Billie Eilish. Efe
Billie Eilish y los Grammy: bailando con bobos
¿Por qué hay que emocionarse viendo a los gazatíes y a los emigrantes y no a los iraníes? Pues porque una compleja moda rige el mercado de la emoción.
"Nadie es ilegal en una tierra robada", afirmó, y se quedó tan ancha.
Con esto, Billie Eilish quería decir que Donald Trump no tiene legitimidad para mandar a los matones del ICE a expulsar inmigrantes ilegales, porque, como los estadounidenses robaron la tierra a los aborígenes indios, no hay ilegales.
Las fronteras son mentira, un constructo capitalista.
Pero si no hay fronteras ¿cómo se puede decir que los colonos blancos robaron la tierra a los indios? Y, por cierto, esos indios ¿llevaban allí desde que la primera criatura emergió del océano, o desplazaron a su vez a algún otro prójimo?
Fíjense en los sioux que aparecen en Bailando con lobos, amenazados por el malvado hombre blanco que quiere expulsarlos de las Grandes Praderas.
Pero resulta que los sioux no eran originarios de las Grandes Praderas, y para poder perseguir bisontes por ellas tuvieron que expulsar a otras tribus preexistentes, como los Pawnee y los Crow.
Billie Eilish calls America "stolen land"
— End Wokeness (@EndWokeness) February 2, 2026
Ok, Billie. Your $14,000,000 mansion in LA is built where the Tongva tribes once lived. Any plans on returning it?
pic.twitter.com/3qu0ubWX8G
"Shumani tutanka", "las fronteras son un constructo", les dijeron probablemente antes de darles una patada en su culo indígena.
Curiosamente, si los sioux pudieron convertirse en propietarios "ancestrales" de las Grandes Praderas, y cazar sus búfalos tan tranquilos, fue porque otros malvados conquistadores, los españoles, les dieron a conocer los caballos (y si ahora tienen casinos es gracias a la invención occidental del BlackJack).
En fin, las palabras de Eilish son difíciles de sostener racionalmente, pero la razón no era lo que se esperaba en la gala de los Premios Grammy, y el selecto público las acogió unánimemente emocionado.
Ahí estaba una joven rubia, a la que las lágrimas amenazaban con anegar sus hermosos ojos azules. Luego me he enterado de que es Samantha Carpenter; un amigo mío y conneiseur de las tendencias de moda me dice que en breve se cortará el pelo a trasquilones y aparecerá fea en la portada de su próximo disco para demostrar su empoderamiento, pero esto es otra historia.
También escuchaba las sentidas palabras de Eilish, visiblemente emocionada, una persona con un plumero en la cabeza, reminiscencia tal vez de los propios sioux.
A estas alturas ya tenemos información más que suficiente para saber, a ciencia cierta, algunas cosas.
De izq. a der.: Billie Eilish, Justin Bieber, Sabrina Carpenter, Bad Bunny, Karol G y Rosé.
Sabemos que a la farándula de los Grammy los aborígenes indios les importan, en realidad, tanto como los emigrantes que expulsa el ICE, o como los gazatíes: absolutamente nada.
Les importan tan poco, de hecho, como los iraníes que hoy se enfrentan a la teocracia de los ayatolás y mueren por miles. Al menos en este último caso los farsantes de los Grammy nos ahorraron la hipocresía y no dijeron ni una palabra sobre ellos.
Pero si la preocupación por los emigrantes era, obviamente, fingida, la emoción de Eilish y los asistentes era visiblemente cierta. ¿Por qué se emocionaban?
Tal vez por verse a sí mismos emocionados ante los oprimidos. Una persona contempla a unos niños jugando en el parque, se emociona y segrega una lágrima; a continuación, se emociona ante su propia imagen, sensible y emocionado ante una escena conmovedora, y produce otra.
Esta segunda lágrima, decía Milan Kundera, es la lágrima kitsch, y los premios Grammy (como los Goya o los Oscar) se han convertido en un recital kitsch de participantes autorreferenciales y emocionados.
Pero ¿por qué hay que emocionarse viendo a los gazatíes y a los emigrantes y no a los iraníes? Pues porque una compleja moda rige el mercado de la emoción.
En concreto, y este es el drama de nuestros días, ciertas ideologías (de izquierdas) se han convertido en dispensadoras de certificados de virtud, un monopolio que anteriormente correspondía a la Iglesia.
Si lo piensan bien es terrible: Occidente prosperó cuando separó la religión de la política, y ahora los políticos se convierten, subrepticiamente, en los nuevos clérigos.
Billie Eilish faces calls to return mansion to Native American tribe after ‘stolen land’ remark at Grammys https://t.co/EPXVNGNRiK pic.twitter.com/CGue0tDb2g
— New York Post (@nypost) February 2, 2026
Pero desde este punto de vista es más fácil entender la preocupación selectiva de los faranduleros. La izquierda, que es la dispensadora de moral, tiene sus filias y sus fobias, y los que quieren practicar postureo moral y exhibir virtud tienen que adaptarse a ellas.
A veces, los políticos también tienen intereses económicos directos, y eso acaba determinando las filias y fobias de sus votantes. Es difícil ser de Podemos y no estar permanentemente alineado con la teocracia iraní, o socialista y no haber contemplado con benevolencia a Maduro.
Ahora bien, aunque sea la ideología la que determina las filias y las fobias, resulta que las primeras pueden ser fingidas, pero las segundas suelen ser muy reales. La compasión puede ser hipócrita, pero el odio suele ser muy real, como demuestra Irene Montero cuando pide a gritos el reemplazo de los "fachas" (usted y yo) por personas "marronas".
Es obvio que las personas marronas le importan un rábano, pero su odio por nosotros es sincero.
"Fijaos si os odio que me planteo reemplazaros con gente a la que no querría ver ni a un kilómetro de Galapagar", podría ser el resumen de su mensaje.
En fin, que toda religión puede funcionar sin un dios, pero nunca sin un diablo, decía Eric Hoffer. Esto, que sea el odio y no la compasión lo que realmente nos mueve, no habla muy bien de nuestra naturaleza humana. Pero la dispensación de virtud por los políticos, este mecanismo descacharrado, agrava todas estas chaladuras.
Coda: Billie Eilish regresa de los Grammy a su casa de Malibú, encuentra en la cocina a un arapahoe preparándose unas tostadas, y comienza a cantar When the Party is Over.