un visitante cruza a través de uno de sus pasillos el Memorial a los Judíos Asesinados en Berlín, Alemania.

Un visitante cruza a través de uno de sus pasillos el Memorial a los Judíos Asesinados en Berlín, Alemania. Wikimedia Commons

Es lo que Chantal Delsol llamó el "desprestigio del pensamiento del arraigo", que desacreditó injustamente "todo lo que Hitler llevó al exceso". La desmesura nazi anatemizó para siempre el legítimo pensamiento conservador y antiilustrado, al que los populismos han devuelto su vigencia.

Los pueblos fueron así reeducados en la doctrina de la suspicacia hacia las grandes pasiones como el patriotismo, los grandes relatos como la religión o los liderazgos firmes y carismáticos.

La sociedad abierta debía vertebrarse únicamente mediante pacíficos vínculos económicos, desembocando en sociedades en las que todo conflicto fuera neutralizado hasta poder ser administradas casi en piloto automático.

Por eso causa tanto estupor en el statu quo que creyó en el fin de la Historia su regreso abrupto, el retorno de lo político y el resurgir de los "dioses fuertes".

El general De Gaulle recordó en una conversación postrera con André Malraux la importancia de las ilusiones en política, pues no hay concepción social que pueda sostenerse sobre un fundamento únicamente racional. Y llamó la atención sobre la ironía ínsita en la democracia liberal, que al tiempo que destruye todos los mitos políticos, edifica los suyos propios.

Pero esta mitología antimitológica no es capaz de ofrecer al pueblo un sentido de misión, principio movilizador de toda vida nacional.

Con su yermo verbalismo parlamentario, su inercia procedimentalista y su agnosticismo (o nihilismo) político, la democracia liberal aniquila el alma de los países. Y subrayaba De Gaulle la paradoja de que esta fuerza de profanación se considere a sí misma sagrada y definitiva.

El dichoso "patriotismo constitucional", "religión civil de posguerra" al decir de Peter Sloterdjik, ha sido por tanto incapaz de dar respuesta a la nostalgia de arraigo, pertenencia, comunidad y seguridad que trajo el nuevo fin de siècle.

Y el mismo marco mental maniqueo, al bloquear la imaginación política y castrar la energía de los pueblos, ha inoculado en las naciones europeas una pulsión tanática sin la cual no se explica su actual decadencia.

Afortunadamente, asistimos al crepúsculo de los ídolos liberales. Los opinadores ya no encuentran forma de sustraerse a la evidencia de que estamos ante un "movimiento dextrógiro" (Domingo González) que excede con mucho la coyuntura electoral contemporánea.

Las victorias de la llamada "extrema derecha" en todo Occidente confirman que ha brotado una rebelión soberanista, popular e identitaria frente a la sinarquía mundialista y su tecnocracia mortecina. Que hay un nuevo paradigma en ciernes que, por primera vez, contrarresta el sinistrismo imperante en la cultura desde 1789.

Es lo que algunos han definido como "la revolución de los idiotas" (por la acepción griega de la palabra: aquel que no habita la abstracción universal sino la mirada parcial de su circunstancia). Un término empleado, no en vano, por el primer ministro polaco para denigrar el triunfo de la AfD ("sólo los idiotas y los traidores pueden alegrarse").

La líder de Agrupación Nacional y candidata a la Presidencia de la República Francesa, Marine Le Pen, saluda a sus simpatizantes el pasado julio.

La líder de Agrupación Nacional y candidata a la Presidencia de la República Francesa, Marine Le Pen, saluda a sus simpatizantes el pasado julio. REUTERS/Benoit Tessier

Contra el sentir mayoritario en la prensa estos días, no encuentro motivo de inquietud en el hecho de que las nuevas generaciones de alemanes ya no tengan tan presente la huella nazi de su país.

Al contrario, se me antoja un síntoma de salud en una nación que viene padeciendo la "enfermedad histórica". La cual consiste, como explicó Nietzsche, en la parálisis de aquellos pueblos que soportan sobre sus hombros un exceso de pasado que ahoga la capacidad creadora y la acción.

Yo no sé si, como reza el mantra, las naciones que olvidan su historia están condenadas a repetirla. Pero lo que parece claro es que la "museificación" del presente acaba sofocando la mirada hacia el porvenir.

Alemania confundió la necesaria reparación de sus crímenes con un espíritu de perpetua expiación de una culpa histórica que torpedeó sistemáticamente su propio interés nacional.

La política alemana ha permanecido secuestrada durante décadas por un pavor irracional a cualquier asomo de debate sobre identidad nacional, soberanía o fronteras. Lo cual ha dado como resultado una economía en recesión, una política energética y migratoria suicida, y un desmantelamiento de sus capacidades defensivas e industriales.

Los efectos de esta hipertrofia de la política de la memoria han sido particularmente perniciosos en un país cuyo genio nacional era susceptible como pocos de verse damnificado por esta clase de tabúes, pues la cultura alemana es por esencia dinámica y vital.

El "ideal del germanismo", como explicó Eugenio D'Ors, se caracteriza por la "unidad de miras de los hombres de espíritu y los hombres de acción dentro de una misma imperialidad patriótica". Un ideal que ha sido tradicionalmente estigmatizado como un peligroso "militarismo", obviando sus inestimables aportes a la Historia Universal.

No es de extrañar la conmoción que ha causado la inédita victoria de AfD, pues ha herido de muerte el principio legitimador del orden político de posguerra en la nación que lo inspiró.

Pero es que algunos pretendían no sólo (parafraseando la cursilada de Adorno) que no se escribiera más poesía después de Auschwitz, sino que tampoco se hiciera más política. Y eso es una completa quimera.