Hubo un detalle revelador. Cuando se supo del español que dio positivo en hantavirus, ni un solo medio de comunicación añadió al titular la palabra "provisional". Faltaba una segunda prueba, según el protocolo, para confirmar que, efectivamente, esa persona estaba infectada. Pero dio igual. Echamos a correr colectivamente hacia la infección como la poeta que quería arrojarse por el acantilado.
Al final, el presunto infectado fue definitivamente infectado. Entonces, el camino recorrido hacia la noticia parece correcto.
Es difícil describir el extraño mecanismo que opera estos días. Sobre todo, porque desde los tres vértices del triángulo que conforman la opinión pública –poder político, poder mediático y ciudadanía– se actuó de la misma manera. Se escribió por delante, exhibiendo a veces con obscenidad el oculto deseo de que lo que sucede sea más grave de lo que realmente es.
Ese es el verdadero misterio del hantavirus: lo hemos idolatrado hasta el infinito, es nuestro becerro de oro, ¡para qué! ¿De dónde nace esta adicción a la alarma social?
Apenas hay espacios –da igual tertulias de bar que tertulias de televisión– donde la ciencia se imponga a lo demás, que en el fondo es el ruido. La ciencia, en este momento, reitera que el hantavirus no es susceptible de pandemia, que la infección, aunque de posible transmisión humana, es muy perezosa en lo que se refiere a los contagios. Este párrafo podría estirarse con mil y un argumentos más estrictamente científicos.
En definitiva: el contacto debe ser muy estrecho para tornarse contagio. Así responden una y otra vez los virólogos, independientemente de su adscripción ideológica, toda vez que se les pregunta. En un día tontorrón, el coronavirus se cargaba más gente de lo que ha matado esta versión de hantavirus en treinta años.
Sin embargo, como las coincidencias logísticas son tan parecidas al conocerse una y otra noticia, vamos dibujando el mismo clima, el mismo camino que llevó a la pandemia. Y el miedo, que es un reflejo como el del esfínter, asoma en las mayorías.
Un virus del que apenas hemos oído hablar, un contagio imposible que luego parece posible, algún que otro muerto, el hospital militar Gómez Ulla, las cuarentenas obligatorias... y la aparición de Fernando Simón, con su voz asabinada, contando que nada va a pasar, que estemos tranquilos. Todo se parece demasiado, ¿verdad? Y, sin embargo, lo sustancial, el virus, no se parece en nada.
Cuando llegó la pandemia del covid, contaba Bernard-Henri Lévy, en Yemen se estaban matando los saudíes y los hutíes, pero declararon el alto el fuego para protegerse del virus. ¡Hasta el Dáesh llegó a declarar Europa zona de riesgo para sus combatientes! En Nigeria, según el filósofo francés, llegó a haber más asesinados por no respetar el confinamiento que por la enfermedad.
Es el miedo. Los estragos que genera el miedo en el hombre. El miedo no es otra cosa que una mala pasión. Pero una pasión.
Con el coronavirus aprendimos a aplaudir a los sanitarios, a hacer pan de masa madre, a ver tres películas seguidas y a teletrabajar, pero también a reclutar muertos bajo una bandera ideológica. Esto último ya está sucediendo, en una polémica absurda entre el Gobierno central y el Gobierno de Canarias.
No tiene demasiada relevancia saber quién empezó –"¡equidistante, cabrón, miserable!"–. Algunos lo intentamos: Moncloa decía que sí se habían comunicado con Canarias... y en Canarias decían que Moncloa no había llamado. Sea cual fuere el motivo, nos privaron de la "vuelta a la normalidad": una comparecencia conjunta de ambas administraciones para calmar a la gente y explicar por qué lo que sucede con el crucero es importante, pero no apocalíptico.
A partir de ahí se ha desatado una batalla donde Sánchez procura explotar el dispositivo del desembarco hasta el extremo y donde el presidente canario, quién sabe por qué, ¡sin elecciones a la vista!, se empeña en buscar el cuerpo a cuerpo cada mañana con una entrevista.
Una metáfora serviría para describir la actitud generalizada de medios y políticos. Sería como si la DGT colocara a cada kilómetro de la carretera un altavoz gigante para anunciar los accidentes conforme suceden. Hay un posible positivo en Italia –ni siquiera confirmado, es solo un chaval que ingresa con "síntomas", ¡pero cuáles son los síntomas!– y, de repente, todos los periódicos, radios y televisiones se lanzan a actualizar sus aperturas.
Hasta el momento, el español infectado se encuentra bien, pero esa información, si se publica, se relega al sexto o séptimo párrafo. Esa postergación se repite con todos los datos que llaman a la calma. Los signos de alarma, en cambio, copan los arranques de las noticias.
En una semana, hemos conseguido lo inimaginable: un miedo ciertamente extendido, una guerra política desmesurada, una desinformación galopante... Todo esto, sí, ¡a costa de la salud! ¡Qué pesadilla!
Quizá lo que necesitemos sean psicoanalistas argentinos, y no científicos. Para responder a una pregunta inquietante: ¿qué nos pasa? ¿Por qué nos comportamos como si deseáramos una nueva pandemia? Es verdad que el pan hecho en casa, por la mañana, sabe riquísimo con la mermelada.
Pero tampoco era para tanto.