Robert Trivers.
Ha muerto Robert Trivers, el hombre que explicó por qué nos gusta Sydney Sweeney
Trivers y la psicología evolutiva nos han proporcionado un afilado machete con el que adentrarnos en la naturaleza humana.
Recogiendo las proporciones sugeridas por el arquitecto romano Vitruvio, Leonardo da Vinci dibujó el cuerpo humano en un cuadrado y un círculo.
El cuadrado representaba lo terrenal, y la figura humana, con los brazos en horizontal y los pies juntos, encajaba perfectamente en él.
El círculo simbolizaba la perfección de lo celestial: con el ombligo en el centro, las piernas abiertas y los brazos alzados delimitaban su perímetro.
Con esto, Leonardo quería simbolizar que el cuerpo humano es un puente entre el mundo terrenal y el mundo divino, y por eso sentimos un placer estético al contemplar uno provisto de las proporciones adecuadas.
Ahora intenten encajar, digamos, a Sydney Sweeney, con sus cuadrados y sus círculos, en el esquema de Leonardo.
Cuéntenme que les resulta atractiva porque simboliza el nexo entre lo terreno y lo celestial.
Sydney Sweeney.
Háblenme, si quieren, de la armonía universal y de la música de las esferas.
Pero me temo que la verdad es más absurda. Y más interesante.
Imagínense a dos primates de hace un millón de años a los que sendas mutaciones genéticas han proporcionado dos manías diferentes: al primero le resultan sexualmente atractivos los pechos que apuntan hacia arriba, y al segundo los pechos caídos, que tapan púdicamente el ombligo.
Ninguno de ellos ha oído hablar de Vitruvio, ni es especialmente sofisticado; simplemente, su deseo sexual se activa con interruptores diferentes.
La cuestión es que la característica "pechos hacia arriba" está correlacionada con la fertilidad, y "pechos hacia abajo", no. Por eso, el primate A tiene muchas más posibilidades, en caso de conseguir una cópula con una hembra de su preferencia, de que la cosa termine en embarazo y descendientes que heredarán su misma manía.
Por una mera cuestión de matemáticas, a lo largo de generaciones la manía del primate A acabará imponiéndose en el pool genético de los humanos.
Por eso los hombres actuales estamos provistos de ese mismo interruptor erótico, que la buena de Sweeney activa con tanta elegancia.
Y es que nos creemos más racionales de lo que somos, pero lo cierto es que la evolución nos ha dotado de un montón de manías como esta, que nosotros nos limitamos a romantizar.
La disciplina científica que las estudia es la psicología evolutiva, y en ella Robert Trivers era un dios.
'La Insensatez de los Necios, La Lógica del Engaño y el Autoengaño en la Vida Humana'.
Hijo de un diplomático, estudió psicología y se doctoró en biología por Harvard. Ideológicamente era un desastre: cuando uno lee La necedad de los necios: la lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana tiene que apartar pudorosamente sus comentarios políticos.
Fue íntimo amigo de Huey P. Newton, fundador de los Panteras Negras, que apadrinó uno de los hijos que tuvo con mujeres jamaicanas, pues vivió allí parte de su vida.
Suyo es el concepto de "altruismo recíproco", que intenta explicar cómo es posible que este se desarrollara, cuando es mucho más costoso que el egoísmo: las mismas matemáticas evolutivas que han dibujado nuestras preferencias eróticas deberían haber eliminado la abnegación.
También nos explicó nuestra tendencia al autoengaño que, según él, facilita poder engañar mejor a los demás.
Es como si Trivers y la psicología evolutiva nos hubieran proporcionado un afilado machete con el que adentrarnos en la naturaleza humana.
Desgraciadamente, la eclosión de esta ciencia ha coincidido con el reinado de la chaladura woke, que atribuye todos los fenómenos que la contradicen a la acción de misteriosas estructuras de poder.
Cuando una niña escoge una muñeca en vez de una pistola desintegradora, lo explica por la perniciosa influencia del patriarcado. La psicología evolutiva tiene su propia explicación, pero los aquejados por el son los auténticos negacionistas de la ciencia.
Probablemente la aportación más interesante de Trivers es la teoría de la "inversión parental" según la cual el sexo que más esfuerzo invierte en su descendencia es más selectivo al escoger pareja, y los miembros del sexo menos inversor compiten entre sí por el favor de los miembros del primero.
Piensen en los humanos.
Mientras que al hombre le bastan unos breves movimientos sincopados para fertilizar un óvulo, la hembra debe llevarlo en su interior durante nueve meses y alimentarlo, y después amamantar al descendiente y cuidarlo durante un periodo no definido.
En todo ese tiempo en que la hembra está ocupada, el hombre ha podido (en teoría) seguir teniendo cópulas para fertilizar otros óvulos.
Para las hembras ancestrales hacer una buena elección podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Aquellas que escogían bien (a parejas con recursos abundantes, alto estatus en la tribu, habilidades atléticas para cazar y dispensar protección) tenían más probabilidades de sobrevivir y sacar adelante a su familia.
A lo largo de generaciones se desarrolló la compleja habilidad de evaluar y ponderar una serie de cualidades relevantes a través de indicadores fiables.
Por eso las mujeres actuales son más selectivas que los hombres. Y por eso estos compiten más duramente por conseguir riqueza y estatus para atraerlas.
Vaya usted a explicar esto a una feminista de género, y verá cómo se pone.