Nunca sabremos si Óscar Puente habría llegado al Gobierno si en el fallido debate de investidura de Feijóo de septiembre de 2023 no hubiera acusado a Aznar de haber “instigado” los atentados del 11-M, entre los aplausos de Sánchez y los suyos.
Lo que sí sabemos es que poco después juró su cargo como ministro sin haberse retractado ni pedido disculpas, pese a que la propia María Jesús Montero, nada dada a los melindres, admitió que “probablemente se había equivocado de verbo”.
Tampoco sabremos si una vez instalado en el antiguo despacho de Ábalos, el impetuoso exalcalde de Valladolid habría sido mejor gestor de la movilidad sostenible si no hubiera dedicado una parte significativa de su tiempo a enzarzarse en todo tipo de polémicas ajenas a su departamento.
Fue el caso de su irrupción en la batalla verbal que desembocó en la ruptura de relaciones con Argentina en mayo de 2024. En esta ocasión no se equivocó de verbo sino de sustantivo al acusar al presidente Milei, sin base alguna, de “ingesta de sustancias”.
Un mes después llegó su exabrupto contra el comunicador Vito Quiles por haber divulgado que el ministro había acudido al concierto de Taylor Swift en su coche oficial. Su respuesta, “ese no es mi coche, saco de mierda”, ha quedado en la antología de los desmentidos oficiales con variante escatológica.
En este episodio se recreó además en la suerte, al ironizar en la Cadena Ser que tal vez había cometido un “exceso verbal”, pero que no había que “escandalizarse tanto”, cuando se estaba refiriendo a un “nazi” y un “fascista”.
Concretando más, la cuestión que hoy nos atañe es si Óscar Puente habría podido dedicar más tiempo y atención a una de sus competencias clave, la seguridad de la red ferroviaria, si no se hubiera distraído durante horas y horas, a lo largo de días, semanas y meses, rastreando los medios de comunicación y las redes sociales, en pos de presas a las que disparar con su escopeta de vitriolo.
Si no habría sido preferible que el señor ministro de Transportes hubiera volcado una parte mayor de su indudable inteligencia y energía a la planificación de la Alta Velocidad, acompasando el frenético crecimiento de trenes y usuarios con el reforzamiento de las medidas de seguridad.
El descarrilamiento político de Óscar Puente.
¿Se habría resentido en algo el interés general si el ministro Puente hubiera dejado de exprimir sus meninges para referirse a Ayuso como “incompetente de dudoso equilibrio mental”, a su novio como “testaferro con derecho a roce”, a Mañueco como “un sinvergüenza” que seguía “de farra” mientras en la Castilla y León incendiada estaba “calentita la cosa”, a Page como un “hipócrita” y a Eduardo Madina como un “rencoroso acabado”?
Nunca sabremos si alguno de los múltiples accidentes ferroviarios acaecidos entre tanto, incluida la terrible tragedia de Adamuz, podría haberse evitado, si el ministro Puente hubiera sustituido esa irrefrenable dedicación a la bronca política, por las mucho menos apasionantes reuniones con altos cargos, ingenieros y especialistas en conservación de vías.
Incluso por recurrentes experiencias personales de inspección in situ, acompañado de técnicos competentes.
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Lo que sí sabemos es que mientras Puente tuiteaba sobre los más diversos asuntos, envenenando la convivencia con cualquier pretexto, buscando las vueltas no ya al adversario político de turno, sino a todo periodista que le molestara o contradijera, la conservación y el mantenimiento de la red ferroviaria se debilitaba.
Y ello a pesar de que el pasado mes de agosto el Sindicato de Maquinistas le remitió una carta, a través de Adif y la Agencia de Seguridad Ferroviaria, advirtiéndole de los “peligros existentes por el deterioro de las vías”.
En concreto se refería a “vibraciones intensas y botes”, en estricta concordancia con lo que mostraban los vídeos difundidos por viajeros. Eran más propios de los traqueteantes ferrocarriles del pasado que de un moderno convoy del AVE.
En consecuencia, los maquinistas pedían de manera expresa una reducción de la velocidad máxima de 300 a 250 kilómetros por hora en corredores clave como los que unen Madrid con Sevilla, Barcelona y Valencia.
