Los fantásticos Toni Servillo y Sorrentino en el rodaje de 'La Grazia'.

Los fantásticos Toni Servillo y Sorrentino en el rodaje de 'La Grazia'.

Columnas DESÓRDENES

Sorrentino es el mejor detector de hombres ridículos

El fan de La gran belleza, La juventud o Parthenope debería estar en la cárcel. El de Fue la mano de Dios y The Young Pope ya respeta los derechos humanos. ¿Mis chicos favoritos? Los que prefieren Las consecuencias del amor o La Grazia.

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Sorrentino nos cautivó tanto que dio la vuelta sobre sí mismo, como un reloj que completa la hora, y ha acabado por ser un detector de tipos ridículos, de tipos con los que es mejor no tomarse ni un vaso de agua.

Esto no es un insulto al director, al contrario. Esto es un favor que él nos hace, una cortesía suya.

Quiero que quede claro que yo a Sorrentino le quiero cuando está excesivo y cuando está castrado y que me ayuda a pensar el mundo retorciéndolo en su brillo, deformándolo.

Le defiendo porque yo siempre he defendido la literatura de la exageración, ya sea cóncava o convexa. Esa es mi escuela: la del histrión.

Sorrentino sabe que está hinchado y se esfuerza en abultarse un poco más, es decir, coquetea bulímicamente con vomitarse a sí mismo. Se sacrifica. Explotará como un globo de sol y música y cuando reviente, me dejará por fin el vestido manchado de sangre.

Es el Jesucristo de lo suyo, de la hipérbole. Él morirá en el centro de la plaza. Él se entrega para que yo distinga mejor la categoría de los hombres que le admiran sin posibilidad de llegar jamás a ser él.

A él le excita oscuramente ese contraste, esa grieta invencible entre el icono y la copia.

Fotograma de La gran belleza, de Sorrentino.

Fotograma de La gran belleza, de Sorrentino.

Sorrentino es una enfermedad que concierne a los hombres (un trastorno límite de la personalidad que colinda en un trasnochado look Marc Ostarcevic) y estos pobrecillos no se dan cuenta.

Sorrentino es, porque puede, un clamoroso chulo costero de subconsciente melancólico, pero siempre se salvará de la parodia porque ante todo es un narrador extraordinario que canta a todo aquello que nos mata y al mismo tiempo hace que la vida valga la pena. Bien.

La cosa es qué haremos ahora con el muerto que nos ha dejado, esto es, su ejército. Con esta chalada cantidad de notas vestidos de lino blanco que babean puros como falos y describen sus gayolas en Substack. Muerte por ripio.

Les reconoces fácilmente porque no han dado un palo al agua en su vida pero te cogen del hombro y no hay tutía: te obligan a relajarte por cojones. "Ey, ey, hermano. Mira el mar. Respira. Mira cómo cambian los colores de la tarde. ¿Lo ves? Lo tenemos todo".

Todo menos vida laboral.

No le dan importancia al dinero porque son rentistas. Confunden bohemia con parasitismo. Tienen relojes obscenos, pero querrían tener talento. ¿Tú tienes reloj? ¿No? Bueno. El mejor reloj es el sol, al final. Jajá.

Te dicen todo esto sin vergüenza, apestando a su alquimia de mandarina e incienso. Y te torran hasta que suplicas clemencia con su imaginario de fruta fresca, de balnearios en ruinas frente al océano y de las rodillas de su mujer favorita.

El sorrentinismo es huevonismo. Hay un pesar lírico en sus pelotas.

Fotograma de La gran belleza, de Sorrentino.

Fotograma de La gran belleza, de Sorrentino.

Te dirán cosas grotescas que ellos mismos no entienden, pero que suenan bien y que oyeron por ahí, cosas como que eres la chica más bonita que han visto en la vida aunque la vida quepa en una noche.

Pero espérate, esto qué quiere decir. Te quedas como confundida. Soy la más guapa o no, hijo de puta.

Hablan en círculos. No hay mucha profundidad en ese charco.

No es hedonismo, es pereza intelectual.

Hacen elogio de la soledad elegida, pero es todo una opereta para llevarse a una pituki de coxis estrecho a la cama: no soportan estar más de cinco minutos consigo mismos. Necesitan alguien a quien darle la chapa. Parecen decirte "soy el solitario rey de un palacio de invierno, pero ahora que arranca junio, cómo me gustaría una compañera de charlas…".

Hay un Jep Gambardella de Gunilla. Otro del Club Matador. A veces ni eso: hay un Jep Gambardella del Gamberro Taberna Canalla de Olavide. Y un Jep Gambardella en exclusiva ibérico, el de Ventas, que te viene con que el miura más peligroso es una mujer. Jajajá. Esas putas mierdas.

Se definen a sí mismos como amantes de los veranos, los negronis y la carne roja. ¡Pero bueno! Nosotros no. A nosotros nos gusta cagarnos de frío comiéndonos unos fingers en un sótano de Entrevías.

Ellos han descubierto el trampolín hacia la verdad y la belleza (es decir: son alcohólicos).

Hicieron dos burpees y se contaron que eran héroes homéricos.

Yo sé su secreto: no hay ninguna mujer que les guste tanto como se gustan ellos mismos, aceitosos en la barca, o sus compadres de aventuras. Son grecolatinos para todo. Quiero decir, de un narcisismo marica.

El que describo, claro, es el hombre que se proyecta a sí mismo en el Sorrentino prototípico, el de La gran belleza, La juventud o Parthenope. Si me preguntan, yo creo que en general deberían estar en la cárcel. Son de un rijosismo que acojona. Son Torrentes enmascarados de Mediterráneo: son Torrentino. Viejos verdes de treinta años que nunca se redimen en ese intenso rascar suyo de la belleza: siempre están un poco huecos, siempre están un poco tristes. Henchidos de nada.

Fotograma de La juventud, de Paolo Sorrentino.

Fotograma de La juventud, de Paolo Sorrentino.

Pero luego hay un varón fan de otro Sorrentino que sí me resulta confiable. El que prefiere The Young Pope o Fue la mano de Dios. El que se dibuja ahí. Este man respeta los derechos humanos a la vez que entiende el juego del mundo como una alcanzable necesidad.

¡Yo les quiero! ¡Son amigos míos!

Mis preferidos, al final del día (con los que tendría definitivamente una cita), son los adeptos al Sorrentino más sobrio, más ético, más desolado. El de Las consecuencias del amor o esta última, La Grazia, que me conmueve en su contención.

Creo que con ella el director nos dice que sabe hacerlo: que no necesita mujeres preciosas ni hombres hedonistas para hacer una gran película. Que no necesita de lo evidente (de las grandes instituciones del deseo y de la fantasía) para resultar cautivador.

Me mola esta búsqueda del otro placer: la dignidad.

Fotograma de La Gracia, la última y fantástica película de Sorrentino.

Fotograma de La Gracia, la última y fantástica película de Sorrentino.

Me gusta este avanzar mediante la duda, tan unamuniano.

Me flipa cómo Sorrentino escucha a Dios y luego lo contradice porque cada uno tiene un papel en esta vida.

Y, sobre todo, me interesa su ansia de levedad… las ganas de ser grácil y sencillo… de ser divertido y un poco imbécil, como la mejor amiga del protagonista, tan pizpireta y verborreica.

Me recuerda al poema de León Felipe: "Ser en la vida romero, romero..., sólo romero. / Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, / pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, / ligero, siempre ligero".

Pues eso. ¿Cenamos?