El fabulador británico Jarson Arday.
¿En qué se parece Pedro Sánchez a Jason Arday?
La visión de la realidad de la izquierda es un relato infantil de absolutos morales.
Confío en que no se enfade nadie si cuento una pequeña anécdota sobre la enorme credulidad del periodismo español.
En septiembre de 2021 llegó a las redacciones españolas la noticia de una agresión homófoba ocurrida en el barrio madrileño de Malasaña.
La noticia contaba que un joven gay había sido agredido a plena luz del día por un grupo de ocho neonazis encapuchados que le habían grabado la palabra maricón en el glúteo con una navaja.
Conmoción y pavor entre el periodismo español. Ojos de conejo deslumbrado en la autopista.
Jorge Javier Vázquez alertó del resurgir del nazismo y se quejó por no poder "pasear tranquilo por Madrid a mis cincuenta y un años".
Ana Pastor calificó la denuncia de "espeluznante" y recomendó leer el artículo que daba los detalles de la agresión.
El relato de esta denuncia es espeluznante. Lean a @pedroagueda
— Ana Pastor 🇪🇸 (@_anapastor_) September 6, 2021
https://t.co/EblG6eki4M
Las asociaciones LGBT convocaron manifestaciones de protesta.
El Gobierno de Pedro Sánchez convocó una reunión urgente de la Comisión de seguimiento contra los delitos de odio.
Eldiario.es publicó un estremecedor artículo donde se describía el calvario del Gólgota por el que había pasado el Jesucristo de Malasaña:
"Pero llega un domingo por la tarde y lo hacen. Uno ha comprado ocho pasamontañas, uno por cabeza. Y han salido a la calle a plena luz del día. Así de impunes se sienten. Han ido a Malasaña, que allí seguro que encuentran a un maricón. Y se han fijado en uno que camina solo con su móvil. Y han ocultado su rostro, como hacen los cobardes, y se han lanzado sobre él. Le han metido en un portal y le han partido el labio de una hostia. Unos le agarran. Otros vigilan que nadie se acerque, que nadie baje por las escaleras.
Y le bajan los pantalones. Y el chico llora y grita y trata de golpear, de despertar, de ser otro, pero no puede, no le dejan, porque ocho hombres han decidido que tiene que pagar por ser quien es. Y le bajan los calzoncillos. Y le llaman 'maricón', pero esta vez sienten que no les basta con decirlo, porque el placer del insulto es demasiado efímero. Y sacan una navaja. Y todo ese odio se transforma en sangre".
Las redes estallaron. ¡Así había sucedido! ¡Exactamente así!
La noticia confirmaba lo evidente. Que España avanzaba de cabeza, cuernos por delante, ciega de ira homófoba, en dirección al abismo del nazismo.
Decenas de miles de gais españoles empezaron a plantearse la posibilidad de mudarse a algún lugar más tolerante que el barrio de Malasaña de Madrid. Lugares como Gaza, Teherán o el Raval de Barcelona.
Plaza del Dos de Mayo, en Malasaña. Europa Press
Ese día yo andaba por casualidad en un evento de periodistas para periodistas. Uno de esos donde se suele comentar la reciente concesión de un premio que lleva el nombre de un periodista a otro periodista, entre aplausos de periodistas y la glosa de otros periodistas.
Allí estaba, en fin, la élite del periodismo español. Los Navy Seal del teclado. Las águilas más preclaras del oficio. Los columnistas que iban a llevar el género al siglo XXII escribiendo como en el siglo XIX. Los jefes de sección a los que no se les escapa una.
Los últimos guardianes del Muro de la Verdad Caiga quien Caiga.
Y la unanimidad fue casi total. Digo "casi", porque excepciones hubo.
Pero lo que importa es que, frente a una noticia obviamente falsa y que olía a invención por los cuatro costados (no hacía falta tener la calle del Vaquilla o del Torete para intuirlo), se abrieron las compuertas de la presa del empoderamiento y el squirting de la superioridad moral inundó las rotativas españolas. La mentira se bebió como si fuera agua por aquellos cuyo trabajo es, precisamente, desconfiar de todo.
Ese día salió del armario hasta el último de los centristas del centro centrado. ¡La izquierda siempre había tenido razón! ¡Vuelve el nazismo! ¡Ni Stalin ni Ayuso! ¡Todos a Sol contra los neonazis encapuchados!
Luego aparecieron mis preferidas, las madres del periodismo. Esas santas sufridoras que interpretan todas las noticias en función de su estado emocional del día, generalmente frágil.
Para esas madres, todas las víctimas del planeta, verdaderas o presuntas, "podrían ser sus hijos". ¡Sus ovarios contienen el mundo! ¡Ellas son las nuevas Vírgenes María que acogen en su seno al Redentor que cargará con todos los pecados de la humanidad y morirá por ellos!
Curiosamente, esa emocionalidad de todo a un euro sólo brota con víctimas criminales. Nunca con las verdaderas víctimas. Como en el libro Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver, una madre siempre querrá a su hijo, aunque sea un asesino de masas con dos docenas de crímenes a cuestas.
