A lo largo de 1964, cuando todo era aún en blanco y negro, TVE emitió una veintena de capítulos de un programa titulado Historias de mi barrio cuyo protagonista era un demonio tonto. Su nombre lo decía todo: don Luzbelito.

Javier Muñoz

Recuerdo mi fascinación preadolescente ante aquel personaje que aparecía al inicio de cada episodio embutido en un gabán y rodeado del vapor sulfuroso de las presuntas emanaciones infernales que llenaban la pantalla. Cuando se daba la vuelta, un rabo luciferino colgaba de su espalda.

Don Luzbelito estaba encarnado por Félix Navarro, un veterano del teatro que había entrado ya en la pequeña historia de TVE como el primer actor que interpretó una zarzuela con play back. Su antagonista era don Fabián, el cura del barrio, representado por otro clásico de las tablas y el Estudio 1 como Fernando Delgado.

Los episodios duraban veinticinco minutos sin continuidad entre sí. Aún no se habían inventado las series y las tramas eran necesariamente muy elementales. En todas ellas don Luzbelito recibía algún encargo de sus jefes del inframundo para hacer daño, inducir al pecado o abocar al delito a un vecino o una familia completa. Pero como era tan torpe, siempre le salían las cosas al revés y terminaba beneficiando a quienes pretendía perjudicar.

Era un agente del mal tropezando siempre en favor del bien. En ese tránsito de Luzbel a Luzbelito se convertía en la práctica en el mejor aliado del párroco a la hora de velar por las almas de sus feligreses. Entre ambos se creaba así la suficiente complicidad como para alimentar la duda de si aquel demonio era tonto o se lo hacía.

Tratando desde luego de fomentar ese debate, el director Gustavo Pérez Puig y el guionista Manuel Pombo Angulo cerraban cada episodio con Félix Navarro mirando afablemente a la cámara y despidiéndose con las mismas palabras: “Yo sólo soy un pobre diablo, un pobre diablo sentimental”.

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Pasando sólo de puntillas sobre el carácter y tipología de este fontanero del PP llamado Alberto Casero, hijo de pastores, sin otro oficio ni beneficio desde su más tierna infancia que el de burócrata de la política, imputado como alcalde prevaricador por adjudicar contratos a dedo y al parecer incapaz de votar a derechas, el hecho es que su papel decisivo en la aprobación de la reforma laboral me ha recordado a aquel recurrente de don Luzbelito.

Esta analogía parte, claro está, de una premisa: la reivindicación del acuerdo entre la patronal y los sindicatos, bendecido por el Gobierno y la Unión Europea, como una de las pocas cosas buenas que en materia normativa ha acarreado esta legislatura. Y creo que es una valoración ampliamente compartida por la España razonable y posibilista.

De hecho, cuando se disipe el polvo de la ventolera desatada por los inusitados números circenses que se vivieron el jueves en el Congreso, y aunque quede una derivada jurídico-constitucional de gran importancia e incierto desenlace, en medios políticos, periodísticos y sobre todo empresariales, volverá a emerger la perplejidad que provoca la cerrazón del PP en esta encrucijada.

Volverá a emerger la perplejidad que provoca la cerrazón del PP en esta encrucijada

“Casado debería haberse apuntado el tanto desde el minuto uno, aplaudiendo a Garamendi por haber logrado preservar todo lo sustancial de la reforma del PP”, me decía la víspera de la votación un brillante alto ejecutivo que fue cocinero antes que fraile. “Es incomprensible que no haya sacado pecho ante el éxito de que ahora los sindicatos también apoyen casi todo lo aprobado en 2012”.

No digo que haya unanimidad, pero la gran mayoría de los empresarios con los que he hablado en las últimas semanas me han dicho cosas parecidas. Incluso algunos han enfatizado las ventajas de tener un marco que favorezca la estabilidad en el empleo y ponga trabas a quienes ejercen el dumping con prácticas laborales abusivas.

Al final de cada encuentro el denominador común terminaba siendo un “¿Qué le pasa a Pablo Casado?”, con inquietantes reminiscencias de aquel “¿Qué le pasa a Albert Rivera?” que marcó para mal nuestro destino y no digamos el suyo pronto hará tres años.

Al menos Casado ha seguido cogiendo el teléfono a quienes le insistían en que permitiera que la reforma laboral condición sine qua non de Bruselas para entregar los fondos saliera adelante mediante su abstención. Pero su énfasis en los contados aspectos negativos de lo consensuado con los agentes sociales sólo dejaba abierta la rendija de que algún diputado del PP se ausentara o votara distinto que su grupo por razones ajenas a la voluntad del partido, como finalmente ha sucedido.

Cualquiera diría que en el ánimo de Casado ha vuelto a predominar el 'no' a Sánchez al margen de cuales fueran sus propuestas y cuales las alternativas, sobre las ventajas que una posición pragmática acarearía a sus electores. La polarización cortoplacista con el rabillo del ojo pendiente de Vox frente a las oportunidades en pro del interés general. El sentido de partido frente al sentido del Estado.