En lugar de asumir tan fundada demanda, el ministro -obsesionado por las críticas a los crecientes retrasos en el servicio- decidió huir hacia delante y el 17 de noviembre anunció un plan para elevar la velocidad máxima del AVE a Barcelona a 350 kilómetros por hora.
“Vamos a pasar a la ofensiva en alta velocidad”, proclamó Puente con el triunfalismo con que siempre distingue el oropel propio de la basura ajena. Muy pronto la España de Sánchez y su lugarteniente podría toserle en ese ámbito a la propia China.
Mientras Puente tuiteaba sobre los más diversos asuntos, envenenando la convivencia con cualquier pretexto, la red ferroviaria se deterioraba
Era el mismo lenguaje del campo de batalla que Puente aplica a su actividad tuitera: “En las redes se juega duro y si no juegas duro, pasas desapercibido y eres irrelevante”.
Nunca pasar “desapercibido”, nunca ser “irrelevante”. Ese ha sido el leit motiv de Óscar Puente, más chulo que un ocho, en la vida pública.
Que España entera sepa quién es Óscar Puente. Nadie podrá decir ya que no lo ha conseguido.
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Poco antes de que el ministro recibiera la carta del Sindicato de Maquinistas, el BOE había reflejado su decisión de suprimir la Unidad de Emergencias, Seguridad y Gestión de Crisis que existía en el Ministerio con rango de Subdirección General. Su misión consistía en “detectar y hacer seguimiento exhaustivo de las eventuales incidencias de seguridad”.
Motivos había para ese “seguimiento exhaustivo” pues desde la llegada de Sánchez al Gobierno en 2018 los accidentes ferroviarios habían pasado de 40 a 97 en 2024, incluidos 25 descarrilamientos. El más notorio de todos, el aparatoso vuelco de un vagón del AVE en el túnel entre las estaciones de Chamartín y Atocha.
Según Puente, la Unidad de Emergencias era una especie de chiringuito que Ábalos había utilizado para colocar a un amiguete. Pero su creación data de 2012, siendo ministra Ana Pastor.
Desde la llegada de Sánchez al Gobierno en 2018 los accidentes ferroviarios habían pasado de 40 a 97 en 2024, incluidos 25 descarrilamientos
Además, a lo largo de esta semana posterior a la tragedia de Adamuz, EL ESPAÑOL ha desvelado al menos cuatro circunstancias altamente embarazosas para cualquier responsable político, obligado no a dar la cara -como sustitutivamente ha hecho Puente-, sino a rendir cuentas de su gestión y asumir las consecuencias de los resultados.
En primer lugar, informamos de que el propio domingo Adif mantenía activo un aviso de “rotura de contracarril” en un cambio de agujas a 40 kilómetros de Adamuz. Y con restricción a circular no a 350, ni a 300, ni a 250, sino a la altísima velocidad de 30 kilómetros por hora.
En segundo lugar, advertimos que, a lo largo de la semana, han permanecido activas más de 20 alertas a los maquinistas por “roturas, defectos y mal estado” en otros tantos tramos de la red ferroviaria, gran parte de ellos en Andalucía.
En tercer lugar, reprodujimos el último informe anual en el que la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria pidió a Adif “intensificar las acciones de vigilancia”, tras haber detectado un “control inadecuado de materiales y equipos” de los contratistas, incluidos “componentes críticos de seguridad”.
Por último, revelamos que cuatro de los siete trenes ‘auscultadores’, adquiridos para detectar fisuras u otros defectos de las vías, seguían fuera de servicio y al menos uno de ellos había sido vandalizado y grafiteado en las cocheras de Adif.
Fue entonces, cuando tras unos días de aparente mansedumbre, Puente volvió a ser fiel a sí mismo, tildando de BULO tanto esta información como la puramente fáctica de la supresión de la Unidad de Emergencias.
Ya dije en otra ocasión que “es imposible ser hombre de Estado por las mañanas y banderillero de las redes sociales por las tardes”. Al doctor Jekyll siempre termina dándole un topetazo Mr. Hyde.
