Juan Manuel Moreno.

Juan Manuel Moreno.

Columnas ALIKINDOI

Andalucía se emancipa de su pasado

Feijóo sale esta noche con su modelo territorial refrendado. Moreno, en cambio, queda atrapado en una contradicción que deberá gestionar con una precisión que hasta ahora no le había sido exigida: liderar la Andalucía pospolarización con Vox en el bolsillo.

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Andalucía es el mayor laboratorio político de España. Y ayer votó contra el guion: el de los analistas que daban por segura la mayoría absoluta de Moreno, el de quienes pronosticaban la remontada socialista con Montero como carta de triunfo, el de los que esperaban un Vox en alza y a quienes apostaban por una izquierda alternativa en retirada.

La historia central de estas elecciones andaluzas no es la de Juanma Moreno, aunque haya ganado con amplitud.

Es la del PSOE y el suelo abierto bajo sus pies.

Veintiocho escaños (dos menos que su ya mínimo histórico de 2022) no son solo el peor resultado del socialismo andaluz en cuatro décadas, son la señal de que ya no existe una base sobre la que reconstruir. Un partido que pierde votos cuando ya estaba en mínimos no atraviesa una crisis de liderazgo pasajera, está en contracción estructural.

Andalucía deja atrás el voto heredado, una cultura entera de dependencia y subordinación. El PER que ataba al jornalero a la papeleta, los ERE que convirtieron el dinero público en instrumento de fidelización partidista.

El complejo de inferioridad ante una España que miraba al sur con condescendencia, y al que cierta izquierda andaluza respondía con un sectarismo de trinchera que nunca fue emancipador, sino una forma de perpetuar la tutela disfrazándola de identidad.

María Jesús Montero comparece al término de la noche electoral.

María Jesús Montero comparece al término de la noche electoral. Europa Press

El cambio no ha sido ideológico en el sentido clásico. Andalucía no se ha vuelto de derechas por convicción doctrinaria. Ha dejado de ser de izquierdas por inercia, que es un proceso completamente distinto y bastante más irreversible.

Las nuevas clases medias andaluzas, construidas al margen de las viejas estructuras de dependencia, no son exactamente conservadoras sino post-clientelares. Han crecido en una Andalucía con expectativas propias, con movilidad social real, con una relación con el Estado que ya no pasa por la intermediación del partido.

Para ellas, el relato socialista es simplemente ajeno. No les habla de su experiencia: les habla de la de sus padres, en un mundo que reconocen vagamente pero que ya no habitan.

La gran sorpresa de la noche, y quizás la más reveladora para el diagnóstico de fondo, es la de Adelante Andalucía, que ha pasado de 2 a 8 escaños. Sumados a los 5 de Por Andalucía, la izquierda que opera fuera del marco socialista alcanza los 13 diputados, prácticamente lo mismo que Vox al otro lado del espectro.

El voto de izquierda extrema en Andalucía no ha muerto, sino que se ha reubicado en formaciones más regionalistas, más orgánicas y territoriales.

Es el mismo fenómeno que vimos en Aragón con la Chunta Aragonesista: izquierdas radicales de raíz local que no aspiran a gobernar España sino a gobernar su tierra, y que conectan con un sentido de pertenencia que los partidos nacionales llevan años sin saber generar.

Estas formaciones no florecen por casualidad, sino porque el espacio que ocupan lleva tiempo vacío, y porque saben llenarlo con una narrativa que el PSOE ha perdido la capacidad de construir.

Para Ferraz, este dato debería ser más inquietante que los propios 28 escaños: significa que una parte significativa de su electorado histórico no ha ido al centro, sino a una izquierda de tinte anarco-regionalista que le ha dado la espalda.

En la línea de estancamiento que ya ha mostrado en las anteriores citas electorales autonómicas, Vox sube apenas un escaño hasta 15 y queda muy lejos de los pronósticos que lo situaban como gran beneficiario de la fragmentación.

Vox se ha estabilizado en una meseta de la que difícilmente saldrá al alza, y su papel como muleta parlamentaria es ya una fórmula predecible y, por eso mismo, declinante en términos de impacto político. Lo que Vox ofrece al PP es aritmética, no proyecto.

Y esa aritmética tiene un precio estratégico que esta noche se hace visible con toda su incomodidad.

Porque la última lectura de esta noche es la más difícil para el PP, y conviene no soslayarla. Juanma Moreno gana con 53 escaños, una victoria amplia e indiscutible, pero sin la mayoría absoluta que necesitaba para consolidar su modelo propio de centralidad. Por apenas dos escaños, necesitará a Vox para gobernar.

El PP que se ha construido en Andalucía sobre el relato de la moderación, la gestión desideologizada y la temperatura baja, arrastra ahora a Vox como condición de investidura.

Si Moreno hubiera obtenido la mayoría absoluta gobernando en solitario, habría firmado sin pretenderlo una enmienda a la totalidad del modelo Feijóo: la demostración de que se puede ganar en grande sin necesitar a la derecha dura.

Pero no ha sido así. Y esa no-absoluta, paradójicamente, es el mejor resultado que Génova podía esperar esta noche. Ratifica la única aritmética disponible para el centroderecha español en buena parte del territorio, que no es sino integrar a Vox como socio menor sin entregarle el relato ni la agenda.

Incómodo pero funcional. Y replicable.

Feijóo sale esta noche con su modelo territorial refrendado.

Moreno, en cambio, queda atrapado en una contradicción que deberá gestionar con una precisión que hasta ahora no le había sido exigida: liderar la Andalucía pospolarización con Vox en el bolsillo. Cuatro años dan para mucho.

Y Andalucía, como ha demostrado esta noche, para bastante más de lo que nadie esperaba.