Cartel de Hamnet.

Cartel de Hamnet.

Columnas DESÓRDENES

Es urgente: hay que defender 'Hamnet' y llorar como una descosida en medio del cine

Hay que recomendarles a los nazis del llanto (a los analistas de su pureza) que se relajen un poco, porque, se lo aseguro, el arte no está intentando medirse con ellos.

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A mí me gusta bastante llorar, pero supongo que esto no es algo del todo elegido, porque una es andaluza y folclórica y mú sentía, como dicen en mi santa casa. Así que llega un momento en la vida en el que una entiende que lo más bravo es aprovechar la fuerza del río.

Aquí hemos venido a sentirlo todo.

Yo ya no opongo resistencia y le meto un meneo a mi bata de cola invisible, fuerte y herida al mismo tiempo, imitando a las mujeres que he amado.

Dejo que corra el agua clara y que me transporte a donde haga falta ahora que el carburante está tan caro. Soy como una casa con humedades. Me entero bastante de lo que sucede más allá de mis paredes, me siento definitivamente agujereada por la vida de los otros. Por el dolor de los otros.

"Los otros" a veces son un cocodrilo que transporta a un capibara durante una travesía por la carretera, pero bueno.

Ya en serio. Tampoco hace falta montar un pollo ni vivir en el histrión, pero sí noto varias veces en semana cómo se me empañan momentáneamente los ojos como respuesta a lo extraño, o a lo bello, o a lo desolado, que acostumbra a ser casi siempre lo mismo (y que acostumbra a aparecer casi siempre en forma de historia y no de imagen).

Jacobi Jupe y Paul Mescal, en 'Hamnet'

Jacobi Jupe y Paul Mescal, en 'Hamnet'

Una mujer, a menudo, está hecha de filtraciones.

Yo creo que hemos sacrificado la protección a cambio del entendimiento.

Para conocer algo, no hay nada como ser atravesado por ello.

Dios nos libre de dar pena a nadie. Esto es una pasada, esto es un privilegio. Yo me alegro de estar conmovida.

Llorar es una exploración. Flipémonos más. Es una sofisticación, de acuerdo con el dato de que el ser humano es el único animal que derrama lágrimas emocionales, lágrimas que no responden a la necesidad fisiológica de lubricar el ojo para limpiarlo, sino al misterio sentimental.

Pienso en todas esas hormonas galopando a toda velocidad por el torrente sanguíneo, derrapantes como mensajeras químicas... a punto de salir a conocer brevemente el mundo en forma de gota caliente y salada... sacando su cabecilla insolente de topo de feria... ¡y me encanta, me encanta!... felicidades, en fin, al ideólogo.

Una vida bien vivida te ofrece la oportunidad de llorar de vez en cuando el rímel negro de las grandes ocasiones. Y esos días, já, como diría Dolly Parton, hace falta mucho dinero para parecer así de barata.

Hay que ser muy dura para poder mostrarse así de vulnerable.

Reivindico el llanto en la medida en la que reivindico Hamnet, la película de Chloé Zhao basada en el libro de Maggie O'Farrell (y coescrita con ella, esto es importante) que ficciona la vida de Anne Hathaway y William Shakespeare, la muerte de su hijo Hamnet y su relación con la creación de Hamlet.

Está en el puro centro del debate cultural.

Claro que después de las buenas críticas siempre aparece el cinismo. Ahora la acusan de pornógrafa emocional y de "conducir" el llanto.

Es verdad que yo lloré tanto tras las gafas que ya veía menos que un gato de escayola, lloré con el llanto cogío al pecho, como a mí me gusta, y escuché llorar y moquear a media sala, y en algún momento me pregunté si sufrir tantísimo no contiene alguna traza de cutrez.

Esta idea se me fue enseguida frente a la urgencia de no avalar a la figura de la policía del llanto.

Siempre hay un agente improvisado aquí para arrinconarte y testar cualquier cosita. "¿Es este un llanto inteligente? ¿Dirías que ha sido un llanto sugerido, libre, o un llanto obediente? ¿Lloraste sólo o había más llorones como tú que cedieron a ese momento vilmente orquestado por la directora?", te dicen, con los guantes de goma puestos.

Yo creo que hay que recomendarles a los nazis del llanto (a los analistas de su pureza) que se relajen un poco, porque, se lo aseguro, el arte no está intentando medirse con ellos, que seguro que son altas capacidades como todo el mundo.

Sólo una sociedad cegata de ego se tomaría una película como una competición intelectual entre autor y espectador. Hay un desprecio persistente a nuestra dimensión sentimental.

¿Será porque se le llama patrimonio femenino?

