Turning Points: Global Agenda 2019.

Turning Points: Global Agenda 2019. The New York Times

The New York Times 2019

EL MUNDO EN LA ENCRUCIJADA

La historia revisionista de Rusia

El Gobierno insiste en evocar el glorioso pasado de la Unión Soviética, incluso si es todo mentira.

Punto de inflexión: en febrero de 2018, el gobierno polaco convierte la vinculación de la nación polaca con los crímenes de guerra nazis en un delito castigado con cárcel. La ley tuvo que ser suavizada tras una oleada de protestas internacionales.

Es común oír a mis compatriotas decir que Rusia es un país con un pasado impredecible. Es verdad: es frecuente que nuestra historia se reescriba para hacerla coincidir con la agenda política y los caprichos superficiales de los que están en el poder.

Esta mentalidad es especialmente visible durante las celebraciones anuales que conmemoran la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en 1945 y en las que una histeria carnavalesca se apodera del país. Hay marchas militares en las calles, conmemoraciones, conciertos. Los niños se visten con uniformes militares en las guarderías. Los oficiales se ponen el lazo negro y naranja de San Jorge, símbolo de rememoración.

Los rusos llaman a esto "pobedobesie", o el "frenesí de la victoria". Los logros soviéticos ocupan un lugar central y los aspectos más desagradables de la guerra -desde la colaboración entre Joseph Stalin y Adolf Hitler al principio del conflicto, hasta la victoria militar de Estados Unidos sobre Japón- son eliminados.

Incluso la cronología de la Segunda Guerra Mundial está sujeta a revisión. Para el resto del mundo, la guerra empezó el 1 de septiembre de 1939. En Rusia, no obstante, la Gran Guerra Patriótica, que es como se le llama, empezó cuando Hitler lanzó su ataque sobre la Unión Soviética y terminó el 9 de mayo de 1945 con la capitulación de la Alemania nazi, y no con la rendición formal de Japón unos meses después.

La historia es la principal fuente de orgullo para muchos rusos

Ese afán por resaltar los logros soviéticos durante la guerra es la forma que tiene el gobierno de darle a los rusos algo que desean fervientemente tras la dolorosa humillación de perder la Guerra Fría: un sentimiento de orgullo nacional. Las encuestas muestran sistemáticamente que la historia es la principal fuente de orgullo para muchos rusos.

Este énfasis en las victorias de la Unión Soviética en tiempos de guerra sirve también para legitimar la intervención militar de Rusia en Ucrania en 2014. Desde que las manifestaciones del Euromaidán de 2013 llevaran al país a una realineación política más cercana a la Unión Europea, la maquinaria propagandística rusa se ha esforzado al máximo para calificar el cambio de golpe neonazi planeado por Occidente. La historia que se les cuenta a los rusos desde la televisión estatal es que las fuerzas fascistas amenazaban la seguridad de sus vecinos eslavos y que a Moscú, según cuentan ellos, no le quedó más remedio que ir al rescate de los miles de ciudadanos de etnia rusa que viven en Ucrania.

Mientras tanto, los elogios hacia los antepasados victoriosos de la Segunda Guerra Mundial han rehabilitado parcialmente el antiguo régimen soviético. Han empezado a aparecer retratos de un Stalin con bigote en las marchas militares y, ocasionalmente, a alguna calle se le pone su nombre.

Pero el revisionismo no es sólo una tendencia social. Es la ley. Está prohibido comparar los crímenes de la Alemania nazi con los de la Unión Soviética. Hay, por ejemplo, una ley contra la rehabilitación del nazismo firmada por el presidente ruso Vladimir Putin en 2014 que castiga a la gente por "difundir intencionadamente información falsa sobre las actividades de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial" y por "profanar símbolos de la gloria militar de Rusia". El mero hecho de sugerir que los nazis y los soviéticos colaboraron durante la guerra es suficiente para ser multado.

La legislación evoca la versión enmendada de la "ley de memoria" polaca que el presidente Andrzej Duda firmó en febrero de 2018 (y que tuvo que modificar ante la indignación pública). La enmienda estaba dirigida a aquellos que acusaran al país de connivencia en los crímenes cometidos por el Tercer Reich en suelo polaco. El sector crítico advirtió sobre la posibilidad de que el gobierno de Duda explotara la ambigüedad del texto para castigar a sus enemigos.

Al final, la presión tanto interna como internacional forzó a los legisladores polacos a dar marcha atrás y revocar las penas criminales para aquellos que violaran la ley. El panorama es peor en Rusia, donde la ley antinazi de Putin ya ha sido utilizada contra activistas que estaban en contra del gobierno.

Uno de los grandes peligros de los experimentos de Rusia con el revisionismo es que entierra sus episodios más dolorosos

Después de que unos asaltantes anónimos mancharan la cara del líder de la oposición rusa, Alexei Navalny, con tinte antiséptico de color verde, uno de sus seguidores compartió en las redes sociales una imagen editada con Photoshop que mostraba un monumento de la Segunda Guerra Mundial de la ciudad de Volgogrado cubierto con pintura verde. Fue suficiente para que acabara en arresto domiciliario por profanar un símbolo de la gloria militar rusa.

Uno de los grandes peligros de los experimentos de Rusia con el revisionismo es que entierra los episodios más dolorosos de su historia. Sandarmokh, un lúgubre lugar en los bosques del norte de Rusia, es un caso particularmente ilustrativo. En 1937, cientos de personas inocentes fueron asesinadas en las purgas de Stalin. Desde el descubrimiento de una fosa común en el lugar en los años 90, la gente se ha reunido allí en una conmemoración anual para honrar a las víctimas. Yo estuve también en el verano de 2018.

No había estrado, sólo un podio improvisado y un amplificador. No asistió ni un solo dirigente local. Yuri Dmitriev, el historiador que había descubierto el lugar de la tragedia, estaba en la cárcel acusado de agredir sexualmente a su hija adoptiva. Los seguidores de Dmitriev sostienen que el caso fue amañado para castigarle por un trabajo que arrojaba luz sobre los crímenes soviéticos.

Mientras escuchábamos un discurso, teníamos cerca a un escuadrón de cosacos uniformados que, antes de marcharse, nos gritaron a los que allí nos habíamos reunido: "¿De qué estáis hablando? ¡Basta ya de fascismo!"

Unas cuantas semanas más tarde, la Sociedad Histórica Militar Rusa empezó a excavar en la zona. La organización, una iniciativa gubernamental fundada en 2012, intenta probar que al menos algunos de los cuerpos allí enterrados pertenecen a soldados del Ejército Rojo fusilados por los finlandeses durante la Guerra de Invierno.

Parece que Rusia no está lista todavía para reconocer las páginas más oscuras de su historia. En lugar de asumir responsabilidades por su pasado, se dedica a revivirlo una y otra vez. Y esto hace que sea mucho más difícil escapar hacia el futuro.

Alisa Ganieva es novelista y ensayista rusa. © 2018. The New York Times and Alisa Ganieva.

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