Seguidores del participante israelí en el Festival de Eurovisión de este año.

Seguidores del participante israelí en el Festival de Eurovisión de este año.

Columnas LA CAMPANA

Los neopuritanos han censurado Eurovisión

Pedro Sánchez ha decidido que España no participe en Eurovisión y que RTVE no retransmita tan pecaminoso espectáculo. RTVE se convierte así en púlpito y Pedro, en telepredicador en la sombra, aunque pagado por todos.

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Una pista. Si usted se siente obligado a disculparse antes de manifestar simpatía por determinados personajes, quizás esté padeciendo, sin darse cuenta, una campaña de propaganda.

Esto pasa mucho con Ayuso y uno sabe que debe emitir un disclaimer (por ejemplo, "es muy radical, pero") antes de regocijarse con el enésimo revolcón propinado a Mónica García.

También ocurre con Trump, claro.

Es obvio que tanto Ayuso como Trump pueden ser legítimamente objeto de críticas (y esto en sí tal vez sea un nuevo disclaimer), pero aquí me refiero a esos momentos en los que tus antenas sociales vibran y te avisan del riesgo de emitir ciertas opiniones.

Porque muchas veces esto es efecto de una propaganda invisible que ha construido una determinada etiqueta social.

Esto pasa, desde luego, con Israel, aunque en España, la propaganda antiisraelí no es precisamente discreta. Mientras escribo estas líneas, desde la SER califican (de forma rutinaria, con cierta desgana, como quien describe algo que todos saben) a Israel como un Estado genocida.

Alicja, de Polonia, tras la primera semifinal del festival de Eurovisión.

Alicja, de Polonia, tras la primera semifinal del festival de Eurovisión. EFE

Hace unos días, Pedro Sánchez otorgó la Orden del Mérito Civil a la relatora de Naciones Unidas Francesca Albanese. En 2024 se hizo famosa porque corrigió a Macron diciendo que el 7-O no fue una masacre antisemita, sino una "reacción" a la "opresión de Israel".

Unos meses más tarde, en una entrevista que le hizo Piers Morgan, puso en duda las violaciones cometidas por los gazatíes el 7-O.

El pasado mes de febrero, en una cumbre con representantes de Hamás y el ministro de exteriores iraní, dibujó a Israel como la cabeza de una conspiración mundial, y afirmó que "como humanidad, tenemos un enemigo común".

Así están las cosas: Israel queda fuera de la Humanidad, que representan Hamás, la teocracia iraní y Francesca Albanese. Y Pedro Sánchez, claro.

Los judíos han sido el chivo expiatorio tradicional, ese con cuya eliminación las sociedades pretendían resolver sus propios problemas. Pero ahora no estamos exactamente ante un chivo expiatorio sino ante otra cosa: Sánchez, Diego Rubio y sus cien mil Turlurones saben que no tienen nada más que ofrecer a sus fieles que indulgencias. Entradas a una tribuna moral desde la que sentarse satisfechos y contemplar con superioridad a la derecha, a Trump y a Israel. Estos son los demonios sin los que (Eric Hofer nos lo recuerda) ningún movimiento de masas puede funcionar.

En esa capacidad de dispensar certificados morales, similar al que gozaron los clérigos en siglos pasados, está el poder de la izquierda actualmente.

Sea como sea, el efecto es que una ola de antisemitismo se extiende por España, aunque ahora no dicen "judíos" sino "sionistas", que es la forma fancy de ser antisemita. Hace unos días se pasearon por Barcelona unos reporteros israelíes (¡sionistas!) y el panorama que describieron es bastante preocupante.

En esas estábamos cuando Pedro Sánchez puso sus ojos sobre el Festival de Eurovisión, que cobija demonios sionistas que a veces incluso ganan. Por eso ha decidido que España no participará y que RTVE no retransmitirá tan pecaminoso espectáculo. RTVE se convierte así en púlpito y Pedro en telepredicador en la sombra, aunque pagado por todos.

Hay sin embargo un problemilla, una víctima colateral del fervor religioso atizado por Sánchez para mantenerse en el poder: el público LGTB.

Verán. Desde la década de los 90 este es un público al que Eurovisión ha mimado especialmente. En 1997 participó el primer artista declaradamente gay, y un par de años más tarde ganó el premio Katrina (también gay) con sus Waves.

La primera cantante trans fue Dana International, que era, vaya por Dios, israelí.

En 2014 ganó la drag queen Conchita Wurst. Desde entonces, se han multiplicado los participantes integrados en el colectivo LGTB, que hoy está aún más representado en Eurovisión que en una serie estándar de Netflix.

Las cantantes de Abba, frente al holograma del grupo. A su lado, Conchita Wurst.

Las cantantes de Abba, frente al holograma del grupo. A su lado, Conchita Wurst. Reuters

Esta visibilidad proporcionada por el Festival al mundo LGTB no ha sido siempre pacífica, y ha provocado multitud de críticas e intentos de censura. Por ejemplo, ante las amenazas de judíos ultraortodoxos, Dana International tuvo que alojarse en el único hotel de Birmingham provisto de ventanas a prueba de balas.

En 2020, en medio de la ola anti-LGBT promovida por el gobierno Orbán, Hungría decidió no participar.

La victoria de Conchita Wurst en el festival fue recibida con críticas y burlas en la Rusia de Putin.

Tampoco es una novedad que una televisión haya intentado boicotear Eurovisión.

En 2013, la emisora turca TRT se retiró de la transmisión en respuesta al beso lésbico de Krista Siegfrids. Y en 2018, Mango TV, la plataforma china de streaming, censuró la emisión por un baile entre personas del mismo sexo, que encuadró en "relaciones y comportamientos sexuales anormales". Ahora España se une a estos países de probada tolerancia y tradición democrática en la censura del Festival de Eurovisión. Y RTVE se alinea con TRT y Mango TV.

Por otros motivos, dirán. Pero en realidad, es el mismo: el deseo, por parte del poder político, de controlar el discurso moral de la sociedad. Aunque unos pretendan imponer determinados códigos sexuales, y otros la teoría de Los Protocolos de los Sabios de Sion.