El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este jueves durante la clausura el Congreso Nacional de Industria. Efe
Un populismo sin el pueblo y contra el pueblo
Causa cierto alipori comprobar que aún queda un puñado de irredentos persuadidos de que el sanchismo representa una osada insubordinación al fantasma reaccionario que recorre Europa.
Con una cita apócrifa del Quijote, Pedro Sánchez se ufanaba este miércoles de haber hecho "ladrar" a los dueños de X y Telegram, "señal de que cabalgamos".
Y la referencia cervantina viene al pelo. El presidente se conduce como un enajenado que, infatuado por ensueños de justicieros novelescos, se ha arrojado a fajarse contra molinos de viento.
Los "tecnoligarcas" son el último hallazgo de la factoría de guionistas de Moncloa para revestir de prosopopeya la desnudez de un liderazgo consumido y necesitado de ennoblecer su concepción patrimonialista y vitalicia del poder.
En el Edificio Semillas, varado en el bucle melancólico del 23-J, han ido probando sin demasiado éxito todos los sonajeros de su arsenal. Y como Extremadura certificó que el artefacto de la alerta facha se ha secado, se hizo perentorio ingeniar uno nuevo para mantener asustadas a las viejas del PSOE.
Los directivos de las redes sociales, esas ciénagas purulentas de buleros, ultras, pederastas, antivacunas y demás negacionistas de los derechos humanos, se postularon como el villano perfecto con el que internacionalizar el antagonismo.
Pavel Durov, el fundador de Telegram. Reuters
Pero la alucinación tiene las patas muy cortas. Porque pocas veces han sido tan flagrantes en un político sus móviles venales y su debilidad.
De ahí que Sánchez haya requerido siempre una épica de probeta. Una patética mercadotecnia narrativa que sólo interioriza ya la famélica legión de papanatas incapaces de distinguir el arribista del hombre providencial, y a los que Moncloa sabe que puede enardecer tan pronto como vean cumplidas sus fantasías lúbricas de escarmiento a los "poderosos".
Con estos mimbres, el de Sánchez es un caso insólito de populismo: uno que reproduce todos sus patrones salvo el principal, que es un pueblo al que acaudillar.
¿Qué credibilidad puede tener para representar el rol de sheriff que mete en vereda al "Salvaje Oeste" digital un gobernante cuya base social ha quedado reducida a una languideciente clientela de pensionistas y funcionarios?
La dramaturgia del azote de los tecnobillonarios le viene grande a un presidente incapaz de superar votaciones parlamentarias sin mendigar escaños a sus deudores, y crecientemente arrinconado en Bruselas por una intrepidez unilateral que no se corresponde con su influencia exterior.
Es la tónica habitual del sanchismo: escenificar alardes de fuerza ante la ausencia de poder real. Suplir la ineficacia con efectismo, arreglándoselas para interpretar el papel de revolucionario garantizando al mismo tiempo la imperturbabilidad del statu quo, así con la cuestión de la vivienda o con la controversia con Israel.
El de Sánchez no es simplemente un populismo sin el pueblo, sino un populismo contra el pueblo.
Una especie de aleación entre el despotismo ilustrado y la demagogia, pero extrañamente obstinada en castigar a sus gobernados, importando (en sintonía con la patronal) generosos contingentes de población extranjera, y poniendo palos en la rueda del desarrollo nacional con regulaciones draconianas que permiten al Gobierno venir a subsanar problemas que él mismo ha generado.
Causa cierto alipori comprobar que aún queda un puñado de irredentos persuadidos de que el sanchismo representa una osada insubordinación al fantasma reaccionario que recorre Europa. Y no la decadencia extractivista que acusan las socialdemocracias extraviadas del nuevo milenio. Ese progresismo (enfermedad senil del socialismo) que, ante la renuncia a un horizonte de transformación económica tras su hibridación con el orden globalista, se ha refugiado en una agresiva y antipática reforma cultural, y ha sido llevada por su vocación paternalista a una morbidez reglamentista que se proyecta hacia el totalitarismo.
Pero debe ser duro para tanto politólogo gafapasta asumir que el discurso detrás del espantajo de los "tecnoligarcas" no es más sofisticado que el de los "señores con puro en cenáculos" con el cual el presidente empezó a tratar a sus simpatizantes como cretinos.