Noelia Castillo durante su entrevista en el programa 'Y ahora Sonsoles' de Antena 3.

Noelia Castillo durante su entrevista en el programa 'Y ahora Sonsoles' de Antena 3. YAS Antena 3

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Habría sido bueno que Noelia viviera

Se ha fallado a Noelia de mil maneras diferentes y la eutanasia es la última y más grave de todas ellas.

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Habría sido bueno que Noelia viviera.

No daba igual si vivía o moría. Porque no somos la misma sociedad antes que después de que haya recibido la eutanasia.

Cuando una joven de veinticinco años, que es víctima de una violación, que viene de una familia disfuncional y que sufre dolor crónico por un intento de suicidio, sale en televisión hablando de que quiere dejar de sufrir, lo que está pidiendo es ayuda.

Se ha fallado a Noelia de mil maneras diferentes y la eutanasia es la última y más grave de todas ellas.

No paramos de oír que Noelia decidió poner fin a su vida.

Y es mentira.

Noelia dijo una y otra vez que quería dejar de sufrir. Y preguntó cómo se vive una vida con tanto dolor.

Y el Estado le susurró la palabra "libertad" al oído. Se lo susurró a quien no podía realmente hacer uso de ella.

Entre la libertad y la desesperación hay un abismo y nos hemos asomado a él. No podemos fingir no verlo.

Habría sido bueno que Noelia viviera. La respuesta a sus preguntas debía ser otra. Noelia nos miró a los ojos diciendo que no veía nada al otro lado. Y, en vez de cogerle la mano y decirle que los demás sí que lo vemos, y que le íbamos a ayudar a llegar hasta ahí, nos encogimos de hombros y le dijimos que, efectivamente, no hay nada.

Y ahora se ve lo que advertimos cuando se hablaba de "muerte digna". Cuando se nos decía que no teníamos corazón por pretender "alargar el sufrimiento de las personas". Por no considerar el suicidio subvencionado como "un acto de compasión".

Por no aceptar que la solución "al sufrimiento" sea eliminar al que sufre.

Es otra de estas cosas que se nos dijo que nunca iba a pasar y que ya está pasando: cuando abres la puerta a la idea de que hay vidas con menos valor que otras, los que acaban sufriendo más son los más vulnerables. Aquellos hacia los que tenemos un especial deber de protección.

"El simple acto de un hombre valiente es no participar de la mentira", decía Aleksandr I. Solzhenitsin.

Hay que negarse a participar de la mentira.

De hecho, habría que negarse a participar en cualquier debate como este, que parece más una clase de educación a la ciudadanía que el que sería exigible en una sociedad que asiste a una tragedia.

No me interesa si se agotaron todas las vías posibles con Noelia. El hecho de que quisiera morir y de que estuviera dispuesta a retransmitirlo por televisión junto a su familia es toda la respuesta que necesito.

No me interesa siquiera plantear que la vida de una joven de veinticinco años podía mejorar, que su situación podía cambiar, que podía llegar a ser feliz.

No me interesa tampoco ahondar en por qué cuando alguien da indicios de que se quiere suicidar se activan protocolos, y nos llenamos la boca con los discursos sobre la salud mental y la autoayuda, pero a la historia de Noelia le pusimos música de piano de fondo y lanzamos una cuenta atrás.

No me interesa, porque dirigir el discurso hacia el marco de las garantías es otra forma de hacer el mal. No quiero ver a alguien como Noelia contando que va a ser eutanasiado y que nosotros nos dediquemos a preguntarnos "bueno, pero, ¿se ha hecho según el protocolo?".

El caso de Noelia es un claro ejemplo de que el mal no se convierte en bien a golpe de burocracia.

El caso de Noelia es la prueba de que una sociedad que ha decidido que el bien es aquello que se publica en el BOE genera este tipo de cultura: incompetente para garantizar la vida, pero con mano de cirujano para ponerle fin.

No me sé la vida de Noelia y no quiero hurgar en ella porque la decencia y el pudor aconsejan siempre no subir a la palestra las heridas de nadie.

Pero es que ningún detalle más o menos cambiará la única certeza que tengo sobre su situación: que su vida tenía un valor.

Que toda vida tiene valor porque no somos máquinas.

Y el sufrimiento, la falta de autonomía y la enfermedad no nos restan un ápice de ese valor porque no son cortocircuitos en un robot. Son heridas de un ser humano hacia las que tenemos una responsabilidad de sanación.

No quiero aceptar que la muerte es una solución válida, como la de quien resetea el sistema con el botón de apagado. No quiero aceptar que el Estado decida qué vidas son dignas y cuáles no. No quiero aceptar la posibilidad de que Noelia esté mejor muerta que viva.

Poner fin a la vida de Noelia no es una victoria para ninguna causa. No se podrá coronar su historia con ninguna bandera de libertad.

Habría sido bueno que vivieras, Noelia.

Y lo verdaderamente insoportable no es que ella no lo viera, sino que nosotros dejáramos de decírselo.