Vladímir Putin visita el crucero Varyag, de su flota en el Pacífico. Sputnik
Rusia sólo avanza cuando Europa se retira
A fuerza de tener miedo de escalar, hemos dejado a Putin todo el margen para escalar solo, como quiere, cuando quiere.
"Rusia está recuperándose".
¿Ah, sí? Es cierto que fabrica misiles. Es cierto que ha completado su conversión en economía de guerra. Y es cierto que se anuncia, una vez más, la llegada de miles de norcoreanos dispuestos a dejarse hacer trizas.
Pero el ejército ruso sigue siendo el ejército ruso. Pierde más hombres cada mes de los que consigue reclutar. Su mando sigue siendo rígido, incapaz de transformar su superioridad numérica en avances decisivos.
De hecho, según las cifras del Institute for the Study of War, en julio no ganó, sino que perdió un poco de terreno cada día.
Y Putin sigue siendo el mismo hombre recluido, atrincherado en sus dachas, aterrorizado por sus propios cortesanos, que hace pensar alternativamente en el joven Calígula y en el último Stalin.
Así que sí, los civiles ucranianos mueren. Sí, la capacidad rusa de aterrorizar se ha vuelto monstruosa.
Pero ¿es eso la potencia? Se confunde la capacidad de matar con la de ganar.
Bomberos ucranianos trabajan en un edificio de apartamentos que quedó destruido tras un ataque ruso con misiles y drones.
Occidente ya no tendría suficientes misiles para entregar a su aliado ucraniano lo que necesita para defenderse. Y nuestros contables del desastre, en lugar de deducir que es hora de ponernos también nosotros en economía de guerra, concluyen que Ucrania está acabada…
Pero ¿desde cuándo se gana una guerra con una calculadora? ¿Y se ha batido alguna vez el ejército ucraniano, en estos cuatro años y medio, en igualdad de condiciones? Siempre ha tenido menos hombres. Menos aviones. Menos municiones. Menos profundidad estratégica.
Y, sin embargo, ha aguantado. Ha contraatacado. Ha asombrado al mundo con su ingenio, sus operaciones imposibles, sus golpes de mano que nadie ve venir, su arte de los drones.
Así que, por supuesto, hay que darle a Ucrania todos los interceptores disponibles.
Pero también hay que saber que esta guerra es la de la inteligencia contra la masa, del movimiento contra el número, de la imaginación contra la repetición, y que esta guerra, aunque el precio humano sea atroz, Ucrania debe ganarla.
Occidente tenía los misiles necesarios, pero Israel los ha consumido, desviado, robado en cierto modo a los ucranianos. Otra necedad. Necedad dudosa, pero necedad. Como si existiera en alguna parte un inmenso hangar lleno de misiles idénticos con, en cada caja, una etiqueta donde se pudiera sustituir "Ucrania" por "Israel".
Como si los sistemas fueran intercambiables, los stocks inmediatamente transferibles, las cadenas de mando indiferentes.
Y como si hubiera que elegir, sobre todo, entre dos democracias atacadas por dos potencias, Irán y Rusia. Ellas no eligen, sino que se alían. Occidente no ha elegido el mundo que es el suyo y donde Moscú, Teherán, los islamistas radicales y, mañana, Dios no lo quiera, Pekín y Ankara ponen a prueba juntos nuestros arsenales y nuestros nervios.
Pero, una vez que ese mundo está ahí, el problema no es saber a cuál de nuestros aliados abandonaremos primero, sino darnos los medios para defenderlos a todos.
Explosión de un vehículo tras un ataque ruso en la región de Kiev.
Pero he aquí sin duda lo más necio: incluso si tuviéramos esos misiles, no habría que desguarnecernos y sacrificar nuestra propia defensa.
Pero, en fin… ¿dónde se cree uno que se juega esa defensa? ¿En Verdún? ¿En Bormes-les-Mimosas? ¿En el Rin?
No. En Ucrania.
En Sumy, Pokrovsk, Dnipro, Kramatorsk, esas ciudades que he filmado y donde no he dejado de oír: "Cada misil ruso abatido es un misil del que Europa ya no tendrá que protegerse; cada brigada rusa fijada en el Donbás es una brigada que no está en las fronteras bálticas; una Rusia envalentonada, rearmada por su victoria, convencida de que Europa habla fuerte, pero siempre retrocede, he ahí, para vosotros, hermanos europeos y franceses, el verdadero peligro".
Entonces, ¿"desguarnecerse" por Ucrania? Es todo lo contrario. Es defenderse aguas arriba. Y guardar nuestras armas en almacenes mientras Ucrania se bate por nosotros sería la más absurda de las prudencias: aquella que prepara el peligro del que pretende preservarnos.
Y, para terminar, la gran palabra: escalada (y su gemelo: cobeligerancia). No crucemos tal línea, se nos dice. No entreguemos tal arma. No protejamos demasiado eficazmente ese cielo que no es el nuestro. Porque correríamos el riesgo de provocar al Kremlin.
Pero ¿quién provoca a quién, al final? ¿Quién bombardea? ¿Quién, incluso antes de la guerra a gran escala contra Ucrania, amenazaba explícitamente a Moldavia, Polonia, Lituania, Estonia? ¿Quién hace volar sus aeronaves sobre Copenhague, Oslo, Bruselas o Berlín?
¿Quién habla de "romper la columna vertebral de Europa"?
¿Y quién, por ahora, se inmiscuye en nuestras elecciones?
Hay algo de extravagante en este vuelco. A fuerza de tener miedo de escalar, hemos dejado a Putin todo el margen para escalar solo, como quiere, cuando quiere. Y la mejor manera de detenerlo no es, desde luego, mostrarle que cada nueva amenaza basta para hacernos temblar.
Rusia sólo avanza gracias a nuestras retiradas.