Protestas en Irán.

Protestas en Irán.

Columnas BLOC DE NOTES

¿Por qué somos tan pusilánimes en Irán?

Nuestro pretendido realismo arrogante es sólo otra forma (la más cobarde) de dejar morir a los iraníes a manos del régimen de los ayatolás.

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A pesar de la noche electrónica caída sobre Irán, la verdad se alza.

El régimen habla de miles de muertos.

El Sunday Times, basándose en un informe elaborado por una red de médicos iraníes, avanza la cifra de 16.500.

La ONG Iran Human Rights, ubicada en Noruega, juzga plausible un balance de 20.000 muertos.

Y otros temen todavía más.

Cuando estas cifras sean establecidas, se sabrá que los ayatolás han matado en la región, en algunos días, más que cualquier otro régimen en este siglo.

El líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.

El líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei. Reuters

Es ya el récord mundial por hora de matanza desde el genocidio de Ruanda.

Y estamos presenciando la masacre metódica y fría de un pueblo por un Estado que le ha declarado la guerra.

Añadan las imágenes de ametralladoras montadas en camionetas disparando a discreción.

Las de francotiradores apostados en los tejados apuntando a la cabeza.

Añadan la información según la cual el régimen, para estar bien seguro de que la mano de los asesinos no tiemble, ha recurrido a milicias llegadas de Irak.

Y añadan este refinamiento en la crueldad y el horror: "el precio de la bala", los miles de euros de rescate exigidos a las madres, a los padres o a los cónyuges que vienen a recuperar el cuerpo de sus muertos.

Ninguna desviación, ninguna comedia geopolítica, ningún psicodrama ártico o polar ocultará esta evidencia: la masacre de los inocentes de Irán es, hoy, con el bombardeo de los ucranianos por Vladímir Putin, la gran tragedia del mundo.

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Los Estados Unidos de Donald Trump tienen, ante esta situación, una responsabilidad histórica.

No pueden pretender que la cuestión de Groenlandia es, para ellos, un asunto de seguridad nacional, y no ver que un régimen que los desafía desde hace casi cincuenta años, que asesina o toma como rehenes a sus nacionales, que organiza, financia y arma un arco del terror que va desde Hamás a Hezbolá pasando por milicias asesinas de kurdos, constituye, para el mundo libre y para ellos mismos, un peligro no sólo estratégico sino vital.

Es inconcebible desafiar a un aliado como Dinamarca, humillar al pacífico primer ministro groenlandés, contemplar un enfrentamiento con Europa y un desmembramiento de la OTAN, y decir, al mismo tiempo, "respetar enormemente" la suspensión por Jamenei de ochocientas ejecuciones que aparecen como un número mágico que no sirve más que para blanquear el resto de los crímenes del régimen.

Y, sobre todo, ¿cómo se puede exhortar a un pueblo a seguir levantándose, a apoderarse de los lugares de poder, a memorizar los nombres y los rostros de sus verdugos porque la ayuda está "en camino", para, finalmente, fallarle y, como en la tragedia griega, entregar a los suplicantes a la venganza de un régimen desesperado?

Esto sería para la administración estadounidense una traición sin precedentes.

Sería una falta todavía más grave que la de Barack Obama frente a la dictadura siria, oponiendo la línea roja que sería el uso de armas químicas y, cuando esa línea fue franqueada, apartando la mirada y absteniéndose.

Me atrevo a creer, esperar, rezar que todos nos equivocamos, que los Estados Unidos saben que la Historia los observa y que terminará acudiendo en socorro de este pueblo que lucha por valores que también son los suyos.

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Pero Europa tampoco puede eludir esta cita con el evento iraní.

Puede (debe) decidirse a inscribir el cuerpo de los Guardianes de la Revolución en la lista de organizaciones terroristas.

Puede (debe) congelar los activos financieros de Irán o de sus indignos dignatarios, como lo hace con sus aliados rusos.

Miembros de la policía iraní asisten a una manifestación a favor del Gobierno en Teherán.

Miembros de la policía iraní asisten a una manifestación a favor del Gobierno en Teherán. Reuters

Puede (debe) expulsar a los diplomáticos y cerrar las embajadas de un régimen que ha perdido toda legitimidad y todo derecho a representar a su pueblo.

Y, a menos que se traicione a sí misma, debe (y tiene los medios) plantearse sanciones contra los Estados, todos los Estados, que, como China, apoyan o incluso financian indirectamente a los masacradores.

Los iraníes fueron Charlie cuando se ejecutaba a toda una redacción en el corazón de París.

Las mujeres que desafían a los ayatolás libran, al precio de la sangre, la gran revolución feminista que decimos querer apoyar.

Entonces, ¿por qué tanta pusilanimidad?

¿Por qué tan pocos, en las calles de París, Londres, Roma, Madrid o Berlín, gritan "mujeres, vida, libertad"?

¿Y en nombre de qué ruines segundas intenciones el pueblo francés, por ejemplo, no es más activo en apoyar esta insurrección de la libertad, la igualdad, la fraternidad?

Indignas son estas deserciones.

Repugnantes estas lecciones que pretenden dar a los iraníes enlutados: "cuidado con la injerencia y la conspiración imperialista… no confundir revuelta contra la carestía y verdadera insubordinación... los pueblos deben liberarse solos e ir solos hasta el final de su prueba... y además ese Pahlavi, francamente... ¿no tienen nada mejor en la tienda?"

Esta falsa sabiduría, este pretendido realismo y esta auténtica arrogancia son otra forma (la más cobarde) de dejar morir.