Miles de estadounidenses en alerta, movilizados cerca de la línea del frente ucraniano. El primer ministro británico a punto de darles apoyo por tierra, mar y aire. Francia, mientras trabaja en la desescalada, anuncia el envío de un batallón a Rumanía. Suecia, movilizada contra las provocaciones de Rusia, ha puesto sus buques de guerra y sus drones en movimiento.

Tanques ucranianos de maniobras en diciembre de 2021.

Tanques ucranianos de maniobras en diciembre de 2021.

Aunque aún no se haya ganado, ni mucho menos, esta es la primera buena noticia del año: el mundo libre (¡sí, no hay que dudar a la hora de decir "el mundo libre"!) está reaccionando ante la posibilidad de una invasión de Ucrania. Y Vladímir Putin, como se esperaba, empieza a recoger cable.

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Sin embargo, ha habido una excepción a esta reacción generalizada: Alemania. Es decir, la primera potencia europea.

En primer lugar, la flamante nueva ministra de Asuntos Exteriores, la ecologista Annalena Baerbock, descartó el pasado 17 de enero en Kiev optar por la vía militar y permitió a su colega del Ministerio de Defensa, Christine Lambrecht, anunciar la entrega de 5000 cascos protectores.

Después, una serie de dirigentes socialdemócratas, como el presidente del grupo en el Bundestag o el ministro-presidente del land de Mecklemburgo-Pomerania, declararon que "comprendían la sensación de amenaza" que sentía el Kremlin ante la perspectiva de una posible ampliación de la OTAN.

Más asombrosa todavía es la historia de Estonia, que había decidido entregar 42 cañones D-30 a Kiev antes de que Alemania les recordara que esas armas habían pertenecido a la RDA y que, por ende, Berlín tenía derecho a prohibir su exportación.

Incluso el vicealmirante Kay-Achim Schönbach, que estaba al frente de la Marina alemana, se vio obligado a dimitir tras repetir el discurso más burdo de la propaganda rusa: el pobre Putin solo quiere que sus pérfidos vecinos ucranianos lo respeten.

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Peor todavía. Ha resurgido el debate sobre el famoso gasoducto Nord Stream 2, de 1.230 kilómetros, excavado bajo el mar Báltico y que, según se había pactado, suministrará gas ruso a Alemania y, a través del país germano, a toda Europa.

¿Hace falta recordar que este gasoducto, que sigue la misma ruta que su gemelo, el Nord Stream 1, que lleva 10 años prestando servicio, no proporcionará una energía mejor ni más barata?

¿Hace falta recordar que el único efecto tangible de este proyecto faraónico, que misteriosamente han deseado todas las administraciones alemanas de los últimos 20 años, será la posibilidad de evitar el paso por Polonia y Ucrania, países que quedarán privados de los preciosos aranceles de tránsito?

¿Y hace falta repetir que, para nosotros, los europeos, la aventura se traducirá en una mayor dependencia de una Rusia con capacidad teórica de cortarnos el grifo en cualquier momento?

El debate vuelve a estar sobre la mesa. La OTAN propone al canciller Olaf Scholz que posponga la ejecución de este inútil y absurdo gasoducto cuya principal función, según alegan los ucranianos, será debilitar su posición. Pero si el canciller finalmente accede a ello, será después de haber mareado la perdiz, de haber prevaricado argumentando que se trataba de una "iniciativa privada" o bien de haber hecho partícipes a sus ministros de su reticencia ante la idea de "enredar en un conflicto" a este emblema de la tecnología industrial y financiera alemana.

Extraño.

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Así, los aliados de Alemania se confunden con tantas hipótesis.

Algunos evocan (pero ¡queda ya tan lejos!) el legado de la Ostpolitik, la política del Este, de Willy Brandt.

Otros invocan la vieja culpa alemana y los tiempos en que, como decía Paul Celan, "la muerte era un maestro de Alemania" (pero ¿por qué esa culpa no puede beneficiar también a los ucranianos?).

El tercer grupo ve rastros ideológicos en este neopacifismo, "el cambio a través del comercio", cuyo principal teórico fue, hace 50 años, en Las armas de la paz, el francoestadounidense Samuel Pisar. Que, para complicar más las cosas, no era otro que el suegro y mentor del actual secretario de Estado estadounidense Tony Blinken.

Incluso los germanófobos plavlovizados albergan sospechas. Hacia el excanciller Gerhard Schröder, iniciador del maldito proyecto del gasoducto, que, misión cumplida, acaba comprando Gazprom. O hacia el actual jefe del proyecto, Matthias Warnig, antiguo oficial de la Stasi y compañero de equipo de un joven Vladímir Putin. Por no hablar de las tres empresas incluidas en la lista negra de la Administración estadounidense por ser sospechosas de participar, desde suelo alemán, en el desarrollo de armas químicas rusas como las que envenenaron a Alekséi Navalni.

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Ante tanta confusión de posturas, amigos alemanes, sólo queda una solución.

Recuperar el espíritu de Konrad Adenauer, Walter Hallstein y Wilhelm Röpke, los padres fundadores, tanto antinazis como antiestalinistas, de la Unión Europea.

Os recuerdo el muro de la vergüenza, que se intentaba cruzar bajo el fuego de las ametralladoras y que cayó mientras Mstislav Rostropóvich blandía el arco de su violonchelo como los muros de Jericó bajo las trompetas de Josué. Y luego el momento de grandeza que os hizo dedicar a los náufragos de la Shoah el kaddish de piedra, del color de las cenizas, que se levanta en el corazón de Berlín.

No olvidéis que sois el país del imperativo categórico kantiano, del patriotismo constitucional de Jürgen Habermas y también, antes de todo eso, de una gaya ciencia nietzscheana que rechaza el lastre de cierto espíritu alemán enfermo de su poder, de su prosperidad sin esperanza, de su buena conciencia.

Y escuchad a quienes, como hago desde estas líneas, se permiten rogaros encarecidamente. Los amigos de la ciencia y de la filología, los devotos de Friedrich Hölderlin y de Novalis, los herederos de Thomas Mann, de Adorno y de la condesa Marion Dönhoff, los habitantes, en resumidas cuentas, de este Lorelei del pensamiento y de la belleza que, por usar las palabras de Apollinaire, ha hecho morir de amor a todos los europeos, valen más que para servir de peldaño a Putin.