Fotograma de Blade Runner.
Hay un motivo por el que los españoles no sabemos hacer ciencia ficción
España es una civilización que ha preferido siempre la introspección a la trascendencia. Que ha preferido regodearse en el barro de un pasado sucio y miserable antes que mirar al futuro.
España descubrió América y construyó el primer imperio global de la historia. Fuimos los primeros en circunnavegar el planeta. Tuvimos la mejor flota naval del mundo y uno de los mejores ejércitos de la historia. Reconquistamos nuestra nación tras perderla a manos del islam.
Los españoles hemos sido guerreros, conquistadores, exploradores y pioneros.
Pero son otros los que han escrito Dune, Fundación o Solaris. Son otros los que han dirigido Blade Runner, Alien o El planeta de los simios. El futuro no lo han imaginado nunca los españoles. Nuestra especialidad consiste en recrear una y otra vez el pasado.
Generalmente, para castigarnos.
¿Por qué ocurre eso? ¿Por qué no hay (casi) ciencia ficción en España?
En algún momento de nuestra historia, toda nuestra energía se desvaneció.
Y nos hundimos en la picaresca de la miseria, en el costumbrismo de la pobreza, en la crítica social. ¡Nos encanta la crítica social! Preferimos un vagabundo a un astronauta.
Rebecca Ferguson en 'Dune: Parte dos'.
Sí, tenemos a Calderón de la Barca, a Góngora, a Machado y a Lorca. Todos ellos tienen complejidad, ambición y trascendencia. El humor español, además, ha sido subversivo durante siglos, y ahí están Quevedo, Goya o Valle-Inclán para demostrarlo.
España tuvo también su propia versión de la "ciencia ficción especulativa" en el Siglo de Oro con los viajes imaginarios de Godwin.
Además, las utopías renacentistas (escritas por otros) fueron traducidas puntualmente al español.
Algo es algo.
Pero, en general, nuestra literatura mira hacia abajo, hacia lo miserable y lo terrenal, no hacia arriba, hacia la luz y lo divino.
En algún momento de la historia gravitamos hacia el pesimismo, el fatalismo y la oscuridad. Y ni siquiera hacia la oscuridad gótica o romántica, sino hacia la grisura de lo cotidiano.
La ciencia ficción y la fantasía son géneros casi inéditos en España. Hay excepciones como Mecanoscrito del segundo origen, Rosa Montero (que no es una escritora de género) con Animales difíciles, Elia Barceló o Sabino Cabeza, pero carecen de repercusión masiva.
En el terreno de la ciencia ficción, el género literario "universal" por excelencia, ese con el que cualquier ser humano puede identificarse, sea cual sea su cultura, porque apela a instintos grabados a fuego en la naturaleza humana, España no tiene (casi) nada que aportar.
Y por eso nuestro mayor superhéroe es Superlópez, una caricatura de Supermán.
Superlópez es un oficinista cutre que vive una vida cutre. Su virtud es ser un don nadie con cuyos fracasos cualquiera puede identificarse. El mínimo común denominador… con superpoderes.
¿Por qué los españoles no sabemos hacer ciencia ficción?
Nuestro segundo "superhéroe" nacional es Torrente. Si Superlópez es el fracaso amable, Torrente es el fracaso sórdido.
Y Torrente nos encanta, pero sólo porque es más patético que nosotros.
Porque los españoles no aspiramos a colonizar otros planetas, sino a reírnos de quienes son más miserables que nosotros para que nuestra pequeñez se nos haga más tolerable y menos dolorosa.
Esto no es casualidad. Es síntoma de una enfermedad cultural que lleva siglos aquí.
El contraste duele. Mientras Inglaterra ha celebrado a sus exploradores en sus novelas de aventuras épicas, con Kipling, Stevenson y Conrad a la cabeza, España ni siquiera ha celebrado a sus conquistadores. Si acaso, los ha criticado, insultado y difamado.
De hecho, la mejor película sobre la conquista de América es Apocalypto, de Mel Gibson. Y los conquistadores españoles sólo aparecen durante unos segundos.
Pero hay más admiración, y respeto, y fascinación por nuestros conquistadores en esos pocos segundos que en toda la literatura y el cine español de los últimos quinientos años.
El Quijote es otro síntoma perfecto. Cervantes no dibujó un héroe que conquista el mundo. Dibujó a un loco que vive dentro de su cabeza, que rechaza la épica exterior y se refugia en la interior.