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Cuesta entender cómo Casado ha desatendido tantas voces sensatas que le instaban a la colaboración en la reforma laboral, aunque otro tanto pueda decirse de Sánchez en relación con la gestión de la pandemia y los fondos europeos. En la raíz del esperpento desencadenado este jueves en el Congreso, anida esa hosca incomunicación entre el jefe del Gobierno y el líder de la oposición.

Cuesta entender cómo Casado ha desatendido tantas voces sensatas que le instaban a la colaboración en la reforma laboral

Ejerciendo como correas de transmisión de una hostilidad sin tregua, más propia de las tribus bosquimanas que de una sociabilidad democrática, los dos grandes partidos actuaron en los alrededores de la ajustada y decisiva votación con un nulo sentido del fair play.

Veremos si los tribunales terminan poniendo o no en un brete a Meritxell Batet. Hablar de entrada de “prevaricación” o no digamos de “pucherazo”, como ha hecho Casado, es echar los pies demasiado por delante. Pero no cabe duda de que la presidenta del Congreso debió al menos haber discutido con la Mesa la petición del diputado que acudió febril a la carrera de San Jerónimo, alegando que había querido votar lo contrario a lo registrado.

Aunque el error del sistema electrónico sea poco menos que descartable y las normas de votación telemática hagan a los diputados responsables de sus negligencias, un sistema parlamentario es mucho más que la cutícula de un artrópodo o la exuvia de un crustáceo.

Bajo ese esqueleto de procedimientos cambiantes hasta hace poco era pertinente la llamada telefónica para comprobar el voto no presencial debe latir con toda su vitalidad la preservación, tan ajustada a la verdad como sea humanamente posible, del principio de representación. Si había una fórmula legal de que Casero corrigiera el error, participando en la votación presencial, Batet habría hecho honor al sentido institucional de su cargo si la hubiera propiciado.

Por otra parte, todo indica que el PP ha sido, dicho sea de manera benévola, un activo inductor y un entusiasta acompañante de la traición de los dos diputados de UPN a la dirección de su partido. El largo encuentro con su paisana la vicesecretaria Ana Beltrán corrobora las apariencias.

Era el as en la manga que tenía el PP para dinamitar la mayoría alternativa tan tenaz y trabajosamente urdida por Bolaños, a partir de la sensatez de Ciudadanos. Qué distinta sería España, por cierto, si esa hubiera sido la actitud de los naranjas en la primavera del 19. Nunca dejaré de decirlo con rabia.

La traición de los dos diputados de UPN era el as en la manga que tenía el PP para dinamitar la mayoría alternativa urdida por Bolaños, a partir de la sensatez de Ciudadanos

Al referirme a los diputados navarros he escrito “traición” no por la ruptura de la disciplina de voto, que siempre puede encontrar una justificación constitucional en términos morales, sino por su carácter taimado y subrepticio. Lo que convierte a Adanero y Sayas en dos oportunistas repudiables es el engaño de haber hecho creer a Esparza y quienes al frente de UPN habían negociado con el PSOE que cumplirían lo pactado por poco que les gustara. Si la próxima vez aparecen en las listas del PP, será blanco y en botella.

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Al final del día un ladrón le robó a otro ladrón. Todo fue de guante blanco, aunque con palabras algo frenéticas. El PP le había quitado la cartera al PSOE y el diputado Casero la tiró por descuido a la alcantarilla de la votación electrónica sin que la presidenta del Congreso le permitiera meter la mano para recuperarla.

En términos políticos la suma de todo lo ocurrido desemboca en el bloqueo de la legislatura. Por un lado, ha quedado probado que no hay mimbres suficientes para construir una alternativa fiable a la mayoría de izquierdas. En la moción de censura de Murcia falló Ciudadanos; en la reforma laboral, UPN. Pero, por otro lado, se ha constatado también que los radicalismos populistas y separatistas de esa mayoría de izquierdas no caben en los planteamientos del único socio que no puede perder Sánchez. O sea, la Comisión Europea.

En buena lógica ese callejón sin salida debería abocarnos a unas elecciones anticipadas, pero la perspectiva de dos años más de crecimiento económico y protagonismo internacional es demasiado tentadora para Sánchez. Con sus segundos presupuestos aprobados, está claro que el jefe del Gobierno va a apostar por estirar al máximo sus tiempos, como si nos adentráramos en aquella guerra de pega “phoney war” que se alargó durante meses entre la declaración de la Segunda Guerra Mundial y su estallido real.

Sólo la pérdida de una votación como la del jueves o una intervención militar de la OTAN en Ucrania trastocarían esa hoja de ruta. No deja de tener su gracia que el primero de sus match ball, por recurrir a la certera analogía con la que hoy debuta Fernando Garea en EL ESPAÑOL, lo haya salvado Sánchez gracias al único voto verdaderamente útil del PP en lo que va de legislatura.

Parece que el diablo también escribe derecho con renglones torcidos. No me extraña que a Teodoro García Egea le lluevan felicitaciones por su buen ojo a la hora de rodearse de colaboradores tan fiables, competentes y bien apañados como este providencial émulo de don Luzbelito.