No sé si el primero que vio Mountainhead fue Diego Rubio, Manolo de la Rocha, el propio Pedro Sánchez o uno de los cientos de funcionarios de Moncloa que cobran por detectar broncas que proponer al jefe.
Pero cualquiera que se haya tragado en HBO la tan mediocre como sardónica película de Jesse Amstrong —creador de Succession— y haya seguido a continuación la ofensiva de la Moncloa contra los "tecnoligarcas", no podrá por menos que exclamar: "¡Bingo!".
Esta vez el sanchismo ha dado en una buena diana. Mejor que la del alcalde de Móstoles que solo sirve para proteger a Pilar Alegría del "efecto Paco Salazar" en la recta final aragonesa.
Mountainhead cuenta cómo cuatro propietarios de redes sociales se reúnen en una lujosa mansión en medio de las cumbres nevadas de Utah para hacer ingeniería social a nivel planetario.
Se trata de inocular el caos a través de las deepfakes creadas con Inteligencia Artificial y repartirse el control del planeta. De "ver arder el mundo" desde su spa, arrimándole la tea del algoritmo de la polarización.
Su modelo "es tan bueno —alega el trasunto de Elon Musk— que ni los ejércitos pueden distinguir lo real de lo falso". El fuego amigo contra los presuntos insurgentes está garantizado. La masacre, también.
¿Por dónde empezar? "Podríamos comprar Haití. O Bélgica, con esos idiotas chocolateros…", dice uno de ellos.
Pero pronto centran el tiro: "Argentina se está hundiendo, el Banco Central se volvió loco". (Eran los días en los que pocos tomaban en serio la política económica de Milei).
Como si fuera una sesión de cine con palomitas, los "tecnoligarcas" contemplan el vandalismo inducido por ellos mismos en las calles de Buenos Aires y la instauración de una nueva dictadura militar, viajando medio siglo atrás en el túnel del tiempo.
Los perros ladran.
Pronto los veremos de excursión con sus motos de nieve, despojándose desafiantes de la ropa de invierno para mostrar en sus torsos desnudos las cifras tatuadas de los miles de millones que cada uno posee.
Al 'pobre diablo' que la 'tiene más pequeña' porque le sale un cero de patrimonio menos le llaman "el Sopas".
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Los abusos en las redes sociales y la impunidad de sus propietarios son el pan nuestro de cada día.
Hace década y media escribí con fascinación un artículo titulado "Alice in Twitterland" sobre las maravillas que nos aguardaban al otro lado del espejo. Ahora nadie me encontrará interactuando con mensajes personales en el basurero de "X".
Quede claro que estoy de acuerdo con Sánchez, y todos los demás que lo dicen, que las redes sociales no deben ser un "salvaje oeste" en el que le pueda alcanzar un balazo a cualquiera que pase por ahí.
Discrepo, en cambio, del consenso político sobre la prohibición del acceso a los menores de 16 años. Como nos ocurría con las salas de cine que programaban películas 'para mayores', la mera vigencia formal de esa prohibición se convertirá en un irrefrenable estímulo para saltársela.
Y engañar al reconocimiento facial arrugando el entrecejo será todavía más fácil que engañar al portero llevando pantalones largos.
Quede claro que estoy de acuerdo con Sánchez, y todos los demás que lo dicen, que las redes sociales no deben ser un "salvaje oeste" en el que le pueda alcanzar un balazo a cualquiera que pase por ahí.
Lo adecuado es proporcionar a las familias la tecnología que permita eficazmente el control parental sobre el consumo de sus hijos. Cada adolescente y cada entorno son diferentes y aconsejan itinerarios distintos.
La clave está en el sometimiento de las redes a las leyes ordinarias y en especial al Código Penal y a la Ley de Protección del Honor, cuya ampliación acaba de poner en marcha, de forma bastante atinada, el ministro Bolaños.
