Pilar Alegría, en el momento de la votación.

Pilar Alegría, en el momento de la votación.

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Pilar Alegría: una grieta política convertida en naufragio

Si Extremadura fue la primera grieta sísmica del sanchismo, Aragón se perfila como la consolidación de esa grieta en el corazón del equilibrio político español.

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El adelanto de las elecciones prometía claridad, orden y un mensaje político nítido. En realidad, ha servido para confirmar que la situación es más compleja, más fragmentada y más peligrosa de lo que muchos anticipaban.

Los sondeos preelectorales ya apuntaban que el Partido Popular, con Jorge Azcón al frente, sería la fuerza más votada.

Una victoria técnica pero sin mayoría absoluta, claramente por debajo de los 34 escaños necesarios para gobernar en solitario, y, por tanto, dependiendo de un Vox fortalecido.

Nadie dudaba tampoco de un colosal descalabro del PSOE y de los aglutinados de izquierdas.

Y así ha sido.

Demasiadas reminiscencias extremeñas, pero, desde luego, todo muy previsible. El PP debería estar preparado, de una vez, para tener una estrategia de gobierno clara para con el socio mutante que alternativamente ignora o ataca.

Jorge Azcón.

Jorge Azcón. EFE

Pero lo más espeluznante ha sido, de nuevo, la transferencia de votos del PSOE hacia Vox y otras fuerzas de la derecha radical. Y ya podemos concluir que este trasvase de votos no es anecdótico ni coyuntural. Es la expresión de una crisis de representación.

Este paisaje no puede entenderse sin profundizar en el eje vertebral de lo que, una vez más, ha ocurrido: la campaña electoral socialista ha sido ineficaz y autodestructiva.

La estrategia impuesta desde Ferraz y centrada en la figura de una candidata extremadamente frágil se ha mostrado aturullada y sin frenos, sin atisbo de un proyecto ni un discurso que conectara con las preocupaciones reales de los aragoneses.

Todo apunta a que el PSOE, que fue referente y maestro en la materia, ya no sabe cómo hacer política electoral. Ni organización de estructuras, ni activación de cuadros territoriales, ni equipos especializados que permitan sostener una candidatura competitiva.

Este diagnóstico tiene implicaciones políticas profundas. Si el PSOE se muestra repetidamente incapaz de construir un relato propio, articulado y creíble, no estamos hablando de un "fallo de campaña", sino de una cuestión políticamente existencial: la desconexión del electorado socialdemócrata tradicional.

Los resultados de las elecciones en Aragón, con sus prioridades claras (sanidad, servicios públicos, coste de la vida) refleja incuestionablemente el desánimo ante un partido que ya no logra traducir sus propuestas en confianza y expectativas.

El 8-F, dominado por la dialéctica PP-Vox frente a un PSOE languideciente, enfrentaba dos candidaturas mayoritarias en tránsito, pero ninguna proponía una transformación profunda.

Hemos vuelto a ver un espejo de las debilidades acumuladas en los grandes partidos, de la crisis de liderazgo y de la emergencia de fuerzas que capitalizan el descontento y la indignación.

De este modo, con un electorado que huye hacia opciones que refuerzan discursos más identitarios y excluyentes, el PSOE se ha precipitado a la sima de un bochornoso resultado en Aragón, con Pilar Alegría como alicortado mascarón de proa del naufragio.

Era probablemente la peor candidata posible.

Alegría llegaba a las elecciones como ministra y portavoz del Gobierno, una doble condición que, lejos de reforzarla, la obligaba a renunciar de entrada a la credibilidad propia: era una candidata partícipe (y necesaria defensora) del relato de un Gobierno considerado por muchos como "el más mentiroso de la historia reciente".

Convertida más en escudo humano que en ariete, condenada a un viacrucis electoral, obligada a justificar en clave autonómica decisiones tomadas en Madrid y sin margen real para construir un perfil propio, la experiencia institucional y la corrección formal de Alegría se han disuelto como azucarillos en el mar turbio de sus lastres personales y políticos.

A ello se sumó la intervención directa de Pedro Sánchez en Huesca y Teruel. Su defensa pública del ministro Óscar Puente en pleno clima de duelo nacional, insensible y arrogante, le cayó encima a Alegría como el cubo de sangre de Carrie.

Pedro Sánchez y Pilar Alegría.

Pedro Sánchez y Pilar Alegría.

Cuando los sondeos confirmaron el deterioro, el equipo socialista entró en modo pánico. Se improvisaron actos, se multiplicaron rectificaciones, se enviaron delirantes whatsapps.

Después llegó el desfile de enviados: dirigentes nacionales, asesores, responsables orgánicos del PSOE, que, más que apoyo, transmitieron tutela y control. Y, como telón de fondo, el pegajoso estigma del 'caso Salazar', gestionado con ambigüedad y corporativismo, que añadió desgaste moral a una campaña ya debilitada.

Alegría quedó atrapada en el rechazo visceral como una mosca en una tela de araña.

Que el PSOE la enviara como candidata sacrificial revela una crisis profunda de cuadros territoriales. La política autonómica se ha convertido en una extensión instrumental de la nacional, por eso revientan las costuras electorales.

Además, la inmolación de Alegría es irresponsable para el sistema, porque desincentiva liderazgos futuros y refuerza la idea de que las comunidades son escenarios secundarios. El mensaje implícito es demoledor: Aragón no merece un proyecto propio, sino una delegación ministerial.

Y así, más allá de quién suma qué, estamos ante un retroceso del centro político y una normalización de fuerzas que alimentan agendas más irracionales que pragmáticas.

Y esto no es sólo un problema aragonés: es, otra vez, un síntoma de lo que le ocurre a España. Podríamos decir aquello de "menos mal que nos queda Portugal". Con candidatos que se llaman Seguro y Ventura, todo pinta mejor.

Pero en nuestro país ya no quedan cartas que jugar ni hay paracetamol que valga. Necesitamos unas elecciones generales para desbrozar este camino devastado.