Fotografía de la plaza de Olavide, en Chamberí.
Los fines de semana cierran Fuencarral al tráfico y a mí eso me parece la civilización. Hay perros y niños por todas partes e insólitamente les quiero, aunque durante años aseguré que no me interesaban ni unos ni otros. Ahora entiendo que siempre hemos deseado la misma cosa, una única cosa: jugar.
En los días buenos somos lo mismo. Salvajes y felices, desordenados. Mordemos de broma pero atinamos a hacer sangre. En los días malos no somos nadie. Cualquiera podría hacernos daño.
Los perros, los niños y yo somos criaturas pendulares.
Dependemos mucho del sol, pero hoy lo tenemos. Eso y todo.
También la alegría. Y la cosa quijotesca de salir a buscar la aventurilla a la vuelta de la esquina.
Soy la mujer con gorra y gabardina que muerde un pain au chocolat calentito del Alma Bakery y lee a Nora Ephron en la mañana. Soy una detective, una infiltrada. Hoy no me maquillé y tengo nidos de pecas y los ojos claros y enjuagados de las piscinas pretéritas, hoy me reconocerán como a una igual: los niños y los perros me sacan la lengua y yo les saco la lengua para que el mundo ruede.
Confirmado: nos hemos reconocido.
Miro a Ángel, que lee la prensa a mi lado. Tuvimos un susto hace un rato en el kiosko de Bilbao, frente al Café Comercial: de repente era un puesto de Cabify. Me entró el pavor y pensé un poco en atentar.
“¿Y los periódicos?”, le dije, bastante alarmada y hostil, a una chica de morado que daba camisetas ridículas. Y salió el kioskero de un toldillo, como un duende, para darnos La Vanguardia y El País: “No, siempre les pido a estos poder vender la prensa… si no, me negaría…”. Bueno, bueno. Él sabe que estoy un poco decepcionada, pero que sobre todo me alegro de que resista.
A la altura del Viena Capellanes, donde las señoras con permanente se ponen más guapas que nunca insultando a sus maridos con las amigas, unos muchachos tocan música clásica y un crío muy pequeño ha hecho de una parada de bus su portería.
Todo el mobiliario urbano cambia de significado cuando la calle es nuestra.
Ángel está deseando que le caiga un balón cerca de los pies para levantarse del banco, darle algún toquecito y devolvérselo al niño.
Adoro extrañamente esa tensión masculina: la de estar siempre, de algún modo, esperando a recibir un pase; añorando un pase misterioso en cualquier parte, en la oficina o en la librería o en el restaurante, un pase de un niño antiguo o nuevo desde alguna plaza remota del mundo, un pase a toda velocidad entre los rayos azules del tiempo…
“Perdone”, le dice el chavalito, que no es tan educado como para saber que es muy faltón tratarnos de usted. Y Ángel dice: “No, no…”, con el gesto tan grato, tan inmenso, que en lo que la pelota hace la parábola le miro y ya tiene otra vez diez años. Se quitó veinticinco de un golpe.
Yo nunca he sido más joven que desde que este niño me gusta, hace apenas un siglo.
Decía Louise Gluck que sólo miramos el mundo una vez, en la infancia, y que el resto es memoria.
Yo creo que lo más inteligente es alternar su niñez y la mía.
Cuando tengo un catarro, por ejemplo, mi niñez prevalece por orden de supervivencia y él se hace mayor pero no tanto (porque prepara una merienda de pan con mantequilla y Cola Cao: una elección tan noventera que rejuvenece, y me da las medicinas y me hace beber mucha agua y se siente fundamental mientras yo teatralizo mi muerte inminente como una diminuta folclórica, como una de esas niñas viejas…).
A cambio de su curro de chef antivanguardias, yo tolero la programación de hombre hetero: dinosaurios y accidentes aéreos. Me quejo, pero al final me mola, y luego, a la noche, sueño durante diez horas que vuelo a lomos de un animal imposible y hermoso, como en La historia interminable.
Me curo muy rápido del resfriado, como si fuera un prodigio de la ciencia moderna, y salgo a la calle con un lustre distinto, con la altura que te da que te miren bien, con un esplendor nuevo consistente en que alguien se esfuerce en que no te mueras nunca.
El carnicero me dice que estoy más mona. Pienso algo pero no se lo digo: es diferente cuando te han cuidado otros a cuando te has cuidado tú misma. No es mejor, pero es diferente… Creo que el amor te hace sentir una aristócrata.
En Chamberí es más fácil, claro.
Nos bajamos a los bancos de Olavide y yo leo a Cheever.
He pensado en hacer como El nadador pero con los jardines de Madrid: atravesar la ciudad surcando el Museo del Romanticismo, y el Museo Cerralbo, y los Jardines de Sabatini, y el Jardín Botánico... A brazada salvaje por los arbustos y las fuentes, esperando algo, buscando algo...
Yo quería escribir cuentos como ese, cuentos sobre personas que beben y toman el sol y tienen resaca de las fiestas que se celebran al lado de piscinas preciosas, pero siempre escribo sobre una mujer que no para de llamar a un teléfono descolgado.
Aunque, bien pensado, el de Cheever también acaba yendo de eso, ¿no?
Mi abuelo dice que para ser lista lo primero que hay que hacer es no comerse mucho el coco, y tiene razón, así que me voy a comer unas gambas rojas y una ensaladilla de pulpo a La Mina de General Álvarez de Castro. Tú me dirás. Te chupas los dedos.
Antes de eso apunté algunas cosas (éstas) sobre ser feliz en las inmediaciones de la glorieta de Quevedo. Para que no se me olviden. Para que no se me escapen. Para que alguien coja el teléfono, allá, al otro lado.