Por muy diferentes que sean sus prestaciones al usuario, las redes sociales no dejan de ser medios de comunicación en los que debe regir el principio de responsabilidad en cascada, al que he tenido que atenerme durante mis 45 años como director y editor.
Eso significa que, si alguien utiliza el medio para injuriar, calumniar o vulnerar el honor o la intimidad de otro, debe responder ante la justicia y eventualmente ser castigado por ello. Igual da que estemos hablando de un artículo, de un tuit o de una aplicación que permite desnudar virtualmente a una compañera de trabajo.
El autor tiene que ser identificado y perseguido. Y cuando se esconde bajo un seudónimo, son los responsables del medio los que tienen la obligación de revelar su identidad al juez.
En este punto clave estoy más cerca de las tesis de la Moncloa que de las de la UE: de la misma manera que si por negligencia o codicia el director o el editor de un periódico se niegan a levantar el velo, la responsabilidad recae sobre ellos, otro tanto debe ocurrir con los directivos de las plataformas.
¡Y vaya que si habría materia para ello!
Pero la detección de los excesos delictivos en las redes no puede llevar al despliegue de mecanismos de censura y vigilancia policial indiscriminados como los que sugiere Sánchez cuando habla de "rastrear la huella del odio y la polarización".
Al margen de que, si consiguiera hacerlo, terminaría caminando en círculo siguiendo sus propios pasos sobre la nieve, el remedio nunca puede ser peor que la enfermedad.
El autor tiene que ser identificado y perseguido. Y cuando se esconde bajo un seudónimo, son los responsables del medio los que tienen la obligación de revelar su identidad al juez.
Por eso, al cerrar en diciembre nuestro ciclo sobre "Las libertades en el siglo XXI", recordé que el mismo Jefferson que había escrito a un amigo que "nada de lo que se publique en un periódico es digno de crédito", es el que dejó claro que "si tuviera que elegir, preferiría periódicos sin Gobierno antes que Gobierno sin periódicos".
Yo dije lo mismo el jueves en el programa de Ana Rosa sobre las redes sociales. Y por la misma razón invocada por Jefferson: "La base del Gobierno democrático es la opinión del pueblo y conservar esa relación de dependencia debe ser nuestro objetivo primordial".
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Pero el gran debate de esta semana tiene mucho más que ver con la manera de ejercer el poder de Sánchez que con lo que ocurre en las redes sociales.
Porque aprovechar el mitin de cierre de campaña en Zaragoza para prometer a los aragoneses "quitar las sucias manos de los tecnoligarcas de los móviles de nuestros chavales", es invocar un fantasma lejano —"Si vas a Calatayud, pregunta por Elon Musk"— para eludir afrontar los problemas reales.
Porque escribir que "ladran, luego cabalgamos" es llamar perros a quienes, con unos modales u otros, están criticando tu política de inmigración o de libertades públicas. ¿Debe un jefe de Gobierno de un país desarrollado lanzarse al barro de esa manera?
¿No nos salpica y ensucia a todos que lo haga?
Es la historia interminable de los últimos ocho años. Siempre empieza igual. Con un enemigo, una consigna y un llamamiento a filas.
Sánchez no gobierna: combate. Cada uno de sus pasos va en busca de una trinchera en la que plantarse ante un nuevo adversario. Y como en todo régimen que vive del agravio, su drama es que la paz implicaría la ruina.
Los villanos cambian. El guion, no. En el debate del Estado de la Nación del 22 emergieron "los señores de los puros". Durante los cinco días de reflexión tras la imputación de Begoña en la primavera del 24 apareció la "máquina del fango" con los "seudomedios", los "tabloides digitales" y las "fake news".
Cada vez que le ha venido bien para parchear un problema ha atacado a las eléctricas por "los beneficios caídos del cielo" y a los bancos por basar "el provecho de unos pocos en el sufrimiento de muchos".