Hoy puedo presumir de que yo no me tragué el ‘bulo del culo’, como acabó siendo conocida la burda trola de Malasaña. Y recuerdo perfectamente haber aconsejado a algunos de mis compañeros un prudente "yo le daría unas horas a la noticia". Por supuesto, a cambio de ser considerado "una mala persona".
Luego, alguno de ellos salió muy digno por televisión diciendo que "todos" deberíamos reflexionar por habernos tragado esa mentira.
No, amigo, "todos" no. Tú.
Porque lo repito. No hacía falta ser un lince para comprender que los elementos cinematográficos de la noticia olían a invención.
Y ni siquiera se trataba de una elaborada invención. Era una mentira similar a la que se inventaría un niño que ha roto la urna de las cenizas del abuelo y en la que se mezclaran monstruos casi mitológicos con un hilo temporal incoherente, coartadas imposibles y un relato, como poco, inverosímil.
Vamos, que había que ser tonto para creerse esa estupidez.
El truco para detectar este tipo de mentiras es en realidad muy sencillo.
Basta con saber que la izquierda no comprende el funcionamiento de la realidad y mucho menos el de la naturaleza humana. Hay docenas de estudios sobre esto y Jonathan Haidt ha escrito algunos libros sobre el asunto.
Porque la visión de la realidad de la izquierda es un relato infantil de absolutos morales, de villanos sin matices y de víctimas siempre, siempre, heroicas. Y por eso los bulos más colosales, esos que nadie en su sano juicio creería posibles en la vida real, son 100% verosímiles para ellos.
Porque en su cabeza, Madrid es una ciudad peligrosa donde hordas de neonazis encapuchados patrullan las calles a la búsqueda de un joven gay angelical al que torturar grabándole la palabra maricón en el culo.
Y esa historia cuela porque encaja en su visión infantil de la realidad y porque, en consecuencia, justifica toda su chatarra ideológica.
Sin esa fábula, el edificio entero de su cosmovisión moral se viene abajo.
Ese edificio no soporta nunca el peso de la realidad. En este caso, el de un vulgar chapero que se vendió a un cliente sádico que le torturó por diversión y a cambio de dinero.
Y por eso se lo creen. Porque la alternativa es asumir que su visión de la realidad está equivocada de la primera a la última coma.
Y por eso la reacción del periodismo español tras conocerse la mentira fue "vale, no ha pasado, pero podría haber pasado".
Ahí está la madre del cordero. "No ha pasado, pero podría haber pasado".
Vivimos en el planeta de las infinitas posibilidades jamás concretadas. El mismo planeta en el que los servicios y las ayudas del Estado son gratis, los heterosexuales odian a los gais por ser gais, el dinero se imprime sin consecuencias y en Cuba se vive mejor, más libre y más feliz, que en Madrid.
La izquierda me recuerda en este sentido a esos astrofísicos que, frente al dilema imposible del ajuste fino de las leyes del universo, responden "dado un tiempo y un espacio infinito, cualquier cosa puede ocurrir". ¡Hasta dragones!
El infinito es el deus ex machina de los científicos y la fantasía, el deus ex machina de la izquierda. En sus más alucinados delirios, todo es posible. Hasta lo imposible.
El mentiroso británico Jarson Arday.
Con Jason Arday, el mentiroso de la universidad de Cambridge, ha ocurrido algo similar. Una historia evidentemente falsa, plagada de invenciones delirantes, fabulaciones infantiles y trolas colosales, ha sido asumida como real por las autoridades académicas británicas, los políticos del país y el periodismo internacional.
¿Por qué? Porque el mentiroso era negro y llevaba rastas. Eso bastó.
Es decir, el elemento cinematográfico, el del negro marginado que se sobrepone a todas sus limitaciones para superar, como por arte de magia, a todos los blancos que habían intentado hundirle en el pasado, llevado a las más altas cotas del esperpento.
Sólo hay que ver un solo vídeo de las banalidades que decía Arday en público para darse cuenta de que, en el mejor de los casos (el mejor), sufría un trastorno severo de la personalidad.
Ahora, tras su muerte, la misma izquierda que espoleó al fabulador, que lo utilizó y que lo convirtió en "el profesor negro más joven de la historia de la Universidad de Cambridge", acusa a "la derecha" de su muerte.
¿Por qué? Por haber destapado sus mentiras. Lo siguen utilizando después de muerto como lo utilizaron cuando todavía vivía.
Ojalá existiera un método para que periodistas, políticos y académicos que se tragan estas mentiras, por convicción o por cinismo, estuvieran obligados a apostar su dinero en ellas.
Y me gustaría también saber cuántos de ellos aceptarían perder todos sus ahorros a cambio de poder seguir sosteniendo en pie la mayor de todas esas mentiras.
La de que Pedro Sánchez es algo más que un Jason Arday que ha llegado a presidente del Gobierno y su mujer, Begoña Gómez, otra Jason Arday que también quiso ser profesora de universidad.