El Quijote es una novela genial y revolucionaria que inventó la metaficción. Pero su protagonista vive anclado en un pasado idealizado. Es un personaje peripatético, polvoriento, más digno de lástima que de admiración. Es bueno porque está loco.
Pero nadie querría ser el Quijote. Sí "un" quijote (y con matices).
Pero no "el" Quijote.
Y eso es España. Una civilización que ha preferido la introspección a la trascendencia. Que ha preferido regodearse en el barro sucio del pasado que mirar al futuro.
Hemos tocado la grandeza, pero la hemos dejado caer al suelo.
Y por eso nos encanta la Guerra Civil. Porque es fea, violenta y cainita. Porque nos gusta recordarnos a nosotros mismos que nos hemos matado por unas lindes, o por la casa, la mujer y la cosecha escasa del vecino.
Por eso nuestra nueva estrella de la literatura es David Uclés, un tipo que escribe sobre la Guerra Civil, que viste boina y se ata los pantalones con un cordel. Sólo le falta grabarse a sí mismo rebuscando mondas de naranja entre las cenizas de la chimenea de un rico para que al español se le active el 'modo Hurdes' y entre en éxtasis.
Hay un momento crucial en toda esta historia. 1898. Ahí perdemos nuestras últimas colonias. Y España no reacciona: se pone a lloriquear. La Generación del 98 entra en crisis existencial profunda. El pesimismo se instala en nuestro ADN cultural.
Ahora no es que no escribamos sobre futuros épicos; es que ni siquiera creemos que existan. Todo es cínico, negro, gris y pobretón. "Eso son gilipolleces" es la respuesta por defecto del español frente a todo lo que es más grande que él mismo. No queremos viajar a Marte porque tenemos un mena al que acoger. Nos vale cualquier excusa.
Y por eso todos los programas electorales de todos los partidos son el mismo: "te vamos a dar una limosna". Por joven, por viejo, por mujer, por negro, por no trabajar.
Te están diciendo "eres pobre de alma y de espíritu; si no fuera por el Estado, no sabrías ni soñar".
Y los españoles lo compran, porque España ha matado su iniciativa y su dignidad personal.
'Solaris', de Stanislav Lem.
La ciencia ficción requiere fe en el progreso, optimismo tecnológico, creer que el futuro puede ser radicalmente mejor. Por eso Polonia tiene a Stanislaw Lem, Francia a Julio Verne y Estados Unidos a Frank Herbert, Isaac Asimov, Philip K. Dick o Robert Heinlein.
Y aquí estamos, en 2026.
Los españoles somos individualistas, pero no tenemos iniciativa. Somos consumistas, pero de productos baratos fabricados en alguna dictadura tercermundista.
Vivimos atados a un pasado que no nos deja avanzar.
Nuestros héroes no son mesías cósmicos que salvan la galaxia. Son contables y funcionarios que fracasan en todos los aspectos de su vida. El protagonista de todas nuestras comedias, el protagonista de todos los gags de nuestros humoristas, de todos los monólogos de nuestros monologuistas, es siempre el mismo: el español peripatético.
Un español NUNCA habría podido crear esto:
Hasta para las películas del destape, cuando el franquismo agonizaba, nos inventamos unos protagonistas ridículos que sólo aspiraban a las migajas de una sueca despistada.
Incluso nuestras fantasías sexuales son de vuelo gallináceo.
Pudiendo ser superamantes latinos, nos dibujamos como tipos ridículos que babean mezquinamente con las mujeres de una raza superior. Nuestros alienígenas han sido las nórdicas.
Y mientras Estados Unidos nos vende futuros de conquista tecnológica, nosotros producimos antihéroes. Ellos tienen a Rick Deckard, a la teniente Ripley, a Muab'Dib, a Cooper de Interstellar. Ellos tienen a Elon Musk, Larry Page y Jeff Bezos. Tienen Tesla, Nvidia y Gemini.
Nosotros tenemos a Pedro Sánchez intentando prohibir y censurar las redes sociales, como un Tirano Banderas de la España negra.
Y le aplaudimos, porque "alguien ha de poner orden" en lo que inventan los demás. Hay que regularlo todo, censurarlo todo y controlarlo todo, no sea que algún imbécil se haga daño si la máquina expendedora le vende dos cucharadas de azúcar con el café en vez de una.
Siempre hay que pensar en el imbécil. El imbécil es el baremo de la existencia del español medio.
La única galaxia que aspira a conquistar un español es la de la baja laboral y el ingreso mínimo vital.