Incluso ha sido capaz de arremeter ad hominem contra los presidentes de Ferrovial, Santander o Iberdrola: "En España hay empresarios comprometidos, pero no es el caso del señor Rafael del Pino… Si la señora Botín o el señor Galán protestan es que vamos por la buena dirección".
O de estigmatizar en sede parlamentaria al primer grupo sanitario con el que su propio gobierno contrata. Todo vale para denostar a Ayuso: "Han convertido Madrid en un casino donde Quirón siempre gana".
Sánchez no gobierna: combate. Cada uno de sus pasos va en busca de una trinchera en la que plantarse ante un nuevo adversario. Y como en todo régimen que vive del agravio, su drama es que la paz implicaría la ruina.
Sánchez ha hecho del antagonismo su principal activo político. En la Moncloa no se negocia: se dramatiza, se amenaza, se apuñala.
La resistencia en el poder, el aguante, se ha transformado en un espectáculo en sí mismo. Cada intervención del presidente es una escena teatral, preparada y ensayada. Cada reacción crítica, una conjura debidamente desvelada.
El resultado es un presidente pataratero, siempre bordeando la afectación y el ridículo. "Nos atacan porque defendemos al pueblo", repite una y otra vez erigiéndose en paladín mundial de una cruzada imaginaria.
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El sexto presidente de los Estados Unidos, John Quincy Adams, advirtió en 1821 contra la tentación de "ir al extranjero en busca de monstruos que destruir". Trump no le está haciendo ningún caso. Pero Sánchez tampoco.
Cuanto más precaria es su posición parlamentaria, más ahínco pone en enzarzarse con el propio Trump, Milei, Elon Musk o Pavel Durov. En construir un relato global del mal, una conspiración universal contra los pocos que, como él, siguen "en el lado correcto de la historia".
La lógica de la falsificación es impecable. Donde hay molinos, tiene que haber gigantes. Como en El Quijote, el combate da sentido al caballero.
El problema es que esa estrategia de la bronca por la bronca, tan cansinamente repetida y amplificada por Óscar Puente, María Jesús Montero, Gabriel Rufián, Óscar López o la descacharrada Irene Montero, se ha transformado a la vez en destino y carácter.
El sanchismo ya solo sirve para eso. El sanchismo ya solo es eso.
El Gobierno acusa a la prensa independiente de intoxicación mientras promueve desde la televisión pública y sus medios concertados la desinformación sistemática. Denuncia bulos mientras los genera.
Por eso fomenta el mismo teatro digital que denigra. En sus redes ya no habla a los ciudadanos, solo a los fans. Son su espejo deformado del callejón del Gato. Cada tuit es un mitin. Cada trending topic, una trinchera.
El sanchismo ha aprendido bien la regla de oro de la comunicación instantánea: que la emoción no dé tiempo a reaccionar a la razón. Pero la emoción sin sustento racional desemboca en el vacío.
De tanto alancear gigantes y molinos, este presidente se ha olvidado a dónde se dirige. Para quién gobierna.
De tanto hablar del pasado, se ha olvidado de gestionar el presente y construir el futuro. Y entretanto se funden los plomos del país, descarrilan los trenes y se inundan zonas que debieron estar protegidas por obras hidráulicas.
'Ladran, luego ladramos': ese es su verdadero lema. Entre el Estado de Obras de los tecnócratas franquistas y el Estado de Ladridos que padecemos, descubrimos el modelo virtuoso del consenso democrático. Sánchez lo ha pulverizado.
Sánchez pretende cabalgar sobre el ruido que ha creado. Lo necesita para sobrevivir sin tan siquiera pensar. De tanto generar vasallos y enemigos, corre el riesgo de quedarse solo con ellos.
Pero cuando todos ladren, cuando ya no haya quien escuche, ¿qué sentido tendrá seguir cabalgando?
Porque, aunque él siga sin enterarse, detrás del estruendo va cundiendo un silencio embarazoso. El de un país cansado, harto de servir de campo de batalla entre mesnadas de replicantes.