Jaume Ripoll.

Jaume Ripoll.

Columnas YABADABADÚ

Por qué nunca me quitaré Filmin

Lo que uno espera de un intermediario audiovisual es que defienda su mercancía precisamente cuando se pone en cuestión su derecho a ofrecerla.

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No he visto Ícaro: la semana en llamas, el documental, desde el punto de vista de la Policía Nacional, sobre los disturbios en Barcelona en otoño de 2019 a raíz de la sentencia del Supremo sobre el procés.

Tengo cierto interés. Estuve en la capital catalana esa semana cubriendo aquello y tal cosa es más excepción que norma en una carrera periodística en la que el reporterismo no ha ocupado todo el espacio que uno hubiera deseado (y no digamos ya fuera de Madrid).

Es dudoso que vaya a disponer del tiempo. Su presencia en la plataforma Filmin va a ser efímera. Está previsto que salga del catálogo el día 31 de enero.

Escuchando las palabras en RAC-1 del alma-máter de la compañía, Jaume Ripoll, lo hará para no volver. Puso la película como un auténtico trapo y sostuvo que, de haberla visto antes, nunca la habría incorporado a su oferta.

Se ha planteado incluso retirarla inmediatamente, pero no lo hace para no incumplir el ya de por sí corto contrato firmado en su momento.

Estas palabras se pronuncian en un contexto que las hace particularmente tristes.

Filmin ha sido objeto de un ataque feroz por parte del independentismo más cerril, si se permite la redundancia, por albergar el documental en cuestión. La cosa ha ido más allá de las maldiciones habituales en redes sociales, generalmente emboscadas en el anonimato. La sede de la compañía amaneció con una pintada amenazante.

Es fácil comprender a Ripoll cuando dice estar “hecho polvo”.

Sucede que lo que uno esperaría de un intermediario audiovisual es defender su mercancía precisamente cuando se pone en cuestión su derecho a ofrecerla. Él puede pensar lo que quiera de Ícaro: la semana en llamas, e incluso arrepentirse de su inclusión (el detalle de que la viera solamente después de la controversia no parece menor).

Pero salir con esas precisamente ahora es conceder una victoria, siquiera parcial, a los intolerantes del pensamiento único y a los aficionados a imponer su voluntad por encima de la ley.

Qué no se habría dicho de los responsables del cine Amaya de Madrid si les hubiesen dado la satisfacción a los guerrilleros de Cristo Rey de decir que La prima Ángelica (Carlos Saura, 1974), la película cuya proyección sabotearon varias veces con violencia, tampoco merecía la pena.

Ripoll dice haber sentido el número de bajas, azuzado por el independentismo, experimentadas estos días. Tras su paso por la radio de Godó, los que blasonan en redes de “quitarse de Filmin” responden ahora a otro perfil ideológico.

Que no cuenten conmigo. De entre todos los productos a los que estoy suscrito, Filmin sería el último del que podría prescindir. Los que ahora la defienden echan mano, precisamente, de su alto volumen de contenido en catalán y de su defensa de la producción europea. Bienvenido sea todo.

Está bien tener ahí a Truffaut o Fellini. Pero lo que convierte a esa plataforma en un paraíso del aficionado es su catálogo inabarcable de películas, fundamentalmente estadounidenses, que semeja sus menús a aquellos cubos del VIPS rebosantes de títulos, primero en VHS y luego en DVD, a precios ventajosos.

Ahí se encontraba de todo.

Filmin es lo más parecido a aquel Cine Club de La 2 que podemos encontrar entrado el segundo cuarto del siglo XXI. Allí desfilan títulos de Cukor, Hawks, Minnelli, Pakula, Pollack. Pulsas en uno y este te acaba llevando a otro. Tanta cinefilia de IMDB y acabas descubriendo películas de las que, todavía a estas alturas, nunca habías escuchado hablar.

Yo sé que el rollito que lleva Filmin para muchas cosas no es el mío. Sus promotores tendrán, seguramente, una visión de la vida y de las cosas no demasiado próxima a la de uno.

Mucho de su material disponible me produce exactamente cero unidades de interés.

Francamente, me importa un bledo. Ni subiendo a su plataforma un documental ciscándose en mi sombra conseguirían mi baja.

Una reacción así nos equipararía a todo aquello que tenemos claro que no queremos ser.