¿Será porque ha sido denostada frente al imperio tecnócrata de la razón, esa que llaman exclusiva de los hombres desde el largo tiempo de la misoginia, que es el de humanidad?

Ernesto Sábato hablaba en 1977, en una entrevista en A fondo, acerca de la crisis del hombre. Una crisis en la que, decía, él había participado.

"Yo terminé mis estudios en París, volví a la Argentina y enseñé e hice trabajos de radiaciones atómicas. Enseñé teoría de la relatividad en los cursos del doctorado. Llegué hasta la frontera de la ciencia y me aterró. Yo estaba en París cuando la escisión del átomo de uranio, en el año 38. Ese acontecimiento histórico dividió la humanidad en dos, porque de ahí salió la bomba atómica".

Y continúa: "Me aterró filosóficamente hablando este momento. Y ahí empecé a comprender que la física iba a dominar el mundo y que la tecnología iba a arrasar con el hombre. Esto comenzó en el Renacimiento con la ciencia positiva (...) esta aventura prometeica, la conquista del mundo. Y de las cosas. El mundo natural, el mundo externo. A un precio paradójico y trágico".

Por último: "El hombre conquistó el mundo de las cosas pero con un gran riesgo para su alma. Ha terminado por cosificarse, él mismo se transformó en cosa (...) Nuestra crisis es espiritual. La novela tiene ideas, eso pertenece al mundo racional, como la ciencia o la filosofía. Pero en el otro extremo tiene mitos, símbolos, pasiones. Y el hombre es la totalidad de esa integridad. El hombre es mito, es símbolo y es sueño".

Esa es la tentativa de la salvación del hombre. La razón nos está destruyendo. Nos rescatará el otro lado de las cosas, es decir, todo lo que representa Agnes en esta película para los que lloramos como descosidos en el cine.

El llanto es una vía. Es un canal de humildad frente a eso que uno no comprende y que empieza a comprender abriendo compuertas extrañas.

Yo defiendo esta película en la medida en la que defiendo el misterio humano, en la medida en la que celebro lo salvaje y lo marginado y a los que hablan la lengua de las rapaces y los bosques. Esto va de amor, de sangre y de asco. Va de lo atávico. Va de la verdad más terrible. Todo lo que se nos da nos puede ser arrebatado. Siempre fue así.

Jessie Bluckley interpreta a Agnes en 'Hamnet'.

Jessie Bluckley interpreta a Agnes en 'Hamnet'.

Esta película es una defensa de la transformación, una película contra la literalidad y contra el ego. Lo vemos cuando, tras la pérdida de Hamnet, Shakespeare hace mutar su dolor y le da una vida nueva y distinta a su hijo. No le condena a ser sólo su niño muerto, su niño sacrificado, sino para siempre el más legítimo príncipe de Dinamarca.

Esto no va de ti, nunca va de ti. Va de todo lo que se puede hacer con el calvario. Va de todos los que estamos atravesados por la falta, por el desconcierto, por la sensación de injusticia. ¿Hay una sanación colectiva? Quizás es la única que hay. La brutal idea de nuestra pequeñez. Nuestra vida es sólo otra vida. Entenderlo es liberador.

Seguro que el libro es fantástico, seguro que es mejor, pero eso no es relevante. Una adaptación es una pieza nueva con un aliento diferente, con un espíritu propio. Y el espíritu de este filme es universal, es una visión más integradora y comprensible. Invita a más gente a la fiesta.

¿Qué tiene de malo que esta película se parezca más a Shakespeare? ¿No era él popular, no era aclamado y entendido por todos?

Pues eso.

¿Que Paul Mescal interpreta a un Shakespeare muy flojito, muy inane? ¡Gracias, Paul! Porque tienes modestia en el gesto y porque aportas desaparición, es decir, pobreza.

Mescal es traslúcido como la papada ibérica y me gusta igual que ella. Deja paso a la esposa. Deja paso a los niños. Deja paso a la obra. Deja paso al público. Shakespeare era el escritor perfecto porque su carácter no existía: él era la disolución. Desaparecía en todos nosotros, por todos nosotros.

El personaje de Hamlet representa la duda inteligente. Shakespeare no le pudo hacer más humano (ni pudo darle más cuerpo eterno a su hijo si verdaderamente lo identificó con él). Porque le hizo sarcástico y frágil, le dio humor negro y sentido de la justicia. Es bondadoso y mata. Es dual, como nosotros. ¿Está loco o se lo hace? ¿No es lo mismo?

Por esa personalidad no pasa el tiempo. Es todos los hombres y todas las mujeres. No tiene género. No tiene país. No tiene tiempo. Será para siempre. Hamnet vive.