Puente escribió con mayúsculas la palabra talismán de este Gobierno porque al final no sabe hablar sin gritar. Y para que el presidente la reconociera más fácilmente. Por algo había puesto Sánchez el mismo lunes la venda antes de la herida: “Los bulos y la desinformación se extienden y generan mucha zozobra, incertidumbre y dolor”.
Lo de los trenes ‘auscultadores’ era la prueba. Otro bulo. Perdón, otro BULO. Igual que todo lo del hermano y todo lo de la mujer del presidente. De nuevo el jefe tenía razón: hay que perseguir las fake news de los “seudomedios”
Leyendo el mensaje de Puente y la nota oficial de Adif, resultaba, sin embargo, que el insultante desmentido sólo cuestionaba la situación de uno de los cuatro trenes señalados, un Stadler que había sido activado “estas noches”.
La puntilla llegó el propio viernes por la tarde cuando en la rueda de prensa en la que estaba sentado a su lado, el presidente de Adif, Marco de la Peña tildó de “buena información” lo que el ministro había descrito pocas horas antes como “bulo”. Perdón, como BULO.
La mirada sobresaltada e iracunda que le dirigió Puente indica que ya tiene elegido a su chivo expiatorio.
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El problema del ministro es que Sánchez también pidió a los ciudadanos que “atiendan a la información oficial”.
Y “oficial” es el primer informe de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, a la que la UE mantiene en entredicho por su sesgo gubernamental.
Al cabo de cinco días de variadas indagaciones -de los laboratorios especializados a los perros de la Unidad Cinológica de la Guardia Civil- el documento apunta a una “fractura previa de la vía” como causa del siniestro.
Esto implica que el descarrilamiento del Iryo se podría haber evitado. Bien por un mejor mantenimiento de la vía, bien por una detección a tiempo de esa “fractura”. Y de ello emana una responsabilidad política que Puente no va a poder eludir.
Es verdad que el paso simultáneo del Alvia por la otra vía y el trágico choque subsiguiente sólo puede atribuirse a una fatalidad impredecible. Algo que ocurre una vez entre un millón de trenes que se cruzan.
Pero también era infinitesimal la probabilidad de que sobre la cuenca no encauzada del barranco del Poyo cayeran más de 100 litros de agua por metro cuadrado en una hora y eso no exime de responsabilidad a quienes no hicieron las obras hidráulicas previstas.
El primer informe de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios apunta a una "fractura previa de la vía" como causa del siniestro
En la mayoría de los casos la responsabilidad política se asume por omisión. Por no haber logrado evitar algo que podría haberse evitado con mayor vigilancia, dedicación y celo.
Willy Brandt dimitió por no haber descubierto que su jefe de gabinete era espía de Alemania Oriental. Antonio Asunción por no haber impedido que Roldán se fugara de España. Narcís Serra y Julián García Vargas por no haber detectado que el CESID realizaba y archivaba escuchas ilegales. Carlos Mazón por no haber impulsado el envío de es-Alert antes de lo que se hizo.
En el caso del expresidente valenciano se dio la circunstancia añadida de que en las horas críticas en las que se desencadenaba la dana mantenía un largo encuentro de más que dudoso interés público que supuso una distracción de sus obligaciones inmediatas y desembocó en confusas y contradictorias explicaciones.
Es comprensible que Puente siga empeñado en la tarea de dar la cara para evitar que le corten la cabeza y que ahora se refugie en la descripción de la fractura de la vía como algo “súbito” y “extraño”: una especie de poltergeist ajeno a las leyes de la física.
Pero tras recordar los casos anteriores y otros análogos, debería reflexionar si durante los más de dos años que lleva como ministro no hubiera tenido mayor margen de impedir lo ocurrido en Adamuz que el que dispusieron algunos de esos políticos obligados a tomar la puerta de salida.
Sobre todo, si hubiera ejercido como ministro de Transportes y Movilidad Sostenible a tiempo completo.
Y en la duda, debería añadir al elenco anterior a su homólogo griego Kostas Karamanlis, miembro de una ilustre saga política, que al producirse hace tres años el choque de trenes que dejó 57 muertos en Tempe dimitió, simplemente, por “no haber podido hacer lo suficiente” para evitarlo.