“Yolanda Díaz leyó un poema mío y yo estaba sin trabajo en Alemania” |Mayte Gómez Molina en 'UHCL'

Opinión Una hora con Lorena

Mayte Gómez Molina: "Yolanda Díaz leyó un poema mío, y yo en Alemania hecha polvo y sin trabajo"

"Una persona que admiro a pesar de su ideología es a Morante de la Puebla".

"Me acosaron primero porque era gorda y luego porque tenía anorexia: ¿cuándo he sido yo algo que alguien haya aceptado?".

"No puedes ser lista como un hombre y guapa como la más guapa de las mujeres: van a ir a por ti".

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Actualizada

29/05/2026

Cuaderno de bitácora (una conversación también es un viaje)

Mayte Gómez Molina es una mujer prodigiosa y antes de eso fue una niña-genia. Radiante, espléndida… herida. ¿Puede una muchacha brillar con tanta fuerza que se ciegue a sí misma? Yo creo que Mayte ha padecido su propia fotopsia. A algunos les hacía rabiar su fulgor y ella misma no se veía.

La conocí por escrito. En persona nunca, hasta hoy. Acaba de publicar con Anagrama La boca llena de trigo, su celebrada primera novela. Va sobre la vida secreta de una mujer artista. Sus dimensiones poéticas, sus corsés, sus vértigos (luego le preguntaré si cree en el alma o sólo en el cerebro). Va de sus tormentos, sus parálisis, sus arrestos. La libertad, la pose, el mercado. El manto pegajoso y nauseabundo de la envidia de los demás.

La portada del libro de Mayte Gómez Molina.

La portada del libro de Mayte Gómez Molina. Anagrama.

Pienso en aquella frase de Alvite: “El desprecio del talento suele considerarse, en ocasiones, una conquista moral de la gente corriente”.

Y busco luego un antídoto en aquel tanguillo: “Con las bombas que tiran los fanfarrones / se hacen las gaditanas / tirabuzones”. Lástima que las chicas listas acostumbren a serlo un poco menos cuando se trata de sí mismas.

Me acuerdo ahora de eso que escribió Truman Capote: “Cuando dios le da a uno un don, le entrega también un látigo, y ese látigo es para autoflagelarse”. Cristo. Qué calvario.

El currículum de Mayte deslumbra y aterra: beca Fullbright en 2019 para investigar en el Art Institute of Chicago (pero por la pandemia la cursó telepáticamente en Chiclana de la frontera), una exposición, Me veo la nuca, en la Universidad de Granada, dos poemarios, Mi piel virtual, cansada y Los trabajos sin Hércules. Este último libro lo escribió porque estaba en paro. Y con él ganó el Premio Nacional de Poesía Joven en 2023.

Mayte Gómez Molina durante la entrevista.

Mayte Gómez Molina durante la entrevista. Sara Fernández.

Vive en Karlsruhe, Alemania, desde hace cuatro años, pero trabaja en Basilea. Cruza la frontera cada vez, cada vez (ésta es una imagen tan poderosa del exilio permanente, del exilio que nos es endémico, del exilio que nos es nativo… la propia Mayte es un personaje artístico en muchos sentidos). Allí forma parte de un grupo de investigación de arte digital en 3D y es profesora de la Academia de Arte y Diseño.

Trabaja con la reputada comisaria de arte Chus Martínez, quien distinguió sus destellos y la ayudó a hacerse fuerte.

Quiere hacer un doctorado sobre el camuflaje en el arte, en la sociología y en las ciencias naturales porque ella tuvo que desaparecer mucho tiempo para evitar que le hicieran daño los depredadores bípedos.

De los 13 a los 18 años estuvo muy enferma. Padeció anorexia. Y hasta los 27 se sintió encadenada por el tema físico. Tenía un policía dentro (con lo chungos que son a veces fuera, pues tú imagínate dentro). Me cuenta algo tremendo, algo que me genera un dolor sordo en el pecho: “Me acosaron primero porque era gorda y luego porque tenía anorexia: ¿cuándo he sido yo algo que alguien haya aceptado?”.

Mayte durante nuestra charla.

Mayte durante nuestra charla. Sara Fernández.

Hizo un documental experimental sobre su enfermedad con su madre. Se llama Como ardilla en el agua. Está orgullosa de él. Tendió puentes. Era importante coser esta historia con Mayte madre porque es ama de casa y Mayte hija sentía que cuando rechazaba la comida que ella hacía, era como despreciar su trabajo.

Gómez Molina es hija de un militar, así que desde niña vivió en muchos lugares. Eso dificultaba el agarre, la integración en un sitio. La construcción de una casa firme. Era llegar a un nuevo colegio y tener que presentarse de nuevo, tener que luchar por ser aceptada una y otra vez, torticeramente. Puro Sísifo. Insoportable. Si pienso en los que le hicieron daño a Mayte, me imagino a diez cazadores intentado abatir un glorioso ciervo, un ciervo bellísimo, de dignidad incalculable.

Ya digo que no la conocía hasta hoy, pero ahora sé cosas e intuyo otras. Sentí una ráfaga de amistad instantánea.

De entrada impresiona cuánto encanto y cuánta humanidad caben en su inteligencia. Es templada y casi dulce. No sé cómo decirte: como un bombón con varias capas, una piececita sofisticada. La capa de fuera es crujiente. Cruje de candor. Me gustan sus tatuajes, su camiseta con ojos.

Al verla recuerdo que ella arranca su libro con una cita de Virginia Woolf en la que la escritora cuenta que se imagina observada por “gentes sin nombre” y que ella da grandes saltos para llamar su atención… “Y por la noche, en la cama, las dejo pasmadas, maravilladas. A menudo muero atravesada por flechas para ganarme su llanto”. Wow.

Su camiseta y la idea de la observación me llevan también a una cita que en ese momento no supe decirle bien, pero ahora sí. Era de Agnès Varda: “El primer gesto feminista es mirar. Es decir: vale, estoy siendo observada, pero yo también observo. Tú me estás mirando, pero yo te devuelvo la mirada”.

Hablamos de escribir por no golpear, hablamos de que quien ha decidido que no te quiere, no te va a querer nunca, hablamos de ser raperas, hablamos de que los genios están solos, hablamos del dinero (¿ensucia o limpia?), hablamos del sitio más raro en el que Mayte ha encontrado belleza. Y de muchas cosas más. Bienvenidos.

Mayte y yo.

Mayte y yo. Sara Fernández.