El sistema láser Locust a bordo del portaviones USS George H. W. Bush de EEUU

El sistema láser Locust a bordo del portaviones USS George H. W. Bush de EEUU US Navy

Observatorio de la Defensa

China y EEUU apuestan por los sistemas de armas láser para hacer frente a la amenaza de los drones kamikaze pequeños

La Marina de EEUU ha probado este tipo de armamento en su portaviones USS George H.W. Bush mientras que Pekín lo ha instalado en camionetas pickup.

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Las claves

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Estados Unidos y China están acelerando el desarrollo de armas láser para defenderse de drones kamikaze de bajo coste.

La US Navy probó con éxito un sistema láser en el portaaviones USS George H.W. Bush, neutralizando múltiples drones en condiciones reales.

China ha presentado el sistema láser móvil NI-L3K, enfocado en la protección terrestre y la exportación, capaz de instalarse en vehículos comerciales.

Ambas potencias buscan soluciones más económicas y sostenibles frente a los altos costes de los misiles convencionales, aunque los sistemas láser aún enfrentan desafíos técnicos, como la limitación de alcance y la influencia atmosférica.

La fisonomía de la guerra naval y terrestre está experimentando una metamorfosis acelerada por la proliferación de amenazas asimétricas. En este nuevo escenario, donde enjambres de drones de bajo costo pueden poner en jaque activos de miles de millones de dólares, las dos potencias militares más grandes del mundo, Estados Unidos y China, han convergido en una solución tecnológica que parece extraída de la ciencia ficción: el arma láser.

En este sentido, ambos países están acelerando el despliegue de sistemas de energía dirigida diseñados específicamente para interceptar vehículos aéreos no tripulados (UAV), buscando revertir la desfavorable ecuación económica de la defensa aérea moderna.

Recientemente, la Marina de los Estados Unidos (US Navy) marcó un hito histórico al realizar la primera prueba de fuego real de un sistema láser desde un portaaviones en condiciones operativas.

El escenario fue la cubierta de vuelo del USS George H.W. Bush, perteneciente a la clase Nimitz, donde el sistema modular Locust demostró su capacidad para completar la destrucción de drones.

Durante las pruebas, este dispositivo no sólo detectó y rastreó múltiples objetivos sino que logró neutralizar secuencialmente varios sistemas kamikaze, según han afirmado desde la US Navy.

Portaviones USS George H. W. Bush de EEUU

Portaviones USS George H. W. Bush de EEUU US Navy

Este evento ha supuesto la validación de una doctrina que busca proteger los activos de alto valor mediante una capa de defensa cercana que sea, por encima de todo, sostenible y económica.

La integración de estas armas en portaaviones ha sido un anhelo de la ingeniería militar desde los años 70, debido a la inmensa capacidad de generación de energía que poseen los reactores nucleares de estos buques.

Sin embargo, los intentos previos, basados en láseres químicos masivos o tecnologías de electrones libres, fracasaron por su excesivo tamaño, toxicidad y complejidad logística.

No ha sido hasta la maduración de la tecnología de estado sólido que se ha logrado la compacidad necesaria para que un sistema como el Locust, con una potencia de entre 20 y 26 kW, pueda instalarse en un contenedor paletizado sobre la cubierta sin interferir con las frenéticas operaciones de vuelo de una flota de noventa aeronaves.

Los láseres de China

Al otro lado del Pacífico, la estrategia de China presenta un matiz distinto pero igualmente pragmático, enfocado en la movilidad terrestre y el mercado de exportación. Pekín ha presentado recientemente el sistema NI-L3K, una unidad de energía dirigida de 3 kW diseñada para montarse sobre vehículos comerciales ligeros, como camionetas tipo pickup.

Mientras que el enfoque estadounidense en el mar prioriza la protección de grandes plataformas navales, la propuesta china busca blindar infraestructuras críticas y unidades de primera línea contra drones pequeños y lentos, conocidos como amenazas LSS. Este sistema optimiza la interceptación silenciosa y elimina el riesgo de daños colaterales por fragmentación, un factor crucial en entornos urbanos o industriales.

Maqueta el sistema láser antidrones NI-L3K montado en una pickup

Maqueta el sistema láser antidrones NI-L3K montado en una pickup Army Recognition Omicrono

La convergencia de ambas potencias en esta tecnología responde a una realidad financiera insostenible: el uso de misiles interceptores convencionales, cuyos precios oscilan entre los 100.000 y el millón de dólares, para abatir drones que apenas cuestan unos pocos miles.

El disparo de un arma láser, cuyo coste se reduce esencialmente al consumo eléctrico y al desgaste de los componentes, tiene un precio estimado de entre uno y diez dólares. Esta drástica reducción permite contar con una munición virtualmente infinita, limitada únicamente por la gestión térmica del equipo y la disponibilidad de energía.

Sin embargo, la tecnología aún enfrenta desafíos técnicos considerables que impiden que sea una solución total por sí misma. Tanto en el caso del Locust estadounidense como en el del NI-L3K chino, la atmósfera sigue siendo el principal adversario.

La humedad, la salinidad marina y las partículas de polvo degradan la coherencia del haz de luz, reduciendo su alcance efectivo a distancias cortas, generalmente inferiores a los cinco kilómetros.

Además, a diferencia de un proyectil cinético que destruye por impacto instantáneo, el láser requiere un tiempo de permanencia sobre el objetivo para provocar daños térmicos estructurales. En el sistema chino, este lapso puede llegar a los diez segundos, lo que limita la velocidad de respuesta ante ataques simultáneos desde múltiples ángulos.

La prueba en el USS George H.W. Bush y la comercialización de sistemas móviles chinos marcan el fin de la era de los prototipos de laboratorio. Estados Unidos ya planea escalar estas capacidades hacia los 100 kW para interceptar misiles de crucero, mientras China diversifica su cartera con sistemas de potencia media.

Lo que hoy vemos en las cubiertas de los portaaviones y en la parte trasera de camionetas militares es el inicio de una arquitectura de defensa por capas, donde el láser asume el rol del guardián final.