“El 70% de las relaciones las dejamos las mujeres. Ellos son cobardes. Prefieren tener a la vez esposa y amante”

Opinión Una hora con Lorena

Gabriela González: “El 70% de las relaciones las dejamos las mujeres. Ellos son cobardes. Prefieren tener a la vez esposa y amante”

"Cuando un hombre es celoso, te está empujando a que te vayas: con otro o contigo misma".

"He tenido citas desastrosas. Uno me hizo un 'Rubiales'. Fauna inmadura. Uno de gorrita de lado con 49 años hablando de la paternidad de algo a largo plazo. Hombres que te dicen que están separados y que no lo están".

Publicada

Cuaderno de bitácora (una conversación también es un viaje)

5/6/2026

Viene Gabriela a verme: es como un junco. Tan larga y fibrosa. Tan esencial. Seguro que Milena Busquets diría que es elegante. Es guapa, apenas se maquilla, su rostro es franco y claro, inteligente, y cuando se ríe suceden cosas. Yo le encuentro un punto salvaje en la melena y en el pensamiento. Una invitación a la fiesta, a la aventurilla que nos aguarda a la vuelta de la esquina.

Ha publicado Casi adultos (Destino), su debut literario, y ya va por la tercera edición. Es un libro sobre los “entres”.

Ayer me comí un maxibón y le dije a mi amiga Candelilla: “Lo mejor es lo de en medio, la parte donde acaba la galleta y empieza el chocolate helado”. Y ella estuvo de acuerdo y me habló del “entre” como concepto filosófico: eso que no se bautiza claramente, eso que no se nombra pero que a la vez contiene la mayor riqueza, los mayores secretos, porque no es ni una cosa ni la otra, sino que es todas a la vez. Algo sustancioso pero incapaz de ser fijado.

¿Qué hay entre un amigo y un novio? ¿Qué hay entre la vida y la muerte? ¿Qué hay entre la juventud y la adultez? ¿Qué hay entre la ironía y la amargura? ¿Qué hay entre el humor y el autorretrato? ¿Qué hay entre el cuerpo y la cabeza? ¿Qué hay entre una casa y la siguiente? El libro de Gabriela va sobre esto: sobre los intermedios, que ocupan casi toda nuestra experiencia como seres humanos.

Gabriela González.

Gabriela González. Cristina Villarino.

Yo mirando a Gabriela.

Yo mirando a Gabriela. Cristina Villarino.

Y también sobre crecer, sobre despedirse, sobre saludar, sobre las viejas y nuevas facturas, sobre el amor, la abuela, el psicólogo, el deseo, la memoria, las pequeñas epifanías cotidianas.

Es una obra que se bebe a sorbitos, como los Rioja que le gusta a ella tomar con su padre allá por Galicia antes del almuerzo. Su tierra, su tierra… Claro que cuando le pregunto su insulto favorito, me responde “parvo” o “jodechinchos”.

Hoy hablaremos de las sonrisas delatoras, de que estar enamorado es como estar colocado, de Joan Didion, de Almudena Grandes, de Luis García Montero, de Mae West, de los vampiros, de Liam Gallagher, de Andrés Calamaro, de citas más desastrosas del mundo, de óvulos congelados, de Sexo en Nueva York, de que ser celoso es de horteras.

Esta tía es muy mágica. Una vez estuve en la alfombra de su casa bebiendo vino con ella y también volamos, como Aladdín.

Tiene clase y tiene historias. Por ejemplo, ésta: una vez, en aquella época chalada de la postpandemia, iba viajando de Nueva York a Los Ángeles en primera, por trabajo. A su lado se sentó un tipo muy alto, con gorra, bronceado, que no paraba de hablar por teléfono bajo la mascarilla. Gabriela pensó que sería el hijo de un rico empresario haciéndose las últimas “calls”, como dicen los gilipollas, antes del despegue. O quizá un célebre dj.

El avión despegó, ella eligió para entretenerse la peli de Las niñas, de Pilar Palomero, y se dio cuenta de que el tipo la estaba mirando. “No puedo evitar preguntarme por qué elegiste esta película en medio de este enorme catálogo”, le dice, el notas. Todo esto en inglés, te puedes imaginar. “Porque soy española, es una película premiada… y me está gustando mucho”, dijo ella, aproximadamente. En este punto me siento una dramaturga anotando este tipo de cosas.

“A mí me está conmoviendo también, mucho”, alegó él. Y empezaron a hablar de cine. Ella le recomendó Luces rojas, de Rodrigo Cortés, y le contó que era tan buena que Robert de Niro bajó su caché para poder formar parte del elenco. “Y éste… ¿cómo se llama? El de Peaky Blinders”. “¡Ah! ¿Cillian Murphy?”. “¡Ese!”. “¿Entonces has visto Peaky Blinders? ¿Entera?”. Ella asintió y él se bajó la mascarilla estratégicamente para beber. En fin: era Adrien Brody, que salía en la cuarta temporada. Jajá.

Encuentra, por favor, a alguien que te mire como me mira Gabriela.

Encuentra, por favor, a alguien que te mire como me mira Gabriela. Cristina Villarino.

“Joder, este tío está actuando dentro de su propia vida”, pensó Gabriela. “Y yo estoy hablando con él de series y pelis en las que sale”. El palique fue colosal. Hablaron de Succession, cenaron juntos, ella tomó vino y él, coñac. Lo pasaron en grande. De despedida, Gabriela le pidió una lista de recomendaciones para Los Ángeles, y en los días siguientes, un poco enamoriscada, fue yendo a varios de esos lugares con la esperanza de encontrárselo, pero no apareció en ninguno. Eso sí: le veía en todas las cartelas de la ciudad, porque Los Ángeles amanecía cada día empapelada con la cara de Adrien.

El último día del viaje, acudió con la gente de su curro a un japonés cojonudo, Nobu. Le dijeron que uno de los propietarios era, justamente, Robert de Niro. No se lo podía creer: allí estaba Adrien Brody otra vez. De repente, escuchó: “I can’t believe it. ¿Gabriela?”.

Ella se acercó a saludarle, histérica por dentro y placentera por fuera (lo que siempre hacemos en estas situaciones, cuando nos encontramos a nuestro actor favorito o al tío más tonto del barrio, que por lo que sea nos ha cautivado). Él la presentó a sus amigos como “la chica del avión”. Ella pensó: “Tienes que decirle algo ingenioso, tienes que decirle algo ingenioso…”. Hablaron de esto y de lo otro, y, de cierre, Gabriela le dijo: “Gracias por todas las recomendaciones, fueron maravillosas”. Hizo una pausa y, actuando también dentro de su propia vida, añadió: “Y, por favor, deja de seguirme, Adrien”. Él se partió de risa. Los amigos aplaudieron.

Con ustedes, Gabriela González.

Gabriela González y yo en la entrevista.

Gabriela González y yo en la entrevista. Cristina Villarino.